"KONSTANTINOS KAVAFIS" Toda su vida giraba en torno a la literatura. Un tipo genuino "de Letras". "Te morirás de hambre" le decían. "Los de letras" están sentenciados a no progresar demasiado en la vida. Ese es el sentir general. En su caso concreto fue cierto durante muchos momentos duros. Pero lo sobrellevaba con resignación y estoicismo literarios. Los escritores, los poetas saben alimentarse del aire, que casi siempre convierten en ambrosía, una cosa deleitosa al espíritu que alimenta el estómago y acalla los remordimientos de conciencia. Nació y murió un mismo día lluvioso de abril como todas las personas predestinadas a convertirse en genios o trascendentes en la historia de la humanidad.
Se llamaba Konstantinos. Nombre que es garantía de muchas cosas, pero en especial de una en particular. Nombre insigne para un poeta. Nació en Alejandría. Alejandría, Alejandría, ciudad de prodigio y fuego. "La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad".
Corregía su obra sin cesar: " Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca. Llegar hasta allí es tu destino. Pero no apures tu viaje en absoluto." Algunos poemas suyos tardaron diez años en ver la luz de su redonda y lograda perfección. Eternamente insatisfecho, en lo literario y en lo humano, Kavafis parecía perseguir el anonimato que propician las formas etéreas y la atracción física de la clandestinidad. Efebos transitan sus versos como el deseo saciado en instantes tan efímeros que siempre conllevan un desarraigo, un arrepentimiento, un desamparo insoportable, cuyo dolor se mitiga por la aspiración del condicional perfecto: habría amado, pero no amó en realidad. Deseó ardientemente. Habría amado sin duda, si la existencia del poeta no hubiese transcurrido en un destierro perenne de sí mismo.
Amo los versos de Kavafis con todo el dolor y desgarro del alma:
"Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios."
Visito nuevos puertos sin salir de estas cuatro paredes que me cobijan de mis miedos y mi precaria salud. Adquiero bellas mercancias y pruebo nuevos perfumes alegóricos comprobando que efecto producen en mi satinada piel desde mi belleza, desde mi precariedad. Decido que la pobreza no existe porque viven los poemas de Kavafis en mi espíritu como una llama sutil de voluptuosidad y serena armonía. Sus versos alimentan mis silencios. Puedo sobrevivir desnuda en medio de la inmensidad de la vida. Todo me lo pueden arrebatar, si quieren. Pero los versos de Kavafis son míos, como lo son de nadie. Son míos con el egoísmo desmedido del admirador sufriente:
"Aquí que me detenga. Que también yo contemple un poco la
naturaleza.
Azul esplendoroso de un mar de la mañana
y de un cielo sin nubes, y una ribera amarilla: todo
hermosamente y con plenitud iluminado.
Aqui que me detenga"
Quiero compartir esta pasión, pero no puedo, no quiero. Kavafis, mío. Sólo mío:
"Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan."