15 de julio de 2008




" Flora Tristán, Paul Gauguin y Los Mares del Sur "


Tu abuela, Paul, no conoció Los Mares del Sur. Por no conocer, tampoco conoció a su padre. Dicho estrictamente tu bisabuelo no la reconoció como legítima hija porque era un coronel arrogante peruano arequipeño de la armada española con muy malas pulgas xenófobas. Pero Simón Bolívar frecuentó su casa, chínchate, Paul. Y después de eso el gran salto en pértiga de la riqueza a la pobreza. Entonces tu abuela con sólo diecisiete años ingresó en un taller de litografía y pensando medrar su fortuna y reputación se casó con su jefe, el dueño de la empresa, tu abuelo. Tu abuelo, querido, fue un maltratador de tomo y lomo. No contento con repartir hostias, golpes, bofetadas, puñadas a tu abuelita, le disparó en plena calle y la dejó muy maltrecha para los restos. No obstante se lió la manta a la cabeza y regresó al terruño natal para reclamarle al tío Pío Tristán la herencia paterna y no le fue mal la cosa porque no lo logró, pero le asignó una pensión mensual. Toda aquella aventura parental la contó en "Peregrinaciones de una paria". Tu abuela, Paul, ya tenía conciencia de clase, de clase desfavorecida, me refiero, por los cuatro costados, los cuatro puntos cardinales de la dinámica vital: rechazada por su condición indígena, rechazada por ilegítima, por mujer, por trabajadora.

Tu abuela, Paul, vivió poco. El tifus se la llevó entre postraciones y delirios, entre soflamas subversivas, panfletos incendiarios. Una llamarada se prendió en su lecho cual antorcha que ilumina la posteridad. Tu paleta colorida alberga la intensidad de su color. Contemplo tus cuadros, Paul y me viene a la imaginación la pequeña estampa de Flora Tristán embarcándose en una larga travesía hacia los Mares del Sur con la única finalidad de tu encuentro.

13 de junio de 2008

proyecto de novela comunitaria CAP I, II, III .- "Las aventuras y desventuras de Santiago Paraíso"

Santiago Paraíso, periodista del diario digital www.especi@senpeligro.es , durante años columnista de la crónica de sucesos del periódico gratuito Metro, recibió el encargo de acercarse por aquel pueblo que despertaba tanta expectación mediática. El jefe de redacción, Eduardo Torres, le había encomendado este trabajo, un poco por sacudírselo de encima, en parte por celos profesionales, más bien por no ir él mismo. La amaxofobia le complicaba la vida hasta esos extremos. Recorrer trescientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta entre sudores, escalofríos, inseguridades no le compensaba ya nada. El periódico escatimaba en gastos. Pernoctar en hoteles de mala muerte. Engullir esos menús carentes de atractivo gastronómico. Detenerse cada treinta kilómetros para tomar aire, recuperar su ser, repostar diésel a precio de caviar. No seducir ni a la dependienta medio lela de la Estación de Servicio. Demasiados inconvenientes. Una sola ventaja: perder de vista a la parienta y los niños unos días:

- Toma las llaves de mi coche. Si quieres compañía, te puedes llevar a mi mujer, los niños, el perro y el mando de la tele de la cocina.
Santiago detestaba esos chascarrillos estúpidos de Torres, su cara de verraco, la verruga negra que articulaba sus labios en una de sus comisuras. Accedió un poco por complacer a su padre que le animaba a probar nuevos retos, en parte por romper la rutina, más bien por perder de vista a Eduardo.

Las dietas no le alcanzaban ni para pipas, pero el joven periodista partió a las dos de la noche en el coche del jefe de redacción cuyo interior hedía a orines de perro, papilla y pañales de bebé, laca de uñas, de pelo, perfume barato, una mezcolanza de olores que le estuvieron mortificando las primeras dos horas de trayecto. Torres le había aconsejado que ocultase su identidad, que de entrada no fuese largando por ahí su cometido, que convenía cierta discreción. Dicho esto por el ser más indiscreto del planeta, sonaba a chufla, no obstante a Santiago le sorprendía que por una vez en sus vidas ambos coincidiesen en un mismo parecer. La dificultad estribaba ahora en inventar una excusa, un camelo que resultasen convincentes a las gentes del pueblo. Santiago, espécimen de ciudad, se perdía en el ambiente rural. Si el caso no cobraba consistencia en tres o cuatro días, tiraría la toalla, regresaría a la redacción con el depósito del coche vacío, pero la tapicería limpia y el interior ventilado. Dejaría las cuatro ventanillas abiertas durante su estancia allí. Los pueblos seguían teniendo pública voz y fama de tranquilos. Si algún cretino robaba aquella cochambre, él tendría que vérselas con Torres, pero ya estaba acostumbrado a soportar sus diatribas.

Por una distracción – le vencía el sueño – no sabe bien por qué, llegó a la gasolinera de La Panadella en Montmaneu, cruce de carreteras que de alguna manera había perdido su antiguo fulgor como uno de los paradores más concurridos del territorio nacional, desde que se inauguró la variante de la A-2, como si una mano negra le hubiese guiado hasta allí por alguna causa que se le escapaba. Repostó diez euros de combustible y entró en la cafetería de la estación de servicio. Le apetecía una escudella o un caldito bien caliente, pero pidió un café solo y sin azúcar. El camarero, un tipo de aspecto ecuatoriano, se limitaba a dar respuestas monosilábicas a las preguntas intrascendentes del periodista. Para cuando le preguntó si ya le habían traído la prensa del día, el individuo había agotado los “noes” y con un movimiento lento y cansino, dejando reposar la barbilla sobre el esternón como si de un momento a otro fuera a quedarse dormido o a desnucarse, respondió sin articular palabra con una negativa gestual. Santiago pidió que le sirviera una lata de Coca-Cola y una bolsa de patatas fritas Lay,s en su punto de sal para que le bajase el café atragantado en el gaznate y pronto entendió que al fulano ese se le habían cansado extremadamente también los “síes” en sus labios sellados. Conjeturó entonces que la misma mano negra que le había llevado hasta ahí, tal vez moviese unos hilos invisibles en el cuerpo de aquel camarero que se comportaba como un títere y no se atrevió a preguntar a cuanto ascendía la consumición. Hizo un cálculo mental consultando la lista de precios que pudo leer en la carta que parecía haber llegado hasta él como deslizándose sola por la barra. Depositó el monto con diez céntimos de propina en el platito en el que le había servido las patatas fritas. Puso pies en polvorosa de allí como alma que lleva el mismo diablo.

Cuando llegó a Calldetenes decidió parar de nuevo. El reloj del móvil marcaba algo más de las cinco de la madrugada. Aquella tartana había alcanzado los ciento veinte por hora en un intento desesperado por purificar el pestilente hedor. Notaba envenenados los bronquios y el talante, ya de por si irascible en lo tocante a malos olores ambientales. Le cantaba, cual herniado, la potra, la mala por cierto, siempre solapada ahí como una sombra. Tal vez esta comisión extravagante y algo absurda le cambiaría la vida para bien, pero era más sensato pensar que, como siempre, acabaría siendo un fiasco. ¡Con un jefe como el suyo, con encarguitos como ése, ... ¡

Había consultado en Google que Calldetenes contaba con tres rutas dignas de visitar, pero Santiago sólo buscaba un paraje tranquilo donde estirar piernas, respirar aire puro, ordenar sus ideas, fumar un pitillo. Detuvo el coche en un camino que según un cartel conducía al “Molí del Pujol”, uno de los molinos más antiguos del municipio y punto de partida de la “Ruta dels molins”. Se estiró para desentumecer las piernas y brazos como un escolar después de un examen y en pleno bostezo le sorprendió la llegada de un hombre de mediana edad que portaba un botijo:

- ¿Qué? ¿Descabezando un sueñecito?...Usted no estaba aquí antes de que yo subiera por agua a la “Font de les Eres”.¿.Le hace un trago?
- Me hace. No sabe cuánto se lo agradezco. Creo que desde niño no cataba el agua de estos chismes.
- “Cànti”
- ¿Cómo?
- Botijo..... Usted no es de por aquí, ¿eh?
- No. Voy a Ripoll – mintió. Sabía que el rosario de mentiras se iniciaba en ese preciso instante.-
- ¿Negocios?
- Si. Soy comercial.
- Hay una crisis muy gorda. No se vende nada ahora.
- Botijos, ninguno, oiga.
- ¿Vende botijos?
- No, hombre, bromeaba. Soy comercial inmobiliario.
- ¿Casas? Eso se vende aún peor.
- Por eso estoy aquí. Para abrirme nuevos campos, nuevos horizontes – sentía cierta incomodidad con tantas mentiras –
- Usted es joven. No llegará la sangre al río. Crisis de éstas ya hemos vivido otras.
- No sé, no sé. Los botijos tocan a su fin.
- No el mío.
Ambos prorrumpieron una sonora carcajada. Santiago Paraíso pensó que tal vez el agua del botijo proviniera del pantano de Sau, pero no se atrevió a preguntar. Como si el hombre adivinase su pensamiento, exclamó:

- Esta agua tan rica de la mina de la Frontera no tiene precio.
- ¡Ya lo creo que no! Su botijo, su “cànti” tampoco.

Cuando el periodista se quedó solo, permaneció un instante extasiado contemplando como la silueta recortada de aquel buen hombre de Samaria se perdía en lontananza. Pensó que si él alguna vez caminase tanto como aquel señor ya no sería el mismo gandul de siempre. Ese caso improbable no llegaría nunca y menos porteando de aquí para allá un botijo lleno o vacío, igual le daba. Sacó del coche su cuaderno de notas, una especie de libro de bitácora donde apuntaba el rumbo que tomaban sus asuntos. Había creado una especie de claves, de signos algo peculiares y extraños que sólo entendía él. Como tenía talento para el dibujo y le apasionaban los gatos, había convenido, por ejemplo, que el dibujo de un gato tumbado con la cola replegada sobre sí significaba que la cosa marchaba bien, sin complicaciones, rodada. Un gato de pie sobre sus cuatro patas y la cola estirada simbolizaba cierto estado de alerta. Un gato estirándose como desperezándose de una larga siesta, ¡macho espabila!...En esta ocasión dibujó tres gatos, dos que se desperezaban y uno que parecía haber metido alguna de sus patas en un enchufe.Añadió la silueta de un tigre con listas azules en el lomo, obra del bolígrafo Bic que funcionaba mal, echando a los gatos un zarpazo inopinado en forma de borrón de tinta. El desaliento y el sueño se fundían y le sumían en una especie de sopor. Optó por tomar un comprimidos de Pridal y otro de Alapryl con un trago de agua mineral. ¡Lástima de rica agua fresca de botijo! Se quedó dormido en el asiento trasero. Durmió unas tres horas. Al despertar con el cuaderno abierto sobre su pecho, decidió que al llegar a destino arrojaría el ordenador al pantano y se compraría otro, algún día, cuando el tigre se quedase dormido.

