26 de julio de 2008

Contribución al personaje de Salinas- Novela polifónica - ¿Personaje polifónico?

- Una llamada de su esposa, ¿se la paso?
- No. Di que no estoy.
- Eso le digo siempre. La pobre mujer sólo llama de higos a brevas. Debe de tratarse de algo importante, Salinas.
- Mis hijos, esos parásitos que me depauperan la sangre y el bolsillo, son importantísimos para ella, otro parásito mayor.
- Le digo que está usted con el caso de la muerta y que se ha ido a San Roma de Sau y punto pelota.
- Di lo que se te emperejile. No sé siquiera por qué te molestas. Ya conoces mi respuesta.
- ¡Es usted más borde que la jueza ésa medio sueca, medio alemana!
- Di “juez” y no me ofendas los oídos.
- Digo “jueza” porque me sale de los ovarios, que con aguantarle a usted sus bravatas ya me gano la soldada. ¡Sus hijos y su mujer serán parásitos, pero a usted que lo aguante su padre!
Josefina colgó el auricular del teléfono con un golpe de mal genio y Salinas percibió en la nuca una especie de influjo maléfico. A veces presentía que aquellas malas pécoras conspiraban contra él. Si la muerta le inspiraba cierta compasión era porque ya no podía piar esos graznidos repulsivos de todas las “Evas” del mundo. Animal extraño la hembra. ¡Y ahora aquella juez impertinente alborotando el gallinero!
Contempló el sombrero de copa, los dos pares de calcetines y guantes blancos sin estrenar, las cintas azules de las alpargatas nuevas que González le había dejado sobre una mesa:

- ¡Una cabronada es vestir lo otro, pero ésto es una ridiculez supina! ¡Engalanarse de artista de circo toca!

21 de julio de 2008

"El tiempo inexorable el que pasó"

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El reloj de arena se rompió. La joven recogió con la escoba la arena fina de las ampolletas rotas y la vertió en una botella bordelesa, que arrojó al mar con una nota que rezaba, " Quien encuentre este mensaje en la botella, tome el contenido y devuelva el casco

16 de julio de 2008

"Proyecto novela comunitaria Cap IV. Aventuras y desventuras de Santiago Paraíso"

Consiguió una habitación de hotel porque en ese preciso instante la dejaba disponible un tipo que parecía un profesor de arqueología jubilado. Aguardaba a que el recepcionista le cobrase la estancia. Entre tanto escogía un surtido de postales del lugar, - casi todas de la iglesia parroquial, captada desde el muro de tramontana, sumergida o emergente dependiendo del momento en que fue tomada la foto – tres o cuatro de cada. Paraíso se impacientaba. Le ponían nervioso ese tipo de esperas. El hombre comentó en una especie de murmullo como si hablase para sí, que el aparejo constructivo de piedra le cautivaba menos que el de cantos de río y que lamentaba que no hubiese postales orientadas hacia poniente que permitiesen contemplar al ducho o al profano la ventana tapiada de la iglesia. En ese momento el periodista se percató de que eran cada vez más las personas que hablaban consigo mismas. Demencia colectiva, soledad o sencillamente los tiempos cambiaban. Las charlas que mantenía con su primo por el móvil paliaban de alguna manera el déficit de comunicación social. No obstante reconocía que en aquel lugar del mundo la gente se mostraba muy abierta, gentil y colaboradora. Nada que ver con las personas de su entorno laboral. Aquel viaje se estaba convirtiendo en un crucero de placer. Había conversado más en ese corto espacio temporal desde que salió de Zaragoza que en las últimos días en la oficina rodeado de gañanes, unos crispados, otros herméticos. El arqueólogo pagó la cuenta. Cuando Santiago entré en la habitación asignada le llegó un olor como de catacumbas abiertas, cántaros y ánforas rotas.

