Sencillamente, sobran las palabras y las imágenes que recibimos son desoladoras, trágicas, inhumanas...Despiadada Madre Naturaleza, Madrastra, Madrastra, Madrastra...¿Dónde está el Amor a nosotros que te cuidamos y velamos por ti?
11 de marzo de 2011
6 de marzo de 2011
La boda de María Antonieta...dedicado a mis compañeros y compañeras de fatigas durante estos cuatro meses infiltrados cual plebeyos en la magnificencia de lo versallesco
Teatro, espejo de la vida.
Escenario:
16 de mayo de 1771, enlace entre María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena y Luis XVI de Francia, llamado Luis el Último (Louis le Dernier) o Luis Capeto (Louis Capet) por los revolucionarios, fue rey de Francia y de , Navarra entre 1774 y 1789 , copríncipe de Andorra entre 1774 y 1793 y rey de los franceses entre 1789 y 1792.
Los jóvenes novios han recibido la bendición nupcial en la capilla del Palacio de Versalles por el gran capellán, el Cardenal de la Roche. Las celebraciones en la corte se prometen esplendorosas tanto en París como en el propio Versalles con altísima afluencia de público, como merecen estos esponsales reales.
A la archiduquesa no le gusta especialmente su recién estrenado marido. En la intimidad, ha confesado entre chanzas y risas, que su rostro le recuerda al de los papagayos mudos, si los hubiere, porque su nariz es ciertamente picuda, como los picos de aquellas cacatúas parlantes, pero siendo éste, en concreto, el que le ha correspondido en suerte, mudo y sin habla, ya que la única palabra que ha escuchado de sus labios es el sibilante y susurrante “Si quiero” que ha pronunciado sin entusiasmo alguno ante el altar. Las damas de la Corte austríaca han disfrutado de lo lindo estos gozosos comentarios de su Delfina, mientras repasaban los últimos retoques para ataviar a su señora con preciosos y costosísimos trajes, traídos de París, para la celebración de la fiesta matrimonial que ha de durar como poco doce días con sus noches.
Al acceder a la Gran Galería, el Delfín ni siquiera ha disimulado su indiferencia hacia su recién flamante esposa. Pronto le suelta la mano. Pronto se dirige hacia el lugar donde se encuentran agrupados los ocho bustos de los emperadores romanos de mármol y pórfido, representando a Baco, Venus, La Pudicia, Hermes, Venus de Troas, Urano y Némesis. Apoyada en la última, Diana de Versalles, le espera, con amplia sonrisa sardónica y cómplice, pintada en su cara lujuriosa, la amante de su padre Luis XV, Madame du Barry.
María Antonieta disimula unos bostezos incontenibles. Se siente fuera de lugar en su propia boda. A su alrededor se arremolinan en forma de corro, como gallinas, Mesdames, sus nuevas cuñadas, Adelaida, Sofía y Victoria, quienes cuchichean todo tipo de cotilleos difamatorios dirigidos a la Barry. La Delfina intenta sonreír aunque no entiende gran cosa de lo que se cuece en este palacio. La Galería de los Espejos le parece un lugar realmente deslumbrante, una genuina joya versallesca. Nunca había visto tantos espejos juntos. Pregunta cuántos suman en total y una Sofía displicente le responde con desdén “Trescientos y pico, pero eso, querida, no es lo que debe importarte. Lo fundamental aquí es que no pierdas de vista a esa furcia...” “¡Caramba! ¡Puedo verme de cuerpo entero!”, responde entusiasmada la archiduquesa., “¿Y estas espléndidas pinturas de quién son?”. “¡Ay, qué pesada y preguntona nos ha salido la niña! Son de Charles Le Brun, nuestro pintor de corte, pero eso no es lo que debe preocuparte, querida, lo que ha de tenerte en vilo es esa mala pécora”, le responde Adelaida abanicándose el rostro enrojecido de celos y furor. “Uinsss, Y este mármol magnífico de las pilastras de los capiteles, ¿es de Carrara?”, prosigue su batería de preguntas la Antonieta. “No, querida, traerlo de ahí nos costaría un imperio. Es de Rancé. Pero eso no es lo que debe reclamar tu atención, mi querida niña, sino ésa que intenta seducir a media corte masculina” le increpa una Victoria sofocada de indignación.
De repente, se despierta un revuelo en la sala de baile. ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Las princesas de Lorena osan bailar antes que las duquesas versallescas, grandes damas de la nobleza, saltándose el estricto protocolo. María Antonieta intenta disuadirlas y mediar entre los distintos frentes que van surgiendo. ¡Es del todo imposible! Las grandes damas, cual plebeyas, tiran de los pelos y destrozan los tocados de las princesas austríacas, las princesitas a su vez, les rasgan las vestiduras. A Madame du Barry le entra un ataque de risa irrefrenable. Carcajadas, gritos, aspavientos, tocados de plumas que salen despedidos por los aires, pelucas pisoteadas por el suelo. El cuarteto de cámara entona música de Lully, empezando con piezas de comedia ballet moleriana para terminar interpretando la tragedia lírica de Perseo, amenizando una velada tan rocambolesca. Victoria mete un dedo en el ojo de una de las princesas. Una dama de nombre francés impronunciable se quita sus delicados zapatos y los estampa en la cabeza de la mismísima María Antonieta apabullando su elevadísimo peinado color ceniza. Lo que en primera instancia es una pelea de mujeres aristócratas, que han perdido todo recato y compostura, acaba siendo un ruedo de reyerta, en la que los hombres , de no se sabe dónde han conseguido espadas blancas, negras y hojas de cinco cuartas de no se sabe quién.
El escenario de fiesta y celebración de la boda del Delfín y su Delfina es una especie de teatro de Corral español en cuyo escenario actores y actrices se han vuelto locos. En un segundo, la preciosísima Galería de los Espejos se ve inundada de esperpento, algarabía y contienda. De repente todos enmudecen, se hace un silencio sepulcral, calla la orquesta porque alguien ha roto la luna de uno de los delicados espejos. “Hasta ahí podríamos llegar!” exclama Luis XV. En ese preciso instante arriba un mensajero de corte portando las peores noticias:
“En París, en la plaza de Luis XV, más de un centenar de personas han fallecido asfixiadas en la vía pública, porque se lanzaron fuegos artificiales para celebrar los esponsales y la concurrencia presa de terror huyó a la desbandada”
Escenario:
16 de mayo de 1771, enlace entre María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena y Luis XVI de Francia, llamado Luis el Último (Louis le Dernier) o Luis Capeto (Louis Capet) por los revolucionarios, fue rey de Francia y de , Navarra entre 1774 y 1789 , copríncipe de Andorra entre 1774 y 1793 y rey de los franceses entre 1789 y 1792.
Los jóvenes novios han recibido la bendición nupcial en la capilla del Palacio de Versalles por el gran capellán, el Cardenal de la Roche. Las celebraciones en la corte se prometen esplendorosas tanto en París como en el propio Versalles con altísima afluencia de público, como merecen estos esponsales reales.
A la archiduquesa no le gusta especialmente su recién estrenado marido. En la intimidad, ha confesado entre chanzas y risas, que su rostro le recuerda al de los papagayos mudos, si los hubiere, porque su nariz es ciertamente picuda, como los picos de aquellas cacatúas parlantes, pero siendo éste, en concreto, el que le ha correspondido en suerte, mudo y sin habla, ya que la única palabra que ha escuchado de sus labios es el sibilante y susurrante “Si quiero” que ha pronunciado sin entusiasmo alguno ante el altar. Las damas de la Corte austríaca han disfrutado de lo lindo estos gozosos comentarios de su Delfina, mientras repasaban los últimos retoques para ataviar a su señora con preciosos y costosísimos trajes, traídos de París, para la celebración de la fiesta matrimonial que ha de durar como poco doce días con sus noches.
Al acceder a la Gran Galería, el Delfín ni siquiera ha disimulado su indiferencia hacia su recién flamante esposa. Pronto le suelta la mano. Pronto se dirige hacia el lugar donde se encuentran agrupados los ocho bustos de los emperadores romanos de mármol y pórfido, representando a Baco, Venus, La Pudicia, Hermes, Venus de Troas, Urano y Némesis. Apoyada en la última, Diana de Versalles, le espera, con amplia sonrisa sardónica y cómplice, pintada en su cara lujuriosa, la amante de su padre Luis XV, Madame du Barry.
María Antonieta disimula unos bostezos incontenibles. Se siente fuera de lugar en su propia boda. A su alrededor se arremolinan en forma de corro, como gallinas, Mesdames, sus nuevas cuñadas, Adelaida, Sofía y Victoria, quienes cuchichean todo tipo de cotilleos difamatorios dirigidos a la Barry. La Delfina intenta sonreír aunque no entiende gran cosa de lo que se cuece en este palacio. La Galería de los Espejos le parece un lugar realmente deslumbrante, una genuina joya versallesca. Nunca había visto tantos espejos juntos. Pregunta cuántos suman en total y una Sofía displicente le responde con desdén “Trescientos y pico, pero eso, querida, no es lo que debe importarte. Lo fundamental aquí es que no pierdas de vista a esa furcia...” “¡Caramba! ¡Puedo verme de cuerpo entero!”, responde entusiasmada la archiduquesa., “¿Y estas espléndidas pinturas de quién son?”. “¡Ay, qué pesada y preguntona nos ha salido la niña! Son de Charles Le Brun, nuestro pintor de corte, pero eso no es lo que debe preocuparte, querida, lo que ha de tenerte en vilo es esa mala pécora”, le responde Adelaida abanicándose el rostro enrojecido de celos y furor. “Uinsss, Y este mármol magnífico de las pilastras de los capiteles, ¿es de Carrara?”, prosigue su batería de preguntas la Antonieta. “No, querida, traerlo de ahí nos costaría un imperio. Es de Rancé. Pero eso no es lo que debe reclamar tu atención, mi querida niña, sino ésa que intenta seducir a media corte masculina” le increpa una Victoria sofocada de indignación.
De repente, se despierta un revuelo en la sala de baile. ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Las princesas de Lorena osan bailar antes que las duquesas versallescas, grandes damas de la nobleza, saltándose el estricto protocolo. María Antonieta intenta disuadirlas y mediar entre los distintos frentes que van surgiendo. ¡Es del todo imposible! Las grandes damas, cual plebeyas, tiran de los pelos y destrozan los tocados de las princesas austríacas, las princesitas a su vez, les rasgan las vestiduras. A Madame du Barry le entra un ataque de risa irrefrenable. Carcajadas, gritos, aspavientos, tocados de plumas que salen despedidos por los aires, pelucas pisoteadas por el suelo. El cuarteto de cámara entona música de Lully, empezando con piezas de comedia ballet moleriana para terminar interpretando la tragedia lírica de Perseo, amenizando una velada tan rocambolesca. Victoria mete un dedo en el ojo de una de las princesas. Una dama de nombre francés impronunciable se quita sus delicados zapatos y los estampa en la cabeza de la mismísima María Antonieta apabullando su elevadísimo peinado color ceniza. Lo que en primera instancia es una pelea de mujeres aristócratas, que han perdido todo recato y compostura, acaba siendo un ruedo de reyerta, en la que los hombres , de no se sabe dónde han conseguido espadas blancas, negras y hojas de cinco cuartas de no se sabe quién.
El escenario de fiesta y celebración de la boda del Delfín y su Delfina es una especie de teatro de Corral español en cuyo escenario actores y actrices se han vuelto locos. En un segundo, la preciosísima Galería de los Espejos se ve inundada de esperpento, algarabía y contienda. De repente todos enmudecen, se hace un silencio sepulcral, calla la orquesta porque alguien ha roto la luna de uno de los delicados espejos. “Hasta ahí podríamos llegar!” exclama Luis XV. En ese preciso instante arriba un mensajero de corte portando las peores noticias:
“En París, en la plaza de Luis XV, más de un centenar de personas han fallecido asfixiadas en la vía pública, porque se lanzaron fuegos artificiales para celebrar los esponsales y la concurrencia presa de terror huyó a la desbandada”
3 de marzo de 2011
"Fantasiestücke"
Los amores virtuales hieren tanto como los reales.
Se muere lentamente igualmente y se resucita poco a poco de igual manera.
Albergan cierta semejanza con los amores platónicos de antaño, pero se diferencian en algo esencial: las declaraciones amorosas se forjan a toque de tecla. Rectifico, ¡cuántos amores platónicos en pleno Romanticismo se fraguaron en torno a una audición de piano. Se amenizaba la velada con duetos de piano y vocales.
Robert Shumann escribió a Clara Wieck mientras componía su sonata para piano"Fantasie":
“Yo anhelo sobremanera el verte, estrecharte a mi corazón, que estoy muy triste– e incluso enfermo. Yo no sé lo que me indispone, y sin embargo sí sé que tu ausencia me indispone. Te puedo imaginar en todo lugar. En mi recámara caminas de un lado a otro junto a mí. Te tengo en mis brazos. Pero nada, nada de esto, es real... Estoy enfermo... Y no podré soportarlo por mucho tiempo.”
Poco tiempo después, Clara le respondía desde París:
"[La obra] me provoca escalofríos... Muchas imágenes se me presentan... La marcha me llega como victoria de guerreros después de una batalla, y el tema en La bemol Mayor me hace pensar en las doncellas de una aldea, todas vestidas de blanco, cada una con una guirnalda en sus manos para coronar a los guerreros, quienes se arrodillan ante ellas.”
En otoño de 2010 José Pablo teclea desde su ordenador un "email" a Sara:
"No creo que pueda soportar esta distancia. Tú en Bolonia cursando tus estudios y yo ingresado en esta clínica universitaria en Penilvania. No es el tumor que me han de extirpar lo que me preocupa. De hecho, porque dicen los médicos que está ahí, en alguna parte de mi cerebro, que la verdad yo me siento bien. Los dolores de cabeza remitieron con la medicación. Lo que no puedo soportar es esta distancia demoledora y tu ausencia física. La imposibilidad de verte, escuchar tu voz, tocarte, acariciarte...éso es lo que me matará si no salgo pronto de aquí y puedo tomar un avión para estar cuanto antes a tu lado..."
Sara, después de sus clases de Historia del Arte, le responde desde su portátil:
"Ains, mi amor, no me digas eso. No me lo digas. Te lo ruego. Sabes que no puedo viajar a Pensilvania para acompañarte en estos duros momentos. Sabes que mis padres me matarían si perdiese mi beca este año. Ellos se están sacrificando por mi para que yo pueda terminar mi carrera. Amor mío, no me lo digas, te lo ruego, que me haces sufrir. Casi no puedo concentrarme y prestar atención durante las clases. Te tengo en mi mente constantemente. Sueño que la operación es un éxito y que muy pronto puedes regresar a España y que yo me escapo un fin de semana para verte y tocarte y besarte y acariciarte y abrazarte tan fuerte que ya nada ni nadie nos pueda separar."
Carta remitida desde el Sanatorio de Endenich a Clara Schumann:
"Muy querida nuestra: lamentamos tener que comunicarle que su marido, el insigne compositor y pianista Robert Shumann, no mejora en su estado. Lamentamos en estos momentos tan delicados para Usted y su preciada familia, tener que ser portavoces de tan triste noticia: su marido, muy Señora Nuestra, ha sido víctima de un colapso neurocirculatorio y su pronóstico es grave. Le rogamos que a la mayor brevedad acuda a nuestro sanatorio, ya que presumimos un funesto desenlace...."
Clara Schumann, mientras suspende a toda prisa un concierto en Bonn, escribe en su diario:
"¡Ay, amado mío! ¡Ay, que no me dé Dios la facultad de estar en dos sitios a la vez. ¡Qué amargo dolor me atraviesa! ¿Por qué no suspendí este maldito concierto? ¡Ay, Dios me perdone!...Por favor, cochero, deprisa, deprisa, corra veloz se lo ruego. Ay, mi amado Robert, ay, no te me vayas todavía, por favor, te lo ruego..."
Telegrama recibido en la Universidad de Bolonia Facultad de Historia del Arte, dirigido a Sara Molina Valle:
"Regresa a España. Stop. Jose Pablo ha fallecido durante la intervención. Stop. Repatrían el cuerpo el jueves. Stop. Descanse en paz. Stop. No te localizamos por ninguna parte.
Sara se encuentra en lo alto de La Torre de los Asinelli. Contempla la Garisenda desde lo alto, sin ver. Su vista nublada no le permite apreciar ningún detalle. Quiere arrojarse desde lo alto. Ya no quiere vivir. No sin José Pablo. Pero alguien le ha tocado el hombro. Se gira. Es José Pablo muy sonriente que con el dedo índice le dice que "No. No lo hagas, Amor mío. Yo te esperaré siempre. Tú tienes que vivir. A mi me toca morir.Te amo y siempre te amaré." Sara se ha desmayado y un racimo de turistas se arremolina a su alrededor. Alguien pide un médico, una ambulancia.
Se muere lentamente igualmente y se resucita poco a poco de igual manera.
Albergan cierta semejanza con los amores platónicos de antaño, pero se diferencian en algo esencial: las declaraciones amorosas se forjan a toque de tecla. Rectifico, ¡cuántos amores platónicos en pleno Romanticismo se fraguaron en torno a una audición de piano. Se amenizaba la velada con duetos de piano y vocales.
Robert Shumann escribió a Clara Wieck mientras componía su sonata para piano"Fantasie":
“Yo anhelo sobremanera el verte, estrecharte a mi corazón, que estoy muy triste– e incluso enfermo. Yo no sé lo que me indispone, y sin embargo sí sé que tu ausencia me indispone. Te puedo imaginar en todo lugar. En mi recámara caminas de un lado a otro junto a mí. Te tengo en mis brazos. Pero nada, nada de esto, es real... Estoy enfermo... Y no podré soportarlo por mucho tiempo.”
Poco tiempo después, Clara le respondía desde París:
"[La obra] me provoca escalofríos... Muchas imágenes se me presentan... La marcha me llega como victoria de guerreros después de una batalla, y el tema en La bemol Mayor me hace pensar en las doncellas de una aldea, todas vestidas de blanco, cada una con una guirnalda en sus manos para coronar a los guerreros, quienes se arrodillan ante ellas.”
En otoño de 2010 José Pablo teclea desde su ordenador un "email" a Sara:
"No creo que pueda soportar esta distancia. Tú en Bolonia cursando tus estudios y yo ingresado en esta clínica universitaria en Penilvania. No es el tumor que me han de extirpar lo que me preocupa. De hecho, porque dicen los médicos que está ahí, en alguna parte de mi cerebro, que la verdad yo me siento bien. Los dolores de cabeza remitieron con la medicación. Lo que no puedo soportar es esta distancia demoledora y tu ausencia física. La imposibilidad de verte, escuchar tu voz, tocarte, acariciarte...éso es lo que me matará si no salgo pronto de aquí y puedo tomar un avión para estar cuanto antes a tu lado..."
Sara, después de sus clases de Historia del Arte, le responde desde su portátil:
"Ains, mi amor, no me digas eso. No me lo digas. Te lo ruego. Sabes que no puedo viajar a Pensilvania para acompañarte en estos duros momentos. Sabes que mis padres me matarían si perdiese mi beca este año. Ellos se están sacrificando por mi para que yo pueda terminar mi carrera. Amor mío, no me lo digas, te lo ruego, que me haces sufrir. Casi no puedo concentrarme y prestar atención durante las clases. Te tengo en mi mente constantemente. Sueño que la operación es un éxito y que muy pronto puedes regresar a España y que yo me escapo un fin de semana para verte y tocarte y besarte y acariciarte y abrazarte tan fuerte que ya nada ni nadie nos pueda separar."
Carta remitida desde el Sanatorio de Endenich a Clara Schumann:
"Muy querida nuestra: lamentamos tener que comunicarle que su marido, el insigne compositor y pianista Robert Shumann, no mejora en su estado. Lamentamos en estos momentos tan delicados para Usted y su preciada familia, tener que ser portavoces de tan triste noticia: su marido, muy Señora Nuestra, ha sido víctima de un colapso neurocirculatorio y su pronóstico es grave. Le rogamos que a la mayor brevedad acuda a nuestro sanatorio, ya que presumimos un funesto desenlace...."
Clara Schumann, mientras suspende a toda prisa un concierto en Bonn, escribe en su diario:
"¡Ay, amado mío! ¡Ay, que no me dé Dios la facultad de estar en dos sitios a la vez. ¡Qué amargo dolor me atraviesa! ¿Por qué no suspendí este maldito concierto? ¡Ay, Dios me perdone!...Por favor, cochero, deprisa, deprisa, corra veloz se lo ruego. Ay, mi amado Robert, ay, no te me vayas todavía, por favor, te lo ruego..."
Telegrama recibido en la Universidad de Bolonia Facultad de Historia del Arte, dirigido a Sara Molina Valle:
"Regresa a España. Stop. Jose Pablo ha fallecido durante la intervención. Stop. Repatrían el cuerpo el jueves. Stop. Descanse en paz. Stop. No te localizamos por ninguna parte.
Sara se encuentra en lo alto de La Torre de los Asinelli. Contempla la Garisenda desde lo alto, sin ver. Su vista nublada no le permite apreciar ningún detalle. Quiere arrojarse desde lo alto. Ya no quiere vivir. No sin José Pablo. Pero alguien le ha tocado el hombro. Se gira. Es José Pablo muy sonriente que con el dedo índice le dice que "No. No lo hagas, Amor mío. Yo te esperaré siempre. Tú tienes que vivir. A mi me toca morir.Te amo y siempre te amaré." Sara se ha desmayado y un racimo de turistas se arremolina a su alrededor. Alguien pide un médico, una ambulancia.
1 de marzo de 2011
¿Un grano de arena?...en esta playa llamada Hollywood
Ayer compré en un quiosco de prensa "El asesinato de Richard Nixon" (2004)del director Niels Mueller y la vimos por la tarde en casa.
Ya la había visto en cine y no la compré porque me importen Nixon o Mueller o, aunque reconozca sus excelentes cualidades interpretativas, la siempre adusta Naomi Watts. La compré porque siento fascinación por Sean Penn. Me quedo literalmente arrobada ante su inigualable capacidad histriónica. Es un genuino acróbata, un prestidigitador de la interpretación. Sueño con reunir toda su filmografía. Si en "Mystic River", en "21 framos" o en "Pena de muerte" casi me infarto ante tamaño ·monstruo" fantástico y excelente como pocos, en "Hulyburly" del director Anthony Drazan, yo hubiese querido atravesar la pantalla, cruzar esa línea imposible entre la realidad y la ficción y estamparle besos, pellizcos, abrazos, no sé algún cachete de entusiasmo que por algo casi cumplo el mismo día que su ex Madonna.
Es sencillamente magistral su manera de encarar cada interpretación y logra algo que logran pocos, dignificar la interpretación de los demás actores de reparto.
Sobran las palabras. Tres, dos, uno: cámara, ¡acción! Que entre Penn y no se hable más.
Ya la había visto en cine y no la compré porque me importen Nixon o Mueller o, aunque reconozca sus excelentes cualidades interpretativas, la siempre adusta Naomi Watts. La compré porque siento fascinación por Sean Penn. Me quedo literalmente arrobada ante su inigualable capacidad histriónica. Es un genuino acróbata, un prestidigitador de la interpretación. Sueño con reunir toda su filmografía. Si en "Mystic River", en "21 framos" o en "Pena de muerte" casi me infarto ante tamaño ·monstruo" fantástico y excelente como pocos, en "Hulyburly" del director Anthony Drazan, yo hubiese querido atravesar la pantalla, cruzar esa línea imposible entre la realidad y la ficción y estamparle besos, pellizcos, abrazos, no sé algún cachete de entusiasmo que por algo casi cumplo el mismo día que su ex Madonna.
Es sencillamente magistral su manera de encarar cada interpretación y logra algo que logran pocos, dignificar la interpretación de los demás actores de reparto.
Sobran las palabras. Tres, dos, uno: cámara, ¡acción! Que entre Penn y no se hable más.
22 de febrero de 2011
PAZ EN LIBIA, DEMOCRACIA EN LIBIA, APOYO AL PUEBLO LIBIO
DE TODAS MANERAS
Las personas son irrazonables, ilógicas y centradas en si mismas,
AMALAS DE TODAS MANERAS
Si haces el bien, te acusarán de tener motivos egoístas,
HAZ EL BIEN DE TODAS MANERAS
Si tienes éxito ganarás falsos y verdaderos enemigos,
TEN EXITO DE TODAS MANERAS
El bien que hagas se olvidará mañana,
HAZ EL BIEN DE TODAS MANERAS
La honestidad y la franqueza te hacen vulnerable,
SE HONESTO Y FRANCO DE TODAS MANERAS
Lo que te tomó años en construir puede ser destruido en una noche,
CONSTRUYE DE TODAS MANERAS
La gente de verdad necesita ayuda pero te podrían atacar si lo haces,
AYUDALES DE TODAS MANERAS
Dale al mundo lo mejor que tienes y te patearán en los dientes,
DALE AL MUNDO LO MEJOR QUE TIENES DE TODAS MANERAS
MADRE TERESA DE CALCUTA ( reza en un letrero en la pared de Shishu Bhavan. La casa para niños en Calcutta )
19 de febrero de 2011
La Carta Manuscrita de Diego Velázquez. Dedicado a Alicia, José Enrique y Antonio con enorme gratitud
Carta manuscrita e inédita, escrita de su puño y letra, por el insigne pintor español, sevillano para mayor abundamiento, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez , a Catorce de Agosto del Año 1629 de Reinado de Nuestro Monarca Su Majestad Felipe IV de Austria, también de Habsburgo, llamado El Grande y Rey Planeta.
Eminencia Cardenal Francesco Barberini, Gloria a Dios en sus obras que las dispone con gran suabidad y se regocija y se alegra mi alma de tan alto honor como me a concedido permitiéndome realizar mi humilde y modesta labor en las Estancias Vaticanas, que deviendo el susodicho vivir onesta y religiosamente y pacífico, e encomendado mi alma a Dios y a mi Rey, mi cuerpo y mi persona entera en pintar para su corte cuantos encargos me sean encomendados, sacando grandísimo provecho de esta invitación y estancia romana, donde nuestro Beatísimo Padre, muestra al pueblo italiano su gran e insuperable magnificencia y Vuestra Eminencia , su altísima y grande e insuperable generosidad para un humilde pintor que aquí en estas Estancias me hallo sin hallarme del todo, con las llaves prestadas por su Eminencia con tanto desprendimiento de suyo. Díxome Usted, su Reverendísimo siervo de Dios, que tomase las llaves de las Estancias cual quien toma las de su casa y héteme aquí en la del incomparable Rafael de Urbino que colinda con las del Juicio Final del mejor florentino que haya parido la Historia de las Artes Liberales y aún de las Mecánicas, Miguel Ángel y es en la Estancia aledaña a la de ambos insignes donde mi claustrofobia y sentimiento hipersensibilizado de claustrofobia, se me manifiesta en grado sumo, de tal suerte que empiezo a sudar como un gorrino y sufro amagos de desbanecimiento y vaidos varios como de mujer histérica, yo que me tengo por el más valiente Caballero de la Cruz de Santiago a la cual aspiro y no es cosa de dignidad que averigüen en el Reino de Hispania y mucho menos mi Rey y Señor, que a mi me flaquean las piernas por tal nimiedad. Basta que anoche tuve miedo porque sentí pasos y abrir y cerrar de puertas como si los espectros del Florentino y el Urbanita me quisieran amedrentar de suyo, que de mío ya estoy , como dicen en castellano acojonado, dicho con más sutileza gallega o catalana acollonido. Por todo