Cuando llegó a Sant Romà de Sau, atolondrado por la medicación y empapado en sudor, le pareció ver que un termómetro digital de carretera marcaba treinta grados, pero tal vez fuese un espejismo. Una desilusión óptica la llamó. La sequía arruinaba el paisaje y su cuerpo temblaba de calor, se ciscaba de miedo. Miedo escénico lo bautizaba el vulgo. Síndrome de pánico su psiquiatra. El nudo que ataba corto la boca de su estómago parecía a punto de reventar, pero una vez más se armaría de valor. Estacionó en el aparcamiento habilitado y como el acceso al embalse estaba cortado para vehículos, contempló horrorizado las vallas metálicas evitando la entrada a la iglesia, casetas de información turística cerradas aún al público a esa buena hora mañanera, cintas de balizamiento policial impidiendo el paso en determinados puntos, un par de coches patrulla en el interior del recinto, cuatro mossos, un vigilante y un agente de guardia urbana de charleta distendida. Uno de los mossos era una moza con semblante de chicote aniñado. Santiago musitó, “Esta algún día tendrá bigote y yo seguiré pagando pensión, pasándolas putas”. No era momento oportuno de arrojar el ordenador al pantano. Se había documentado mucho en prensa, pero nada comparable al panorama que pintaba ante sí. El grupo se percató de su presencia. El vigilante se aproximó y le preguntó qué le traía por ahí:

- Simple curiosidad. Quería verlo antes de que acudan los turistas en tropel dentro de un rato, supongo.
- No se lo puede imaginar.
- Y usted que lo tendrá tan visto.
- Dieciséis horas seguidas tragando ábside y arcos lombardos.
- Se culturiza de paso....¿Puede recomendarme un hostal decente y barato.
- El Hotel La Riba en Vilanova, pero no sé si encontrara alojamiento. Esto está hasta arriba de curiosos y sólo nos faltaba una muerta que adornara cual guinda el pastel. Creo que lo mejor es que busque alojamiento en Vic.
- Gracias. Lo tendré en cuenta. ¿Era joven esa pobre infeliz?

El vigilante se aproximó y le preguntó qué le traía por ahí:

- Simple curiosidad. Quería verlo antes de que acudan los turistas en tropel dentro de un rato, supongo.
- No se lo puede imaginar.
- Y usted que lo tendrá tan visto.
- Dieciséis horas seguidas tragando ábside y arcos lombardos.
- Se culturiza de paso....¿Puede recomendarme un hostal decente y barato?
- El Hotel La Riba en Vilanova, pero no sé si encontrara alojamiento. Esto está hasta arriba de curiosos y sólo nos faltaba una muerta que adornara cual guinda el pastel. Creo que lo mejor es que busque alojamiento en Vic.
- Gracias. Lo tendré en cuenta. ¿Era joven esa pobre infeliz?

- Creo que lo que pueda leer en prensa le tendrá más al corriente de lo que le pueda decir yo o ésos, los mozos que no sueltan prenda.

- Pues rajar, rajan que da gusto.

- Ocupan el canal para despistar. Creo que aqui hay gato encerrado.

- En realidad poco me importa el gato. Lo mío son las inversiones inmobiliarias - fingir ya se le iba dando mejor - .

- Si sigue la sequía, con la iglesia a la intemperie y un fiambre en el campanario, resucita usted la cosa inmueble y a mi me dan crédito inmobiliario en yenes para afrontar mi hipoteca.

5 de junio de 2008

"El médico cubano"

Cuando llegaste a la tierra de los tsunamis, un maremoto agitado y violento de gentes de todos los lugares de la costa emprendía una huída resignada, pero arrebatada, como un torbellino de dolor, de marea humana perdida, desconsolada.

Tú siempre alcanzas la orilla, cuando los demás se van. Ya estás acostumbrado a contemplar paisajes desoladores y una concurrencia de muchedumbres caminando como un solo hombre buscando un destino incierto, incierto, sin norte. Ellos toman un rumbo juntos hacia ninguna parte y tú llegas al mismo sitio. Poco importa si antes fue al sur del planeta y ahora es al norte. Los lugares que pisas están fabricados del mismo material frágil. ¡Con qué facilidad es posible hacerlos pedazos, como si un dios energúmeno, furibundo, hubiese dado un golpe fabuloso sobre una maqueta de cartón piedra al enojarse poque alguien le sirvió la sopa fría!

Te preguntó tu padre al abandonar la isla que qué se te había perdido por esos rincones del planeta, si en la propia casa estaba todo por hacer. Tú le contestaste que la Revolución no había sido del todo un fracaso, en otros países se estaba aún peor, no habías estudiado Medicina para atender a jineteras cargadas de sífilis extranjera, gonorrea europea, ladillas españolas, chlamydia yanqui, no perdías ni un minuto de tu precioso tiempo en frivolidades ambulatorias, niños del Tercer Mundo morían cada hora, las catástrofes climáticas sometían a pueblos enteros a un obligado éxodo, las nefastas políticas económicas..."No sigas, hijo. Me convenciste antes de obtener una respuesta de tus labios. Esos labios tuyos que me dan miedo desde la cuna. Ese rictus de amargura precoz con el que naciste, te criaste, te hiciste un hombre de provecho. En una palabra, un hombre. Tú eres un hombre. Yo soy un pobre diablo." "Eres mi padre. Eso me basta. Dame tu bendición"

La bendición de tu padre y el recuerdo de una infancia féliz te han permitido viajar ligero de equipaje. La bolsa que te regaló un sacerdote español misionero en Ruanda guarda las cuatro pertenencias que te acompañan. Un par de camisas, un par de jerseys, algo de ropa interior, un par de pantalones vaqueros, una prenda de abrigo, un manual de medicina, una maleta botiquín que es tu más fiel aliada.

