11 de enero de 2017

Discurso de Z. Bauman tras ganar el Premio Príncipe de Asturias 2010


 Alteza Real, Sr. Presidente de la Fundación Príncipe de Asturias, damas y caballeros: Hay muchas razones para estar inmensamente agradecido por la distinción que me han concedido, pero tal vez la más importante de ellas es que hayan considerado mi obra dentro de las humanidades y como una aportación relevante para la comunicación humana. Toda mi vida he intentado hacer sociología del modo en que mis dos profesores de Varsovia, Stanisaw Ossowski y Julian Hochfeld, me enseñaron hace ya sesenta años. Y lo que me enseñaron fue a tratar la sociología como una disciplina de las humanidades, cuyo único, noble y magnífico propósito es el de posibilitar y facilitar el conocimiento humano y el diálogo constante entre humanos... Y esto me lleva a otra de las razones cruciales de mi alegría y mi gratitud: el reconocimiento que han otorgado a mi trabajo proviene de España, la tierra de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de la novela más grande jamás escrita, pero también, a través de esa novela, padre fundador de las humanidades. Cervantes fue el primero en conseguir lo que todos los que trabajamos en las humanidades intentamos con desigual acierto y dentro de nuestras limitadas posibilidades. Tal como lo expresó otro novelista, Milan Kundera, Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el velo no se alce o se desgarre. Don Quijote no fue conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota, tal como nos enseñó Cervantes, demostró que «la única cosa que nos queda frente a esa ineludible derrota que se llama vida es intentar comprenderla». Eso fue el gran descubrimiento sin parangón de Miguel de Cervantes; una vez hecho, jamás se puede olvidar. Todos los que trabajamos en las humanidades seguimos el camino abierto por ese descubrimiento. Estamos aquí gracias a Cervantes. Hacer pedazos el velo, comprender la vida... ¿Qué significa esto? Nosotros, humanos, preferiríamos habitar un mundo ordenado, limpio y transparente donde el bien y el mal, la belleza y la fealdad, la verdad y la mentira estén nítidamente separados entre sí y donde jamás se entremezclen, para poder estar seguros de cómo son las cosas, hacia dónde ir y cómo proceder. Soñamos con un mundo donde las valoraciones puedan hacerse y las decisiones puedan tomarse sin la ardua tarea de intentar comprender. De este sueño nuestro nacen las ideologías, esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver. Es a esta inclinación incapacitadora nuestra a la que Étienne de la Boétie denominó «servidumbre voluntaria». Y fue el camino de salida que nos aleja de esa servidumbre el que Cervantes abrió para que pudiésemos seguirlo, presentando el mundo en toda su desnuda, incómoda, pero liberadora realidad: la realidad de una multitud de significados y una irremediable escasez de verdades absolutas. Es en dicho mundo, en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro. Esa es la tarea en la cual las humanidades intentan ayudar a nuestros conciudadanos; al menos, es lo que deberían estar intentando, si desean permanecer fieles al legado de Miguel de Cervantes Saavedra. Y por eso estoy tan inmensamente agradecido, Alteza y Sr. Presidente, por distinguir mi trabajo como una contribución a las humanidades y a la comunicación humana.





31 de octubre de 2016

Relato ganador del V Certamen Literario «Agenda Creativa 2016 de Índigo Crea» en homenaje a Italo Calvino y sus "Ciudades invisibles" " Mnemósine" por Gemmayla

En aquella ciudad gobernaban nueve Musas: Belleza, Historia, Poesía, Música, Tragedia, Sacerdotisa, Comedia, Danza y Astronomía. Para que sus nobles habitantes nunca perdieran la memoria, el recuerdo de lo vivido, se les asignaba al nacer un atributo inconfundible en su rostro, una biografía incrustada en sus genes, un poema de vida, una sinfonía única y personal, tres meses dramáticos y seis de venturas y alegrías, tres neutrales, un dios inmortal en sus conciencias, un baile al nacer y otro al morir, una estrella en el firmamento. La ciudad se llamaba Mnemósine y sus pobladores eran hombres y mujeres muy longevos que podían alcanzar ciento treinta años. Mnemósine cumplió eras y eras geológicas y cósmicas. Era un ejemplo para la humanidad entera y aún más allá de trescientas galaxias planetarias. Pero un mal día quiso el destino que tres Musas Gobernadoras enfermaran por el contagio de un extraño virus: Historia, Música y Tragedia murieron. Fue imposible reemplazarlas. Poco a poco los habitantes de aquella legendaria ciudad comenzaron a envejecer olvidando sus nombres, sus rostros, el color y el sabor de sus vidas, los versos vitales, la melodía propia y ajena, sin saber distinguir los meses dramáticos de los alegres o neutrales. No recordaban a Dios ni su inspiración y guía. Nadie convocaba bailes natalicios y durante los obituarios reinaba un silencio mortal. Había, sí, estrellas en el cielo, pero cada vez quedaba menos gente capaz de señalarlas, nombrarlas y contemplarlas. Mnemósine fue muriendo entre lagunas y nieblas de olvido hasta desaparecer de un punto en el mapa de la memoria colectiva.

27 de septiembre de 2016

EL PERFUME DE EVA

Me tengo por una excelente abogada del pueblo. Soy de las que no ponen tarifa a sus servicios. Pero me espanta atender delitos de alcoholemia. En concreto los clientes borrachos. Aquella clienta olía a nuez de especia. Cuando llegué a dependencias policiales a las tres y treinta y tres de la noche, aquel cubículo despedía un hedor a nuez moscada insoportable. Los agentes se disculparon. No podía atribuirse a ellos el poder embriagante de aquella mezcla de perfume de almizcle y güisqui de Palazuelos de Eresma. El insoportable olor provenía de aquella joven cuya tasa de alcoholemia superaba los 1,5 gr/l en sangre. Se llamaba Eva. Lo primero que me pidió fue que abriera su correo electrónico. Esperaba un aviso muy urgente. Lo intenté desde su móvil. En la bandeja de entrada pude leer: "Eva, te dejo porque no aguanto un segundo más a tu lado. Cambia de perfume, chata".