15 de enero de 2008

"La melancolía de Isabelle"


El capitán de guardia estampó un sello de caucho sobre el documento oficial urgente, mientras el oficial, escondido detrás de un cortina, rasgaba el lacre del sobre de la carta dirigida al general para espiar su contenido, pero el timbre oficial grabado con alusión a un águila imperial cansada y ahíta de poder, no le pareció auténtico. Rompió la carta en pedacitos y se llevó a los labios el sello de oro de su dedo meñique izquierdo para besar la inicial inscrita del nombre de su amada, Isabelle. Cogió de su bolsillo derecho una moneda. Cara, seguiría espiando cartas escondido detrás de una cortina. Cruz: comunicaría a su capitán que pronto abandonaría el ejército para reunirse con su amada. El sello oscuro y gastado de la moneda, tedioso, se negó a cambiar su suerte. "¡Isabelle, Isabelle, te perderé para siempre. Creo que mi destino está sellado".

Isabelle languidecía bordando sobre la tela tensada en el tambor. Cerca de dos años sin una sola noticia de su amado, Jean Charles Leònard, que partió a la campaña de Alemania con las tropas napoleónicas y desde su partida no había dado señales de vida. Le llegaban rumores extraños, seguramente infundados, sobre su posible paradero, que si le habían visto en un destacamento en Suiza, que si les había llegado información de que un oficial lo había encontrado muy malherido en el hospital de campaña de Hohenlinden, que si había participado en la Batalla de Copenhague en primera línea de fuego... En definitiva, usina de rumores tendenciosos y no confirmados, que sumían a Isabelle en un estado de abatimiento y melancolía perniciosos, pero nadie de su entorno parecía percatarse, ya que la joven doncella se pasaba del alba a la noche bordando con cierto empeño triste y sosegado que le confería un aire concienzudo, mantelerías y sábanas para toda la familia.

La prima Charlotte se presentó un buen día de improviso, cuando nadie la esperaba entonces y nunca. Charlotte era persona no grata en aquella casa lúgubre, sombría y en cierta manera siniestra. Pero Charlotte sintió la llamada desesperada de Isabelle en algún recóndito lugar de su corazón. "Premonición de la alegría de vivir" lo llamaba y no se equivocaba. Isabelle precisaba con urgencia que su prima la rescatase de aquella exclusión medio forzosa, medio voluntaria, de aquel secuestro familiar y sentimental,que la aislaba de la vida que bullía ahí fuera. Charlotte se presentó como una ráfaga de aire fresco y luz muy viva, pertrechada con maletas y baúles repletos de preciosos vestidos y tocados para vestirse ella impecable y prestárselos a la delicada Isabelle. Contagiaba pronto su alegría de vivir a quien fuese receptivo. Isabelle, tímida, se dejaba subyugar por su arrolladora presencia porque el tedio, la intranquilidad de la espera interminable, la melancolía crónica hacían insufrible sus días y sus noches. Poco a poco Isabelle, a pesar de la mirada recriminadora de sus tías y la abuela Anastasia, fue saliendo del pozo de la desesperanza primero y a la alegría de la vida en la calle poco después, siempre acompañada de la pizpireta Charlotte que le mostraba los lugares más divertidos y concurridos de la ciudad. Pronto entendió Isabelle que su amado y añorado Jean Charles Lèonard no era el único varón del universo. Pronto recobró Isabelle la olvidad alegría de vivir de antaño.

23 de diciembre de 2007

"Credenciales, papeles y tarjetas navideñas"

Un refrán de mi tierra reza "Por qué no los guardabas cuando los tenías". También arrastramos los de mi patria, cual un sambenito de descrédito del todo injusto, fama inmerecida de tacaños y rácanos. Para los malpensados quiero aclarar que no soy catalán. Ni siquiera soy español, aunque estoy en ello, a la búsqueda y captura desesperada de "papeles". ¿Qué papeles? ¡Qué sé yo, papeles! Eso me dicen los polis cuando me paran por la calle, "¡Papeles!". Detesto esa palabra. Entraña un no sé qué mezquino y diabólico. Ahora que estudio idioma español con fruición y verdadero empeño, creo que lo más apropiado sería que los agentes de policía nos exigiesen a los pobres desgraciaditos como yo "¡Credenciales!" ."¡Señor, sus credenciales, por favor!" Tal vez así no sentiríamos que nuestra dignidad se ve pisoteada por los suelos cual un periódico de esos gratuitos que la gente arroja sin piedad.