Ellos se van cuando tú llegas. A algunos los ves regresar, pero al poquito tú te vas a otro lugar. Crees recordar sus caras, sus miradas, sus ojos hundidos en las órbitas como las de un solo rostro. Aseguras que un puñado de almas funcionan como un sólo corazón, pero que un sólo corazón es incapaz de retener el alma. No crees en el individuo, pero salvas las vidas de la colectividad en éxodo, que no encuentra intermisión. Tú también vives en perpetuo éxodo de ti mismo, pero en la existencia de los demás encuentras el territorio de tu patria.

Me consta que eres casi el único médico cubano que no forma parte del ejército castrista de "batas blancas". Me consta que por tu labor no reciben en la isla los cinco mil dólares estipulados por cada galeno que presta servicios médicos a la causa revolucionaria. Me consta que no se entrenan furtivamente un puñado de militares cubanos en pago a tu "altruísta" misión. Me consta porque abandonaste la isla en patera, arribaste a Miami y desde entonces corres a cargo de tu vida por tu cuenta y riesgo. Donde vas no te preguntan casi nunca de donde vienes y a donde vas. Si te lo preguntan, miras a los ojos de tu interlocutor y respondes: "vengo de Guarico, soy venezolano, pero poco importa éso. ¿Dónde se me precisa?". A veces te limitas a encogerte de hombros y susurrar a media voz que eres ciudadano del mundo.

28 de mayo de 2008

"La crisis de Spencer Singer"

Después de la Tercera Crisis Energética Mundial, los países adictos al petróleo decideron dar un giro a sus nefastas políticas energéticas.

Los cupones de racionamiento de combustible se vendían en el mercado negro al doble de su precio inicial. Spencer Singer guardaba en su garaje una imprenta falsificadora y vendia cupones falsos a mitad de precio en la propia gasolinera en la que trabajaba de turno de noche. Sabía que la pasma le seguía los pasos, pero algunos agentes uniformados le compraban los cupones sin tapujos, solicitándolos casi a gritos en medio del fragor de la noche entre idas y venidas de ciclistas que paraban a inflar las ruedas de sus bicis y a comprar barritas energéticas, batidos y piezas de fruta. Con tres cupones de racionamiento se podía llenar el depósito de cualquier turismo utilitario. Spencer Singer tampoco desaprovechaba cualquier ocasión de prodigar favores sexuales a bellas muchachas que no portaban cupones o los querían reservar para una mejor ocasión. En una de aquella situaciones, Laura Sendall le birló seis cupones, le propinó una bofetada y lo abandonó en el escusado con los pantalones bajados y el culo al aire despotricando que aquella mala jugada se la pagaría con creces, "¡valiente hija de perra!" "¡Qué te folle un pez, a ser posible espada!" le grito ella desde su Audi 900, marchándose del lugar con tamaños aspavientos, que durante tres días muchos preguntaron si el tornado de Colorado había pasado por allí.

Los cupones auténticos de razonamiento se agotaban y la inflación de cupones falsificados supuso el cierre de muchas gasolineras y surtidores en todo el país. Spencer Singer como veía peligrar su puesto de trabajo y el lucrativo negocio, tuvo una brillante idea. Se encerró en el garaje de su casa durante una semana las horas diurnas de sueño y diseñó un cargador de baterías solar apto para todo tipo de pilas. Cuando lo tuvo terminado lo llevó a la gasolinera y en poco tiempo el número de clientes que acudían andando a la gasolinera era muy superior al de los que lo hacían en auto o en bici. El cargador permitía realizar cargas en menos de tres minutos. Muchos clientes motorizados contemplaban admirados como la mayoría recorrían distancias kilométricas para llegar a la gasolinera para cargar sus baterías y optaron también por esta opción, desechar el vehículo a motor y abonarse al placer que ha procurado siempre "el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando"

Spencer Singer se convirtió con el tiempo en uno de los tipos más millonarios del universo, millonario en amigos. Las cargas las realizaba gratis a cambio de comida u otros enseres necesarios.

12 de mayo de 2008

" Coslada City DeadLock"



Los camellos de metadona, de ibogaína, de Antabuse pululaban como sabandijas por las esquinas en busca de clientes. A la pasma no le resultaba fácil distinguir a los primeros de los segundos. Parroquianos y vendedores al por menor tampoco parecían muy duchos a la hora de discernir entre "polis buenos y malos". Estos a su vez se infiltraban haciéndose pasar por camellos o clientes. Entre camellos, algún agente de policía ganaba un dinero extra para sufragar gastos superfluos. Entre adictos, especialmente al Antabuse, muchos, demasiados agentes del CSI - Comisaría Sectorial Intercontinental, del FBI - Federación Burocrática Internacional , de CIP - Cuerpo Internacional de Policía - se afanaban, al terminar de prestar servicio, en buscar quien les vendiera cuatro comprimidos de estraperlo cuyo rostro no les resultase conocido para no verse comprometidos llegado el caso.

Las prostitutas se quejaban de que ya no encontraban proxenetas como los de antes. La mayoría se ocupaban de traficar con la cada vez mayor competencia del mercado lesbio, gay y transexual. Las madamas transexuales se prodigaban en cualquier prostíbulo y no resultaba extraño ver a policías de Distrito Centro dando protección a prostitutas desamparadas en sus horas libres para ganar un sobresueldo.

Fargo Spencer, un agente de policía incorruptible, una especie a extinguir dentro del cuerpo policial internacional, combinaba su eficaz labor policial durante las diez horas de servicio, con encargos de infiltrado de lo más variopintos. El comisario de Distrito Centro le había encomendado hacerse pasar por camello de Antabuse para poder desmantelar la trama y todo el tinglado de confabulación en la que una red de mafias policiales internacionales y de organizaciones criminales rusas, moldavas, chinas, birmanas, colombianas, canadienses y oriundas de Alaska trabajaban estrechamente para captar cada vez más adeptos. El proselitismo doloso era tan agresivo que muchos individuos se veían envueltos en la maraña casi sin pretenderlo y en contra de su voluntad. Pero el agente Fargo Spencer, cual un Ulises sagaz de la Edad Contemporánea Postespacial, contaba con mil ardides y artimañas para salir airoso de las difíciles misiones que le encomendaban. Siempre gustaba decir, "Bañado en mierda, no dejo que ésta me salpique".

En los bares de alterne de la Avenida C, Spencer aparentaba hacer vida social frecuentando todos los locales posibles. Prefería mantenerse de pie ante el mostrador mientras le despachaban la bebida para contar con un mayor campo visual y no perder detalle de cuanto se cocinaba a su alrededor. Llevaba escondidos en el interior del jersey de cuello cisne algunos comprimidos sueltos de Antabuse, los suficientes para "captar clientes" de su interés. No podía correr riesgos. Estaba a punto de conseguir pruebas suficientes que inculpasen a cuando menos cuatro agentes de policía de la Unidad contra Sucedáneos de Estupefacientes. Un mínimo error podía costarle incluso la propia vida. No contaba con que surgiría en escena Deborah Philips, un agente especial de la Unidad de Grupo de Menores, especializada en combatir delitos de pederastia, haciéndose pasar por la madama de un burdel improvisado en el primer piso del inmueble, justo encima del bar en el que ambos se encontraban simulando beber una vaso de agua carbonatada. Ella se encontraba allí en el mismo lugar que él, aguardando la llegada de los cuatro agentes sospechosos, que no sólo consumían Antabuse hasta ponerse ciegos y caer en una especie de estado de catatonia, de gran excitación sino que además frecuentaban burdeles en los que ejercían prostitución menores de edad de cualquier sexo y condición.

La dificultad se suscitó cuando aparecieron los cuatro tipos y se acercaron a la barra del bar gritando a los camareros que querían agua de grifo bien fría y de manantial. Fargo quería captar la atención de alguno de ellos, mientras Deborah hacía lo propio, desconociendo que ambos estaban muy centrados en lo suyo obviando lo del otro. "Mira, Leonard, lo que tenemos aqui. ¡Qué preciosidad!" -exclamó uno de los polis refiriéndose a Deborah, cuyo atuendo le hacía parecer a Kathleen Turner en China Blue, una película de hacía casi dos siglos que a Fargo le gustaba mucho visionar en edición remasterizada en octava generación de proceso de mastering. Aquella beldad le estaba ganando la partida. Fargo albergaba la sospecha de que se tratase de algún "expediente Y" - así se llamaba coloquialmente a los agentes infiltrados -, pero no quería sacar conclusiones precipitadas y arruinar el seguimiento. Entonces se le ocurrió que si entraba en el juego de ella, quizás sería preferible a litigar por la detención y custodia de aquellos cuatro bribones. Sería el quinto en discordia.

Al tercer trago de agua mineral acompañada de varios comprimidos de Antabuse y complejos vitamínicos - Fargo fingió tomar un par de ellos que luego escupió con disimulo - ya se mostraban los cinco polis predispuestos a acompañar a Deborah al antro y cuchitril inmundos. La siguieron entre bravuconadas y chanzas de juego verbal soez, vil. Deborah y Fargo, enemigos de bullas, intentaban contenerse muy concentrados en su objetivo. Deborah se contorneaba perfilando su silueta redondeada y perfecta. Fargo pensó que tal vez no exagerase. Siempre le pareció harto difícil que las mujeres pudiesen desenvolverse con soltura teniendo que sobrellevar caderas. La mayoría se operaban las cartucheras y resultaba casi imposible encontrar a alguna "valiente" que se negase a tamaña aberración. Al acceder al pequeño inmueble, Fargo comprendió que la puesta en escena, se trataba de un montaje porque Sara, el agente infiltrado de Grupo de Menores le guiñó un ojo en un gesto cómplice. Ambos se conocían desde hacía años y eran buenos amigos. Las supuestas menores utilizadas como gancho, provenían de la cantera de la Academia de Policía Regional. Eran muchachas muy jóvenes, mayores de edad, que rondaban los dieciocho años, pero que aparentaban andar en la pubertad. Deborah explicó a los cuatro agentes sospechosos y a Fargo que podían escoger entre las diez jóvenes, todas ellas menores de edad, dos de ellas vírgenes. Fargo tuvo que hacer esfuerzos para contener la risa. Los cuatro agentes escogieron con cierta celeridad, sin darle demasiados vueltas al asunto. Fargo preguntó si podía escoger a la propia Deborah. Alegó que sin desmerecer a las demás, ella era la que le parecía más seductora y atractiva. Deborah accedió frunciendo el ceño. En uno de los aposentos diminutos al que le condujo de la mano, Fargo selló sus labios y le mostró la placa identificativa policial. Deborah le dió un beso en la boca y le mostró su placa. Le susurró al oído, "Desde un principio supe que eras un infiltrado. ¿Quién te envía?". "De la Brigada Antisucedáneos" - respondió él. "Añoro los viejos tiempos de la coca, la heroína, el alcohol. Resultaba todo menos complicado". "Somos agentes de la vieja guardia, compañera"
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"Salud e inspiración para tod@s"

8 de mayo de 2008

"Retazos de metáfora dormida"



El cadáver del joven apareció tendido en la nieve con los primeros deshielos de la primavera. Le habían estado buscando, infatigables, personas que le conocían bien y le querían mucho, pero también un ejército de voluntarios a los que sólo se les dijo que un muchacho de diecisiete años que vagaba sin compañía por la montaña “se había perdido”, - “se había marchado de su casa porque padecía depresión”, “se había fugado de un internado”, “se había metido en extraños asuntos y en la montaña buscaba refugio, consuelo”, “ se había enamorado y su amor no le era correspondido”, “se sentía asustado ante el porvenir” , “dudaba si el próximo curso se matricularía en Ingeniería o en Exactas”, “ le había sentado como un jarro de agua fría la pubertad y no quería madurar, hacerse adulto”, “ su padre era un déspota militar”, “ su madre no le había prodigado suficiente cariño y atención en el seno de una familia numerosa”, “estaba en la peor edad”... –
Las habladurías impertinentes sobre su desaparición en boca de personas que no le conocían de nada, se desleían y atenuaban en un eco de silencio sobrecogedor que atronaba el valle. Callaban las lenguas serpentinas de las gentes de la comarca. Hablaban el río caudaloso en su cuenca, los montes y caseríos con ese lenguaje articulado de pausas y melodías sigilosas que imponen silencio a los humanos mezquinos, siempre mezquinos. Esos humanos que murmullan demasiado, que expresan sin delicadeza las ideas más peregrinas sobre los incidentes más graves. Esos humanos que decían saber acerca del joven hallado muerto sobre la cálida nieve de primavera. Un muchacho que ya no era humano, ya no era mezquino, ya no era nada de todo aquella blasfemia inmunda que se cernía sobre su vida, sobre su muerte. Su cuerpo inerte se fundía con el silencio del valle que vivía su muerte con la intensidad de la vida, de la realidad primaria de la que están hechas las cosas, los cuerpos vivos, los cuerpos muertos. Materia y espíritu fundidos en el abrazo de la esencia, de la nieve, de la muerte, del silencio. Rémora de metáfora dormida.
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"Salud e inspiración para tod@s"

29 de abril de 2008

"Los tres soles"


Érase una vez un planeta que tenía tres soles azules. Un sol azul turquesa que lucía desde el amanecer hasta el mediodía. Le relevaba un sol azul indantreno que desde las doce hasta el ocaso se enseñoreaba de la tarde cual jinete de Berbería. El tercer sol, dueño de la noche, exhibía un azul cobalto frío y nigérrimo de espanto, que imponía una especie de ley de silencio sobre la faz de aquel planeta.

Un día apareció en el firmamento un pesquero caza astros y se llevó los dos soles diurnos, dejando el tercer sol dominando el cielo. Este sol huraño, hosco y oscuro se sentía más que harto de ejercer su labor las veinticuatro horas del día. Pero así permanenció por espacio de tres años, tres meses y tres días hasta que vió llegar por el firmamento una dotación ambulante de Oficina de Atención al Astro Errante. Echó instancia solicitando ser elevado a la categoría de planeta y ser trasladado a otro lugar. Le fue concedido más o menos al año.

Ahora lo llaman Planeta Azul - a secas, nada de turquesa, indantreno o cobalto - . Mora una galaxia remota de un sistema solar cualquiera y está más que ahíto de su larga vida como planeta. Anhela aquella época de su vida en la que compartía la bóveda celeste con los soles turquesa e indantreno. Pero ya no hay vuelta atrás en el orden jerárquico del firmamento.

25 de abril de 2008

"Entre fogones"



El estruendo de fondo de obuses, cañones y morteros no era óbice para dejar de hacer lo que correspondía a esas horas del anochecer. Mi madre nos bajaba a la bodega del sótano y nos obligaba a permanecer ahí hasta que cesasen el toque de queda y la orquesta bélica, mientras ella se metía en la cocina entre fogones para prepararnos una cena siempre exquisita, siempre deliciosa pese a la precariedad de la materia prima. Decía que las sopas de ajo debían prepararse a conciencia como si las fuese a degustar un rey o un obispo; que la legumbre era el alimento más completo y podía cenarse si había sobrado del almuerzo o si se terciaba a falta de tortas; que el pan untado con aceite provenía del mismo cielo y tal vez lo trajesen las bombas, pese a ser éstas obra seguramente del demonio - los caminos de Dios inescrutables -. El jamón pendía de una escarpia y desde mi curiosidad infantil no podía evitar comparar su forma con el bombo de mi madre, preñada de siete meses, gestando el nacimiento de mi hermano Antonio. Mi madre desprendía un aroma fragrante y limpio como su mirada. El jamón sabía muy rico, pero a mi corto entender de entonces, olía fatal.

Cenábamos a eso de las nueve de la noche. Antes rezábamos un padrenuestro y dábamos gracias al de arriba por las cosas de abajo, en concreto las que lucían escasas pero exquisitas sobre el mantel de la mesa de la cocina. Como las bombas, ya dije, caían del cielo, mi madre nos obligaba también a mostrar y sentir gratitud, porque aseguraba que ninguno de aquellos zambombazos tocaría nunca nuestras viandas. El que está en lo alto no lo consentiría, aseguraba con tal fuerza de convicción que yo siempre lo creí y aún ahora lo sigo creyendo. De mi madre aprendí a preparar con esmero cualquier guiso, la dieta sencilla y mediterránea, la tranquilidad, el sosiego, la felicidad que uno puede hallar en el santuario de la cocina. La artillería nunca alcanzó el blanco de nuestros manjares, cierto, pero creo que a mi padre le tocó la diana del corazón en plena refriega. Mi madre no nos hablaba de estos detalles. Tampoco se mostraba demasiado explícita en lo tocante a su marido, nuestro progenitor. Nos explicaba que él regresaría algún día, el menos pensado. Pero lo cierto es que aún ahora seguimos aguardando su regreso o tener alguna noticia de él. Saber que fué de su vida o de su muerte. Siempre he sentido que mi padre no se sentase a la mesa con todos nosotros para degustar juntos los platos sabrosos que con tanto esmero preparaba nuestra madre, su esposa. Si seguía vivo en algún lugar no creo que su existencia alcanzase la calidad de la nuestra, sencillamente porque no contaba con el cariño y la presencia incondicional de aquella mujer excepcional.

Con frecuencia se sentaban a la mesa soldados que llamaban a la puerta pidiendo un trozo de pan, algo que llevarse a la boca. En esos casos mi madre sacaba la bota de vino y todos lo catábamos como si degustásemos algún brebaje divino. Uno de aquellos soldados besó a mi madre en los labios mientras el puchero de barro a fuego lentísimo hervía el cocido. Mi madre le arreó tremenda bofetada y yo me llevé la mano a la mejilla como si me la hubiese dado a mí. Pensé que despacharía al soldado y éste liaría el petate para salir pies en polvorosa de nuestra humilde casa, pero no, el soldado había sido invitado a cenar esa noche y cenó. Cabizbajo casi no probó bocado. Mi madre se mostró diáfana y natural como la claridad del día. Cenamos el puchero que habíamos almorzado, cocido que nos encontraríamos en el plato durante días sucesivos. Cada día me sabía más rico. Las sobras de los guisos de mi madre ganaban en sabor y calidad con el pasar de los días. Era algo así como un milagro del cielo.

Pasada la guerra, una mañana, se presentó en casa aquel soldado, el del beso, el de la bofetada. Se entrevistó con mi madre en la cocina, que era donde ella recibía siempre a las visitas, mientras mis hermanos y yo escuchábamos a hurtadillas la conversación agazapados detrás de la puerta. Todo fueron requiebros y no escatimó en lisonjas para con mi madre. Pero ella le respondió que era una mujer casada que aguardaba esperanzada el regreso del marido. Luego estábamos nosotros, sus hijos, lo más importante -dijo -, cuestión vital. Invitó al soldado al almuerzo y éste aceptó. Cabizbajo, no probó bocado. No le volvimos a ver nunca.

Mi madre ahora padece la enfermedad de Alzehimer y no recuerda lo buena madre que ha sido para todos nosotros, pero no importa. Yo sí lo recuerdo. Mis hermanos también.

19 de abril de 2008


Mi amigo KAMI me acaba de sorprender con una nominación a los dos premios blogosfera..."Eclipse de Luna" y "Premio Planeta Azul"

Las Reglas de estos premios son:
1.- Debe ser atribuido a los blogs destacados en sentimientos humanos y proclives al cuidado del planeta.
2. Cuando se reciba el premio se debe escribir un post indicando quien fue la persona que te dio el premio y su respectivo link a ese blog.
3.- Una Etiqueta al premio.
4.-Se debe exhibir orgullosamente la etiqueta del premio, preferiblemente con el link donde se habla del mismo.
5.- Nombrar 7 blogs que recibirán el premio.








Mis nominados a estos premios son:

1. 2008/04/y-ahora-va-de-premios.html/del amigo KAMI


2.
Tintero-Virtual


3.
un espacio-literario-entre-amigos


4.
El-Rincón-de-Sherezade


5.
El-Guardarropa-de-Blanca


6.
Los-inclitos-comentarios-de-mi-amigo-Travis-en-mi-blog


7.
En-Agua-Recordandoa-Rosa-Areópago-Sicilia-Lollita-Kami-SweetJane-Tian-Ángel-a-Todos


Gracias Kami por la confianza y la responsabilidad, y gracias a los que asigné como nominados, por su lucha de distintas maneras en ser mejores personas, hacer un mejor mundo con sus pensamientos y escritos, y por luchar incansablemente contra las distintas injusticias.
"KONSTANTINOS KAVAFIS"


Toda su vida giraba en torno a la literatura. Un tipo genuino "de Letras". "Te morirás de hambre" le decían. "Los de letras" están sentenciados a no progresar demasiado en la vida. Ese es el sentir general. En su caso concreto fue cierto durante muchos momentos duros. Pero lo sobrellevaba con resignación y estoicismo literarios. Los escritores, los poetas saben alimentarse del aire, que casi siempre convierten en ambrosía, una cosa deleitosa al espíritu que alimenta el estómago y acalla los remordimientos de conciencia. Nació y murió un mismo día lluvioso de abril como todas las personas predestinadas a convertirse en genios o trascendentes en la historia de la humanidad.

Se llamaba Konstantinos. Nombre que es garantía de muchas cosas, pero en especial de una en particular. Nombre insigne para un poeta. Nació en Alejandría. Alejandría, Alejandría, ciudad de prodigio y fuego. "La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad".

Corregía su obra sin cesar: " Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca. Llegar hasta allí es tu destino. Pero no apures tu viaje en absoluto." Algunos poemas suyos tardaron diez años en ver la luz de su redonda y lograda perfección. Eternamente insatisfecho, en lo literario y en lo humano, Kavafis parecía perseguir el anonimato que propician las formas etéreas y la atracción física de la clandestinidad. Efebos transitan sus versos como el deseo saciado en instantes tan efímeros que siempre conllevan un desarraigo, un arrepentimiento, un desamparo insoportable, cuyo dolor se mitiga por la aspiración del condicional perfecto: habría amado, pero no amó en realidad. Deseó ardientemente. Habría amado sin duda, si la existencia del poeta no hubiese transcurrido en un destierro perenne de sí mismo.