Llamó a su padre. Se había acostumbrado a repetirle las cosas como si fuese la primera vez que se las contase. La desmemoria de los ancianos es cándida, la de los niños perversa, se decía, queriendo justificar la memoria del olvido como una espuma de los días diluyéndose en el pasado.
- ¿Como te va, mente curiosa? ¿Has descubierto el móvil del crimen? ¿Qué tiempo hace en Santander?
- Padre, no he ido a Santander, ¿recuerdas?. Acabo de aterrizar en un pueblo precioso, Vilanova de Sau. Hace un calor de mil demonios y la sequía se ceba aquí tanto como en Zaragoza.
- Tampoco llueve por ahí. ¡Lástima!
- Llueven enigmas.
- Descífralos. Tú puedes.
- Eso intento, padre. ¿Te han llamado los niños?
- Sí, pero tu mujer me detesta.
- No te detesta a ti. Me aborrece a mi. Me consta que a ti te aprecia mucho. Pasa página.
- Si ella estuviese de tu parte lloverían chuzos de punta.
- Cuídate papá. Tómate la medicación. Ya sabes, repasa de vez en cuando la nota que te dejé.
- Tu hermano dejó una nota, pero sólo recuerdo las vistas desde el acantilado.
- Te dejo, tengo que ponerme a trabajar. Me espera un día muy intenso.
- Siempre tuviste una mente curiosa. Siempre me dije que te llevaría lejos...En Santander puede que haya acantilados preciosos.
- Sí, padre, los hay.
Dedicó unas tres horas a leer la prensa que había conseguido reunir. De la Vanguardia subrayó “Agentes de Mossos de Esquadra intensifican la vigilancia y las medidas de seguridad en San Román de Sau. Informa Europa Press que el secreto de sumario no permite hacer mayores declaraciones al Comisario que fue consultado.” De El País Cataluña destacó con un rotulador naranja que “al atractivo turístico de las viejas ruinas del antiguo pueblo de San Román de Sau al descubierto, anegado por las aguas hace cuarenta y dos años, hay que unir las medidas extraordinarias y cautelares que han adoptado el Ayuntamiento, Mossos de Esquadra de Vic y la Agencia Catalana del Agua en un esfuerzo por conciliar los intereses turísticos con los de investigación policial judicial. Se han suprimido algunos de los aparcamientos que habían sido habilitados el pasado siete de octubre ( de dos mil cinco). Siguen cortados los accesos al embalse. Se amplía el perímetro de vallas que impiden el acceso a la iglesia. Junto al punto de información turística se ha instalado una dotación ambulante de Mossos de Esquadra que colabora estrechamente con Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía en la investigación del suceso que podría cobrar trascendencia internacional, según fuentes no citadas”. Paraíso barrunta que tal vez Eduardo esté en lo cierto. "Fuentes no citadas, fuentes no citadas. ¿Quién es el informante, quién el confidente?"
“No te mojes la barriga” porfiaba Torres. Significaba en realidad, “mójate y ahógate si es preciso en ese maldito pantano. No vengas con las manos vacías”. Pasaba de él, pero en esta ocasión quería emplearse a fondo, bucear en la ciénaga de aquel paraje seco y pedregoso como un desierto, en el que ni los muertos resinaban una gota de sangre. La prensa local aportaba un dato que no mencionaban los más prestigiosos periódicos: el tatuaje que lucía en su vientre, “la hija del viento”, en caracteres árabes. ¿Un error de traducción del informador local? ¿una casualidad? ¿ una perla más enhebrada en el hilo de un discurso sin punto de retorno? Donde todos decían “hijo”, aquel tipo, un tal Isidro Dexeus, escribía “hija del viento” ¿irresponsable? ¿incauto? ¿una provocación alevosa por parte de un aspirante a periodista incauto o demasiado astuto? “No te mojes la barriga, Paraíso” Presentía que el agua podía llegarle hasta el cuello y la sequía tocar fondo. “Asume un nuevo reto personal” le aconsejaba su padre desde la cordura que procura una demencia senil precoz. “No se puede nadar y guardar la ropa” le había enviado un mensaje al móvil su primo desde Tarifa, donde practicaba suf manteniendo el equilibrio sobre la cresta de una ola italiana. "Hijo". "Hija del viento". Escrito en árabe. La versión local aportaba una nueva pista.
Lo localizó, tal como le previno aquella voz sedosa de mujer gatuna al otro lado del aparato, recostado en el tronco de un olmo, a la sombra, según le había leído hacía unos días a Saramago, del árbol con menos poderes sobrenaturales que existe sobre la faz la tierra. Llevaba prendida en la oreja una colilla de cigarrillo y Santiago recordó también aquellos pasajeros de un vuelo en el primer capítulo de "Laberinto de las Aceitunas" que por mímesis se pusieron todos, las colillas apagadas en la ternilla del oído, cual pintor que se coloca el pincel ahí, a la espera de que le llueva la inspiración de alguna parte. A Paraíso le pareció ver sentados junto aquel tipo a Mendoza y Saramago. Le sonreían jocosos. Puro espejismo. Se acostumbraba a que aquel paraje inhóspito le prodigase ilusiones ópticas sin sentido. Bromas del absurdo. Sequía, amiga de bullangas. Isidro Dexeus escuchaba una canción de Madonna a todo meter. La colilla le bailaba en la oreja y Paraíso albergó el prejuicio de que si alguien se deja acribillar los tímpanos a la hora de la siesta de aquella manera es persona no demasiado cabal. Con estas precauciones y otras largas de referir, se aproximó al periodista local:

- Bona tarda. Busco a Isidro Dexeus.
- Ya sabes que soy yo.
- Es obvio. Este olmo viejo es el árbol más destacado y usted es el único periodista local, según tengo entendido.
- Estos días somos muchos husmeando en la misma olla podrida.
- Escribió "Hija del viento". Los demás periódicos mencionan otra leyenda en el tatuaje de...
- ¡No pronuncie su nombre!...¡Hija del viento, hija de su padre, qué más da!
- ¿Se lo inventó?
- Todos los periodistas fabulan entre la verosimilitud y la blasfemia. Es la profesión más infame en los tiempos que corren.
- ¿Le importaría bajar el volumen del aparato?
- ¡Lárgate!
- Tenga mi número de teléfono móvil. Si se le ocurre alguna respuesta más cercana a lo verosímil que a la blasfemia, le agradecería que me lo hiciese saber.

Dexeus convirtió en un ovillo la nota y la tiró por encima del hombro. Subió el volumen del aparato hasta convertir la voz la voz de Madonna en un guirigay de barítonos desafinados. Paraíso ni se inmutó. Decidió esperar.

15 de julio de 2008




" Flora Tristán, Paul Gauguin y Los Mares del Sur "


Tu abuela, Paul, no conoció Los Mares del Sur. Por no conocer, tampoco conoció a su padre. Dicho estrictamente tu bisabuelo no la reconoció como legítima hija porque era un coronel arrogante peruano arequipeño de la armada española con muy malas pulgas xenófobas. Pero Simón Bolívar frecuentó su casa, chínchate, Paul. Y después de eso el gran salto en pértiga de la riqueza a la pobreza. Entonces tu abuela con sólo diecisiete años ingresó en un taller de litografía y pensando medrar su fortuna y reputación se casó con su jefe, el dueño de la empresa, tu abuelo. Tu abuelo, querido, fue un maltratador de tomo y lomo. No contento con repartir hostias, golpes, bofetadas, puñadas a tu abuelita, le disparó en plena calle y la dejó muy maltrecha para los restos. No obstante se lió la manta a la cabeza y regresó al terruño natal para reclamarle al tío Pío Tristán la herencia paterna y no le fue mal la cosa porque no lo logró, pero le asignó una pensión mensual. Toda aquella aventura parental la contó en "Peregrinaciones de una paria". Tu abuela, Paul, ya tenía conciencia de clase, de clase desfavorecida, me refiero, por los cuatro costados, los cuatro puntos cardinales de la dinámica vital: rechazada por su condición indígena, rechazada por ilegítima, por mujer, por trabajadora.

Tu abuela, Paul, vivió poco. El tifus se la llevó entre postraciones y delirios, entre soflamas subversivas, panfletos incendiarios. Una llamarada se prendió en su lecho cual antorcha que ilumina la posteridad. Tu paleta colorida alberga la intensidad de su color. Contemplo tus cuadros, Paul y me viene a la imaginación la pequeña estampa de Flora Tristán embarcándose en una larga travesía hacia los Mares del Sur con la única finalidad de tu encuentro.

Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París...