26 de julio de 2008

Contribución al personaje de Salinas- Novela polifónica - ¿Personaje polifónico?

- Una llamada de su esposa, ¿se la paso?
- No. Di que no estoy.
- Eso le digo siempre. La pobre mujer sólo llama de higos a brevas. Debe de tratarse de algo importante, Salinas.
- Mis hijos, esos parásitos que me depauperan la sangre y el bolsillo, son importantísimos para ella, otro parásito mayor.
- Le digo que está usted con el caso de la muerta y que se ha ido a San Roma de Sau y punto pelota.
- Di lo que se te emperejile. No sé siquiera por qué te molestas. Ya conoces mi respuesta.
- ¡Es usted más borde que la jueza ésa medio sueca, medio alemana!
- Di “juez” y no me ofendas los oídos.
- Digo “jueza” porque me sale de los ovarios, que con aguantarle a usted sus bravatas ya me gano la soldada. ¡Sus hijos y su mujer serán parásitos, pero a usted que lo aguante su padre!
Josefina colgó el auricular del teléfono con un golpe de mal genio y Salinas percibió en la nuca una especie de influjo maléfico. A veces presentía que aquellas malas pécoras conspiraban contra él. Si la muerta le inspiraba cierta compasión era porque ya no podía piar esos graznidos repulsivos de todas las “Evas” del mundo. Animal extraño la hembra. ¡Y ahora aquella juez impertinente alborotando el gallinero!
Contempló el sombrero de copa, los dos pares de calcetines y guantes blancos sin estrenar, las cintas azules de las alpargatas nuevas que González le había dejado sobre una mesa:

- ¡Una cabronada es vestir lo otro, pero ésto es una ridiculez supina! ¡Engalanarse de artista de circo toca!

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