Amo los versos de Kavafis con todo el dolor y desgarro del alma:

"Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios."

Visito nuevos puertos sin salir de estas cuatro paredes que me cobijan de mis miedos y mi precaria salud. Adquiero bellas mercancias y pruebo nuevos perfumes alegóricos comprobando que efecto producen en mi satinada piel desde mi belleza, desde mi precariedad. Decido que la pobreza no existe porque viven los poemas de Kavafis en mi espíritu como una llama sutil de voluptuosidad y serena armonía. Sus versos alimentan mis silencios. Puedo sobrevivir desnuda en medio de la inmensidad de la vida. Todo me lo pueden arrebatar, si quieren. Pero los versos de Kavafis son míos, como lo son de nadie. Son míos con el egoísmo desmedido del admirador sufriente:

"Aquí que me detenga. Que también yo contemple un poco la
naturaleza.
Azul esplendoroso de un mar de la mañana
y de un cielo sin nubes, y una ribera amarilla: todo
hermosamente y con plenitud iluminado.
Aqui que me detenga"

Quiero compartir esta pasión, pero no puedo, no quiero. Kavafis, mío. Sólo mío:

"Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan."

14 de abril de 2008

"El padre Jony"

Joan Enric se levanta por las mañanas muy temprano. Se pega una ducha rápida de agua fría con ese gel que huele a sosa caústica de la sacristía, que proviene del avituallamiento de la diócesis de aquel obispo que detesta el rock y en general todo lo que pueda salirse de madre -de la Santa Madre Iglesia-. Su larga melena ondulada estilo "Antonio Flores en sus mejores tiempos, que en gloria esté" se lo lava delicadamente a parte con agua tibia tirando a calentita con un champú especial para cabellos SUNSILK LIMPIO POR MAS TIEMPO ESPECIAL CABELLOS RIZADOS USO FRECUENTE.
Deja que se seque al aire, porque no se cansa de predicar que los secadores de pelo son artilugios infames, inventos del demonio. Sus feligreses, siguiendo al pie de la letra todos sus consejos y recomendaciones litúrgicas y extralitúrgicas, siguen éste y todos sus acertados consejos. De ahí se explican los resfriados y gripes que se pillan algunos en los meses de invierno por acudir con el pelo mojado a misa.

El "Padre Jony", como ya se le conoce "Urbi et orbi", se desayuna un gran tazón de cereales con leche y Nesquik. Los parroquianos se desayunan con Nesquik y desterraron el Cola-Cao y otros sucedáneos de sus alacenas por recomendación y proselitismo. Todo lo que dice el Padre Jony va a misa y de misa, directo a la rúa para captar rápidamente adeptos como una pandemia.

Mientras desayuna ve el Noticiero de la 1 o escucha RNE y como esto es lo que hace el Padre Jony, los demás también. Luego reza cantando unas cuantas letras de las suyas, que son un puro plagio del Nuevo Testamento, pero la música es suya y la guitarra también. Esas son sus dos únicas posesiones en la vida, todo lo demás le sobreviene por añadidura.

El Padre Jony es un tipo normal, con una vida algo fuera de lo corriente. Hoy, por ejemplo, sin ir más lejos, Joan Enric repasa la agenda del día: a las diez de la mañana tiene una entrevista en la SER Tarragona; a las once, otra entrevista en Aragón Radio. Estas dos entrevistas sin moverse de casa. Podrá aprovechar para ensayar con la guitarra y poner a tono las cuerdas vocales. A las tres de la tarde tendrá que estar listo y compuesto en el plató de televisión de Móra d´Ebre para su tercera entrevista del día. Saldrá de casa a eso de la una y media para llegar con cierto margen. Le invitarán a comer en el restaurante de TV Móra d´Ebre. "La Escudella i carn d´olla" les sale de rechupete y la compañía es muy agradable. Le tratan como a un "super star". ¡Qué caray, le tratan como al mismísimo Jesucristo Super Star, o sea, Camilo Sesto en su época rampante! Ya sabe el Padre Jony que estos gozos son tentaciones del demonio y como tales hay que tratarlas, pero la "Escudella i carn d´olla" de toda la vida ha sido manjar de ángeles y querubines. Esto lo sabe hasta la madre superiora del último convento.

A las cinco y media de la tarde, con "la escudella" en el garguero de la sotana tiene que actuar en el Teatro Municipal de Móra. Se lo va a pasar pipa con este público entusiasta, uno de los mejores del territorio nacional. Promocionará su nuevo disco, pero sobre todo hablará a todos del Proyecto Chinautla en Guatemala". Sensibilizar conciencias le gusta tanto como cantar.

El Padre Jony cree que el rock casa perfectamente con la labor apostólica y cristiana. Defiende que si Jesucrito hubiese nacido en nuestro tiempo amaría el rock y se apuntaría sin remilgos a su nueva gira en Francia. Cree que el Vaticano se tiene que poner a la altura de los tiempos: aceptar el rock y el heave metal como música celestial. Joan Enric siente que le acompañan siempre un par de ángeles tocando sonido de guitarras distorsionadas, San Pedro a la batería con doble bombo, San Pablo al teclado y un coro de querubines pintando voces guturales y distorsionadas. En definitiva, ¡la hostia en verso!

Resumiendo, el padre Jony es un tipo cojonudo. Su encomiable labor merece ser elevada a los altares de la promoción musical y humanitaria.

¡Un olé para el padre Jony!

¡El padre Jony sube, el Vaticano, baja!