Cuando contemplo esos periódicos tirados por las aceras y bocas de metro, cuando observo que los transeúntes los tratan sin ningún respeto y con cierta violencia despiadada, no quiero ni imaginar que serían capaces de hacer conmigo llegado el caso, porque en mi país sólo hay un periódico "La opinión verdadera" se llama y nadie se permite el desprecio de tirarlo a la rúa, primero, porque es el periódico estatal que refiere las directrices políticas, sociales y económicas del gobierno y segundo, porque sus páginas se utilizan y sirven para los menesteres más insospechados. Mi madre, por ejemplo, lo usa para tapar las cacerolas y sartenes mientras guisa y para envolver los alimentos. Mi padre me pide que se lo lea y relea a toda la familia, ya que sólo sabemos leer y escribir mi hermano pequeño y yo. Todos los demás son analfabetos. Lo cierto es que teniéndonos a nosotros no les hace falta aprender nada. No es como aquí que la gente no se tiene la una a la otra, sino que he observado que cada quien "va a su pura bola". Eso dicen. He buscado en el diccionario español-senegalés el verbo "ir a su pura bola" y no viene su significado por ninguna parte, pero un amigo me ha explicado que viene a significar que todos aqui son más tacaños y rácanos que los de mi país, porque nuestra avaricia arranca de la pobreza más extrema. Cómo no tenemos nada de nada, nada podemos dar y repartir. Pero la tacañería de estas gentes, que "van a su pura bola" es muy grave y lamentable, porque ellos nadan en la abundancia más escandalosa y perversa.

Ahora se avecinan las fiestas navideñas en este país que pide "papeles" en vez de "credenciales" y que no conoce el tratamiento de "Señor" y la cortesía del "Por favor". Voy a guardar unas tabletas de turrón que el capataz me ha obsequiado en la obra. La fecha de caducidad inscrita en cada tableta hace mención al año 2015. Creo que para entonces ya habré podido regresar a mi país, a mi aldea, con mi gente. Les diré cuando consiga regresar que no somos ni rácanos ni tacaños. Somos sencillamente, pobres. Rácanos y tacaños las gentes de Europa. Nadan en la abundancia, pero todo lo guardan como vulgares roedores.
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"El eco siempre dice la última palabra"

21 de diciembre de 2007

Adolecer de adolescencia es un mal menor que se cura con la edad, la edad de la inocencia adulta. Inocencia que consiste en contemplar con estupor como los adolescentes adolecen de adolescencia sin ninguna inocencia.
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"El eco siempre dice la última palabra"

20 de diciembre de 2007

"El esperpento de las propinas y el conejo"


El Señor Vicepresidente Económico del Esperpento Español asegura que "La gente se toma dos cafés y deja de propina un euro". ¿En qué galaxia vive este maromo del dispendio, este fulano inflacionista, este tío de la socarronería? Nos han llegado rumores que apuntan a que el tipo domina la cuinicultura y el punto interrogante que corona los preámbulos del sueño ministerial macroeconómico contiene una duda filosófica crucial y existencial paradójica y profunda, a saber, "¿Por qué criar conejo?". Las respuestas que este marqués sociolisto de la Nobleza Socialista se da a sí mismo antes de desnucarse sobre el libro "Tratado y cría de conejos en la Península Ibérica" son las siguientes:

Uno/ Mínima inversión a realizar. Lo que me ahorro en propinas lo invierto en la empresa familiar.

Dos/ La mano de obra en mis granjas cuiniculturales será familiar: la familia otea y supervisa como un nutrido y selecto grupo de inmigrantes africanos y sudamericanos se dedican a la cría intensiva del conejo en viveros cerrados clandestinos.

Dos/ El conejo tiene un ciclo reproductivo corto y una alta habilidad reproductiva.

