23 de julio de 2026

XLI. Antología de las 65 estaciones #2001

En la oficina fumaban todos como carreteros menos yo, en estado de buena esperanza. La ley que prohibiría fumar en espacios laborales no sería aprobada hasta enero de 2006 y hoy veinte años después se acaba de aprobar una ley aún más restrictiva. El nivel de estrés era tan alto que casi me preocupaba más ese volumen insoportable de trabajo que la nube de humareda que se cernía sobre nuestras cabezas. Todos éramos jóvenes salvo un sesentón que fumaba puros y el hedor del puro sí que siempre me ha resultado repulsivo. Con cuarenta años me sentía joven y en estos momentos, veinticinco años después doy fe de cuán joven se es con cuarenta años, aunque aconsejaría a toda mujer que anhele ser madre a no postergar tanto la maternidad como me vi obligada a postergarla yo. Mis dos hijos se llevan veinte años de diferencia. Sé que la inmensa mayoría de mujeres se ven obligadas a ir postergando la maternidad porque el mundo laboral es harto exigente y hasta que no ves cierta estabilidad vital, no te atreves a dar el paso. Pero ahí estabamos mi pequeño héroe de Troya y yo dándolo todo junto a mis compañeros. Todos teníamos un carácter muy alegre, jovial y había momentos que me dolía la enorme panza de tanto reír, porque combatíamos el estrés laboral soltando chascarrillos, bromas y chanzas, todo ello entre nubes de tabaco y muchos vasos de café del bar de Manolo o el de Ángel o de la máquina recién estrenada que no pocos rechazábamos tanto como ahora tememos a la incursión de la IA y los robots en todos los espacios laborales. Aquel día se estrenaba la primavera y el día lucía espectacular. A través de un gran ventanal veiamos pasar a la gente y sucedía lo de siempre, a saber que no sabes a qué atenerte con la temperatura exterior porque a unos les da por las prendas veraniegas y a otros por las invernales. Solo sé que yo empecé a sentir muchísimo calor y los típicos síntomas de las parturientas. Mis compañeros llamaron a la ambulancia. Dentro de la ambulancia, desde fuera mis compañeros gritaban " Empuja, empuja" y a mí me dio tal ataque de risa que pensé que mi hijo nacería a golpe de carcajadas, pero cuando me presenté en recepción de Urgencias del Hospital La Paz, me dijeron exactamente lo mismo que veinte años antes, " Pero si aún te queda un mes para parir. No vengas hasta dentro de un mes". Así que de regreso a mi puesto de trabajo, mi jefe me permitió salir antes porque debió tener mejor ojo clínico que en el hospital y no me debió ver muy buena cara. Conduje con mi coche los veinte kilómetros de regreso a casa y nada más abrir la puerta, rompí aguas. A punto estuve de coger de nuevo mi coche, pero una vocecita interior me alertó, "No, mejor avisa a una ambulancia". El conductor de la única ambulancia de quince pueblos a la redonda, de camino al hospital, me preguntó si quería que avisase a alguien. Le respondí que seguramente repetirían el mantra " regresa dentro de un mes" y que no se preocupase que tiempo tendría en un mes por delante de avisar a alguien. Creo que el buen hombre debió pensar que estaba delirando porque la ambulancia se llenó de agua y nada vaticinaba que mi pequeño héroe de Troya y yo pudiesemos resistir un mes en el fortín del embarazo. Pasé una noche de dolor insoportable. Junto a mí una madre que esperaba el nacimiento de sus gemelos dormía plácidamente. Pude ver cómo le administraban un sedante. Hubiese querido gritar de dolor tal como escuchaba a otras mujeres gritar en aquella planta de maternidad, pero no queriendo despertar a mi compañera de habitación, estuve toda la noche gritando para mis adentros. Eso sí, por la mañana cuando entró la doctora a primera hora, tuvo la mujer que soportar mis improperios y quejas dado que en toda la noche nadie acudió para socorrerme ante tan insufrible dolor. Antipática y sin tacto alguno, me respondió que urgía cesárea y me hizo firmar unos papeles. Escuché a una enfermera decir, " Esta doctora no tiene ni sentimientos ni piedad. Trata siempre fatal a todas las mujeres". Fue entonces cuando pude derramar una lágrima tan gorda que cualquiera hubiese dicho que rompí aguas por segunda vez. Mi queridísimo hijo nació ochomesino como su hermano y a partir de ese instante, se disipó todo dolor. Llegó con la primavera de 2001. En esta vida nada es comparable al gozo de la maternidad.

21 de julio de 2026

XL. Antología de las 65 estaciones #2000CambiodeSIGLO

Nosotros para el Año 2000 debemos de ser tercos por DIANA MORÁN 

Nosotros los rompebarcos de la marinada tirapiedras fecundos antes de que un pedazo de sandía perturbara los plácidos kilómetros de los ojos azules. 

Nosotros la botella de lágrimas rabiosas contra toda fecha de la letra perpetua renovada. 

Nosotros los legendarios quiebravidrios negafirmas contagiosos gritabarcos con nuestra siembra de banderas en el despertar de todas las mañanas.

Nosotros sí los prohibidos los malditos apagados prendidos desde no sé que consigna del Prestán amotinado. 

Nosotros malditos malditísimos despojados de la Patria.

Nosotros cuando el gallo de Pascua despunte el sol del mediodía dos mil veces ascarios aragones prestanes palominos construiremos la casa de los sueños con la moneda propia de su mapa. 

No es la moda de llamarnos tercos sino el instinto de conservar el nosotros de la sangre y del esperma. 

No es el querer ser tercos de remate con un golpe gastado dominio semántico. 

En este desafío de relojes entre el supermán que se roba las galaxias y el despegue endeudado de las pulgas.
Tenemos que ser tercos: tercos de dulzura tercos en la cárcel en la muerte tercos tercos y más tercos en la firma tercos terquísimos para pasar por el ojo del camello y recobrar la cintura de las aguas.





XLI. Antología de las 65 estaciones #2001

En la oficina fumaban todos como carreteros menos yo, en estado de buena esperanza. La ley que prohibiría fumar en espacios laborales no ser...