El exilio de Ovidio...
En Domus Augusti, en la Casa de Augusto, en la colina del Palatino, el rumor se expande como un tsunami de habladurías vituperinas. Hasta Rómulo y Remo cuchichean en su tumba. Ya es una trágica noticia en las siete colinas de Roma. El emperador Augusto se encuentra rezando con su conciencia quebrada por el remordimiento y la amargura en el Templo de Apolo Palatino. Si la fachada de columnas de mármol de Carrara pudiese hablar y la biblioteca colindante, Biblioteca Apollonis, pudiese relatar como testigo la malignidad de un ser humano y la expresión del fracaso familiar, el eco de la verdad fulminaría a esta familia con un rayo de Júpiter implacable y tajante, mortal. Sería el fin de la era augusta, el fin de una familia tocada de muerte por las intrigas y traiciones, los envenenamientos, la promiscuidad enfermiza como válvula de escape de una hipocresía absoluta parental e insostenible. Augusto, momentos antes, ha dictado un edicto tan injusto cómo cruel y despiadado, conminando al poe...