16 de octubre de 2007

"La caja de libros. Viaje a la felicidad"

En el monasterio benedictino clandestino de Lussi situado en las laderas áridas de una aldea remota portuguesa, un nutrido grupo de monjes, ayudados por cuatro jóvenes voluntarios de la ONG Salvemos La Caja de Libros dedican la jornada completa, hasta bien entrada la noche, a la paciente labor de copiar de Biblioteca Interplanetaria Soft la ingente bibliografía textual que circula en la red. Algunos escribas transcriben a mano y con delicada y preciosista escritura los libros en formato Legal Virtual Books en pliegos de papel DIN A-4 en extinción, que han elaborado con pastas de fibras vegetales blanqueadas, desleídas y tratadas artesanalmente en los talleres secretos y ocultos en grutas casi inaccesibles de las laderas de las montañas lussinenses.

Otros monjes transliteran directamente sobre los vetustos teclados archivando en obsoletos WordPad los textos que libremente circulan en la red con la única prohibición expresa de que bajo ningún concepto pueden ser publicados y llevados a la imprenta.

La Policía Intercontinental Virtual de Delitos Tecnológicos tiene en su punto de mira y vigilancia la secreta conspiración que se trama en los monasterios clandestinos benedictinos. Aunque han transcurrido casi treinta años desde que la última biblioteca pública mundial fue demolida en un acto público y legal, aunque la única librería abierta al público que permanecía abierta por la obstinada rebeldía de sus dueños -unos locos y estrafalarios escritores mediocres que no habían nunca aceptado llevar sus poco meritorias obras escritas a la imprenta virtual, sino que se empecinaban absurda, arbraria y disparatadamente en ofrecer a los lectores aquellos panfletos de la subversión más enconada que se atrevían a bautizar con el infame nombre de libros - fuese clausurada y precintada con la intimidadora presencia de mil guardias armados hasta los dientes de la Agencia Federal de Delitos Virtuales Soft; aunque las bibliotecas privadas estaban rotundamente prohibidas en los edificios y casas privadas o públicas, los monjes benedictinos de Lussi no cejaban en su intento de crear una biblioteca secreta, un fondo clandestino que perdurase en el tiempo más allá de los mezquinos intereses humanos y el fanatismo irracional de tecnócratas y gobernantes mundiales.

El anciano monje amanuense ha encontrado navegando en la web un interesante libro que le parece digno de ser rescatado, titulado "Viaje a la felicidad" de un tal Eduardo Punset, publicado hace casi ochenta años. Sabe que transcribir este libro le llevará los escasos años que le restan de vida. Cuando alcance el final de este libro, donde se describe y explica la fórmula de la felicidad que antaño intentaron resolver infructuosamente los humanos, él habrá seguramente resuelto la incógnita de la ecuación porque nada le producirá más dicha en el mundo que transcribir fielmente las palabras de aquel insigne abogado y economista que un buen día decidió que el ser humano tenía derecho a viajar por su trayecto vital con la felicidad por compañera. Y un mundo sin bibliotecas, libros y cajas de libros es sin dudarlo uno de los mundos más infelices y desdichados que imaginarse uno pueda. Aquel monje y sus compañeros en esta singladura prohibida y extraña sabían de la dicha en un mundo del todo infeliz.

9 de octubre de 2007

"Homenaje a Chéjov"



"Hombre funcionario, hombre muerto" eso pensaba aquel tipo que se las daba de autónomo, espíritu libre de ataduras y convencionalismos. "Trabajar para la Administración Pública es como convertirse en un autómata, un cadáver andante". Aquel tipo extraño y ácrata era su hermano, que desde chico sintió predilección e inclinación por la bohemia y la vida errante. Por eso, ahora, le recorría un estremecimiento, un escalofrío casi de terror al comprobar que un funcionario cualquiera pudiera estar literalmente muerto sobre su mesa de trabajo en cualquier departamento ministerial o edificio público:

- ¿Cuántos casos de muerte súbita van ya?

- Iban seis y con éste que se desangra sobre el teclado del ordenador, siete.

El Inspector de Policía sentía la necesidad de llamar a aquel tipo raro, que no era otro que su hermano, por si alcanzaba a entender algo sobre lo que estaba sucediendo. Tal vez una profecía secreta. A su hermano le gustaban esos temas esotéricos que a él personalmente le crispaban y le sacaban tanto de quicio porque los consideraba paparruchas sin sentido. Pero a su hermano lo consideraba de otra galaxia y los hechos que ahora tan crudamente se le presentaban servidos en el plato de frío de la madrugada, le parecían fenómenos paranormales. Cogió el móvil que llevaba en el bolsillo de su gabardina con intención de llamarlo. Pronto recordó que su hermano aborrecía "estos infames chismes" y no eran horas de andar molestando a nadie, salvo al Inspector General o tal vez por qué no, al Ministro del Interior y al de Defensa. Las altas instancias debían mojarse en ésto y dar órdenes concretas. El inspector no podía pensar y tomar alguna decisión lógica.

- Inspector, recuerde que hace unos meses fallecieron unos cuantos deportistas de muerte súbita en todo el mundo. Ahora les ha tocado a los funcionarios. Será cosa del azar y pura casualidad.

- ¡Ojalá esté usted en lo cierto !

Los seis funcionarios respondían a un mismo perfil: varón, entre cuarenta y cincuenta años, funcionario de la Administración Pública del Estado, escala básica, salud dentro de los parámetros normales, una vida en apariencia estable y feliz. Pronto este baremo de normalidad se dispara y surgen casos en distintos puntos del planeta. Hombres, mujeres de diversas edades y perfiles fallecen súbitamente sobre sus mesas de trabajo. Se da una curiosa circunstancia coincidente: se han quedado solos en sus despachos al finalizar la jornada laboral para terminar un trabajo pendiente; fallecen entre las doce y las dos de la noche: sus cuerpos aparecen desplomados sobre sus teclados de ordenador con el monitor encendido; en las pantallas se pueden leer cifras y trabajos de estadística sobre identificación fiscal de ciudadanos. Al parecer todos tienen en común que realizaban consultas sobre números de identificación fiscal de personas físicas. Al parecer fallecen acto seguido de escribir en el teclado el número del Documento Nacional de Identidad seguido de la letra que completa el NIF.

El inspector como medida cautelar, ordena enviar una circular a todos los centros de emergencia y salas del Uno Uno Dos advirtiendo que se emita un comunicado general alertando de la posibilidad de la existencia de algún virus informático letal.

Las últimas noticias hablan de doscientos mil funcionarios muertos en todo el mundo. El virus informático ha alcanzado a aquellos funcionarios que no recibieron la alerta máxima mundial. Todos los ordenadores del mundo están apagados. La vida sigue, pero la maquinaria burocrática, ya de por sí, lenta y pesada, se aletarga y el caos se instala en el mundo como una epidemia medieval.

2 de octubre de 2007

"La Luna del Lobo de febrero"



Leonor retira la tapadera del pozo del patio para recoger agua. Un día de éstos, que a Rodrigo se le antoje, hay que cambiar la cuerda desgastada y el cigüeño que está a punto de romperse. El reflejo en el fondo del pozo de la Luna del Lobo de este mes de febrero frío y desangelado, sólo presagia nuevas desventuras.

A Leonor le gustaría ver crecer a sus hijos en esta casa, envejecer y morir en ella. Anhela una vida sosegada, sin los contratiempos que le procura su marido Rodrigo, que es un hombre bueno y noble, pero incapaz de recibir el merecido pago por los servicios que presta como cirujano. "Ya me lo pagará, ya me lo pagará. No se apure. Ya me lo pagará". Está harta de escucharle siempre la misma monserga. Tienen cuatro bocas que alimentar y una que viene en camino. Las holguras y desahogos de antaño no remplazarán nunca más las estrecheces de ahora.

La cara de la Luna del Lobo parece sonreír sardónica reflejada en el agua del pozo y del cubo. Parece como si se multiplicase para recordarle que las deudas aumentarán sin cesar y la pobreza se instalará en sus vidas como una lacra. Leonor no quiere salir a la calle. Se pasa el día recluída en casa hilando a la rueca y enseñando a sus hijos Andrés, Andrea, Luisa y Miguel a leer y escribir. Miguel aún no tiene cuatro años, pero a Leonor le parece el más listo y vivaz de sus hijos. Es tan ocurrente en sus respuestas y expresiones que de vez en cuando musita en voz alta, "cuando Miguel sea un hombre hecho y derecho está familia se enderecerá y todo volverá a ser como antes".

A Miguel le encanta contemplar a su madre sacar agua del pozo. Siempre le pide que le deje asomarse al brocal para ver el rostro de ambos reflejado en el fondo. "Mira, mamá, la luna se ha caído al pozo. Vamos a cogerla con el cubo. Así Andrés y yo podremos tirar la pelota de cuero que está deshecha y jugar con ésta que es de oro, madre." A Leonor le resbalan lágrimas mohínas por las mejillas. No sabe qué responder. ¡Tal vez si recubriese la vieja pelota con una malla de cota dorada de algún retal de las viejas armaduras que están criando moho en el baúl...!"Mira, mamá, la luna dentro del cubo, pero es de agua, no se deja coger!

.........................................................................

Un niño pregunta a su madre quién dormía en esa cunita de madera de roble expuesta en una de las estancias del Museo Casa Natal de Cervantes. Su madre, paciente, le responde que tal vez el propio Miguel o algunos de sus hermanos. A continuación persiste la batería de interrogantes, "¿Mamá, y el bebé y sus hermanos donde están?...¿Y el padre y la madre?...¿Por qué, mamá..? ...¿Por qué, papá?..."

En un descuido de la familia, el niño saca de su bolsillo una pequeña pelota dorada en la que hay pintada una luna. La deposita en la cuna y la esconde debajo de las sabanitas de tafetán y exclama :"Te la regalo, Miguel, para que juguéis tú y tus hermanos. Otro día que venga me la devuelves".

28 de septiembre de 2007

"El desván de la enana"

Han acondicionado el desván para que me instale en él y "me sienta como en casa", me han dicho. ¿Cómo en casa? ¿Qué demonios es eso de sentirse como en casa? Nunca he tenido un hogar fijo y estable. Mis padres me abandonaron en una vía de tren cuando era chica, porque pronto se dieron cuenta de que era más chica de lo normal.

Soy enana. Padecer enanismo es una lacra para los demás. Yo me acostumbré en seguida a bandeármelas por ahí aceptando sin chistar que era el ser más diminuto en mi especie y que los diferentes, los raros eran los demás. Lo cierto es que soy una tipa tan espabilada que he podido trabajar en muy diversas ocupaciones y en todas, no sólo he salido airosa sino que además se me ha querido mucho y se ha hablado siempre de mí cosas agradables que aumentaban mi autoestima y reputación. En esta puñetera vida la reputación cuenta más que la talla. Pero ni la talla ni la reputación te salvan de una crisis económica de esas en las que todo el mundo de repente debe bastante más de lo que tiene. El dueño del circo en el que trabajaba nos reunió a todos un mal día y nos dijo que ya no podía sostener más aquel maldito tinglado. Aseguró que debía impuestos a todos los ayuntamientos del país, que nada era suyo y que antes de que viniesen los precintos y embargos a arrebatarnos lo poquito que nos quedaba, lo mejor era desmantelar el circo y que cada quien se buscase la vida.

Recorrí oficinas del paro, colgué anuncios por todas partes y cuando ya pensaba que no me llamaba nadie por la cosa fea de mi estatura, recibí una noche una llamada de doña Espe y aquí me tienen alojada en el desván de la casa. Como el asunto del servicio doméstico ahora con la nueva legislación pinta tan malamente, porque a la Tesorería Territorial y a los de inspecciones laborales no les gusta un pelo que no estés dado de alta en la Seguridad Social, no cotices a Hacienda y no estés en situación regular y legal, doña Espe me tiene aqui en el desván medio secuestrada "por mi bien", dice, y yo encantada porque la forma abuhardillada de esta estancia no es inconveniente para mi. Doña Espe se tiene que agachar cada vez que sube, pero yo me paseo por el desván a mis anchas entre libros viejos, enseres arrinconados por viejos y mil cachivaches y trebejos que no sirven para nada. Creo que doña Espe sufre eso que llaman el síndrome de Diógenes, que por lo visto era un tipo que acumulaba cosas en su casa, adoraba hurgar en los contenedores de basura y recoger lo que otros tiran sin piedad. Si doña Espe no tuviese marido era cosa de presentarle al fulano ése que seguro hacían muy buenas migas. ¡Total y resumiendo, que doña Espe me contrató de palabra y obra como interna de servicio doméstico! Me hizo jurar sobre la Santa Biblia que no les diría nada a los de la Tesorería Territorial ni a los de Hacienda ni a nadie! No me permite salir de la casa durante el día. Nadie me puede ver o sospechar de mi existencia. Sólo me da los domingos como único día libre de la semana y para no levantar la liebre tengo que salir el sábado de madrugada a hurtadillas sin que nadie se de cuenta. Agacharme no hace falta porque si algún vecino asoma la cabeza por alguna ventana lo mismo me toma por ardilla que por cualquier otro roedor. Pego una carrera tan acelerada que creo que nunca se va a destapar este pastel fraudulento.

Me siento feliz. Doña Espe se porta bien conmigo. Me paga mensual y puntualmente los diez euros la hora pactados poniendo a Dios por testigo. Me permite comer tres veces al día y me ha cedido un desván enterito para mi sola. Por las noches me tumbo en mi cama y contemplo el cielo estrellado a través de la ventana inclinada que está incrustada en el techo como un cuadro y que se llama Velux. Doña Espe la llama lucernario, pero en realidad se llama Velux. Yo le digo, "¡Mira, Velux, qué noche más preciosa! Sólo en estos momentos me gustaría ser gigante y poder alcanzar dos estrellas. Una para tí y otro para mí. El resto del tiempo mi condición de enana me viene como anillo al dedo porque ninguna ecuatoriana, dominicana o rumana sería capaz de pasar muchas noches en este desván que parece hecho a mi medida. ¿A qué sí, Velux?

25 de septiembre de 2007

" Labrador retriever"

El perro hurga y escarba entre las basuras de los contenedores de la bocacalle de Henry Dunant. Precioso labrador retriever de aspecto cuidado y limpio. No busca restos de comida. En realidad intenta hallar entre los desperdicios el arnés que momentos antes un tipo corpulento y descastado le ha arrancado sin piedad para después arrojarlo al cubo con desprecio. Aulla y gime desesperado. Si no lo encuentra pronto su amo morirá desangrado.

Luce esa noche una luna oronda como un globo gigante de luz, pero la claridad es aún así insuficiente. Lo encuentra en el preciso instante en que se escuchan los gritos de una vecina que se ha asomado a la ventana. Coge el arnés sucio y lleno de grasa con su hocico y desesperado intenta ponérselo sin lograrlo. Lame la sangre que brota del costado del hombre ciego que yace tendido en el suelo, mientras intenta inútilmente que abra la palma de su mano inerte para entregarle el arnés. Pero estos actos desesperados son del todo insuficientes. Escucha que se aproxima el ruido de las sirenas de policía y ambulancia, las mismas que oyó aquella vez que hubo un incendio en el bar El Escondite situado en los bajos de la casa en la que viven. En aquella ocasión despertó a su amo, éste le puso el arnés y ambos pudieron poner pies en polvorosa de allí. Los bomberos y policías le acariciaban y le hicieron sentir como un héroe. Pero esta vez no se está comportando como tal. La impotencia lo preside todo como un fantasma nocturno y alevoso.

A su amo lo han tumbado en una camilla y se lo llevan metido en aquella caja amarilla que emite luz y sonido como si en algún lugar hubiese un incendio imposible de apagar y el tuviese la culpa de alguna manera. Lo acarician los vecinos del lugar, los agentes de policía, los barrenderos que han venido a limpiar los restos de sangre en la calzada y las bolsas de basura con sus entrañas rotas y esparcidas por el suelo. Alguien quiere arrancar el arnés de su boca, pero el pobre animal que jamás se ha mostrado agresivo con nadie, se resiste. Un policía exclama, "¡Déjelo en paz! ¿No ve que está muy asustado?"

El servicio de recogida de perros callejeros ha venido a buscarlo y ahora lo introducen en esa jaula que no emite luz ni sonido en compañía de dos perros sarnosos y famélicos que le miran mal. Sin duda le aguarda un destino aciago. Sus días como perro guía bien adiestrado en ejercicios de obediencia, fiel y experto han tocado a su fin. No aceptará sumiso esta nueva vida que le aguarda. Se dejará morir de hambre y sed.

Los entrenadores de la ONCE han venido a recogerlo y le han puesto su arnés limpio y reluciente. Se lo llevan en la misma caja con ruedas que aquella vez que le guiaron hasta su nueva casa y su amo le dió una bienvenida tan cálida y acogedora que ya no quiso separarse nunca más de él.

A la puerta del hospital corre hacia su amo que camina muy despacio con la mano apoyada en el costado. Es el día más feliz de su vida perruna, una vida que no se diferencia demasiado de la vida de los demás, exceptuando en que su arnés es el más reluciente, limpio y bello del mundo.

Qué enorme decepción, Ed Sheeran. El silencio es cómplice. Bravo por estos artistas comprometidos. Cuán importante es posicionarse en el lado correcto de la Historia#FreePalestine

Finneas, Lukas Graham, Aaron Rowe y la banda Beoga no participarán en el resto de conciertos de la gira del cantante Ed Sheeran y critican l...