Tres/ Consume productos no competitivos. Su tamaño en canal es de fácil transporte.

Cuatro/ Fuente de proteína de primera calidad.

Cinco/ Su fina carne blanca hace las delicias de los paladares españoles.

"El ahorro en propinas y la cría del conejo engordaran mis arcas vacías y rebosarán las llenas. Abriré las tesorerías de mi patrimonio personal para recibir euros a espuertas sin precisar de asistencia de claveros, porque soy más listo que el hambre y más feo que Rato, rato largo. No creo que Garci me de ningún papel en ninguna peli suya, ¡maldita falta que me hace!. Con la cría del conejo y el estilo japonés de impago de propinas seré el nuevo Rey Midas contemporáneo"!

17 de diciembre de 2007

"Divagando futbolísticamente, que es gerundio también"



¿Por qué los partidos de fútbol generan tan pocos goles? La media mundial se suele cifrar en dos coma cincuenta tantos por partido. Este es uno de los grandes arcanos del legendario y honorable juego del balompié.

“Papá, papá, ¿por qué Messi sólo marca uno o dos goles en un partido y yo soy capaz de chutar hasta cinco en los partidos de la liga escolar?”

“Porque Messi es sin duda uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, pero tú llegarás a ser alguien excepcional en la vida, dentro y fuera del terreno de juego, dentro y fuera del campo de césped.¡Ya lo verás!” –Cuando los padres ponen tan altas esperanzas en sus hijos, no se engañan a sí mismos y a sus retoños. En realidad, no engañan a nadie. Forma parte de la propia ilusión de ser padre. ¡Y algunos padres no iban desencaminados! El padre de “El Pelusa” debió presentirlo como una premonición de voluntad divina y sobrenatural. Y el de Ronaldinho que no sobrevivió mucho para deleitarse con las victorias de su hijo por una prematura muerte. ¡Los infartos parricidas no son extraños cuando los hijos se tuvieron predestinados y elegidos para la gloria! No sabemos bien por qué el fútbol genera tan falsas expectativas en los padres. Alimenta la ilusión de la mayoría, y la decepción y el desencanto no hacen mella nunca porque el fútbol para bien o para mal presidirá todos los puntos de encuentro y desencuentro filiales. Hay padres e hijos que sólo son capaces de mantener una conversación de más de un minuto si ésta gira y versa sobre el fútbol. Conocí a un padre y a un hijo que se reconciliaron en el lecho de muerte del padre en el hospital, tras más de veinte años sin hablarse, ante el televisor que retransmitía la final entre Francia e Italia de la Copa Mundial de la FIFA. Perdieron los franceses y eso colmó de alegría a estos dos seres irreconciliables que pensaban diametralmente diferente. Pero el odio mutuo hacia lo franchute, disipó la ira enquistada.

Otro de los imponderables del fútbol es la alquimia del “Once”, que raya el descubrimiento de la panacea universal y de la piedra filosofal. Once son los jugadores. Once los kilómetros de media que se sudan en un partido. Once cuando menos las lesiones importantes a las que se enfrenta cualquier jugador, desde las roturas de meniscos a los desgarros musculares y ligamentos cruzados a lo largo de su vida deportiva. Once la temperatura en grados centígrados ideal que debe reinar en el campo para que los jugadores sientan que juegan en las mejores condiciones. El calor del público es importante, pero el cambio climático cobra nivel de catástrofe centrocampista si las inclemencias meteorológicas arrecian. Once amigos se reúnen en casa de uno de ellos para tomar unas cervezas ante el partido del fin de semana. Once, las matemáticas no fallan. Si aparecen por algún casual imprevisto amigos que no habían sido invitados o las novietas de alguno de ellos, las cosas pintan muy feas ese aciago día. Es la preciosa alquimia futbolera que muchas madres y novias no alcanzamos a vislumbrar:

“¡Mamá, mamá! ¿quién ha sido el mejor jugador de todos los tiempos?”

“No sé, hijo, pregúntaselo a tu padre que es el único que sabe sólo de estas cosas. Todo lo demás me lo puedes preguntar a mi.”