lo cual, ruego caramente y encarecido a Su Merced Cardenalicia que permítame obviar mi permanencia acobardada y pusilánime en tal Estancia como quien evita males mayores administrando remedios y medicinas antes de que el mal se expanda y gangrene algún miembro, tal mis brazos o manos, herramientas fundamentales y esenciales para un pintor, artista de corte, nada más y nada menos que del Rey Planeta Español que en nada ensombrece la calidad y la altura de Vuestro Señor , Vuestro Tío, El Santo Padre, coaliado de Dios el Altísimo que todo lo ve y está en este momento viendo que no sólo es miedo sino mortal aburrimiento, ya que yo soy pintor de corte, de suyo siempre bien acompañado cuando no de Juana, hija de Pacheco, mi bella y modesta esposa y mis dos hijas preciosas, Francisca e Ignacia, lo estoy de toda mi amplia, extensa y dilatada parentela sevillana o mis compañeros y discípulos de taller donde siempre reina seriedad laboral y sana alegría y regocijo de campechana camaradería, que lo mismo nos arrancamos por soleares que por sevillanas y en viendo que en Roma son ustedes más adustos, caigo pronto en desalientos y depresiones, cosa que se puede evitar en dejándome sólo dos llaves, las de la casa de Rafael y sus bellísimos frescos, en especial el de la Escuela de Atenas y de la casa del de Buonarroti Simoni y su Juicio Final donde todos despelotados fueron vestidos por orden de Su Santidad Pablo IV, de sus desvergüenzas por Il Braghettone, Daniele da Volterra, con lo cual no peco de indignidad e impudicia. No sabiendo que aportar a mi súplica para mayor abundamiento de este farragoso y largo suplicamento que os elevo, sólo a Dios pido una cosa de la mayor importancia, que la Salud os premie como Vuescencia os mereceis, esto es, reemplazando a vuestro tío en el Trono, aunque yo desee larga vida para ambos, Tío Pontífice y Sobrino Nepote. Aprovechando tan en el fondo escueta misiva para lo que se estila en estos tiempos barrocos pero a la vez manieristas, que me concedáis el enorme privilegio de visitar con vuestro permiso la Villa Médeci al aire libre que me de el fresco de las afueras y se me permita tomar apuntes y copiar la amplia colección de escultura clásica, para todo lo cual precisare su salvoconducto y dignísima recomendación. Suyo afectísimo.
Diego Velázquez de Sevilla y España y Olé
Eminencia Cardenal Francesco Barberini, Gloria a Dios en sus obras que las dispone con gran suabidad y se regocija y se alegra mi alma de tan alto honor como me a concedido permitiéndome realizar mi humilde y modesta labor en las Estancias Vaticanas, que deviendo el susodicho vivir onesta y religiosamente y pacífico, e encomendado mi alma a Dios y a mi Rey, mi cuerpo y mi persona entera en pintar para su corte cuantos encargos me sean encomendados, sacando grandísimo provecho de esta invitación y estancia romana, donde nuestro Beatísimo Padre, muestra al pueblo italiano su gran e insuperable magnificencia y Vuestra Eminencia , su altísima y grande e insuperable generosidad para un humilde pintor que aquí en estas Estancias me hallo sin hallarme del todo, con las llaves prestadas por su Eminencia con tanto desprendimiento de suyo. Díxome Usted, su Reverendísimo siervo de Dios, que tomase las llaves de las Estancias cual quien toma las de su casa y héteme aquí en la del incomparable Rafael de Urbino que colinda con las del Juicio Final del mejor florentino que haya parido la Historia de las Artes Liberales y aún de las Mecánicas, Miguel Ángel y es en la Estancia aledaña a la de ambos insignes donde mi claustrofobia y sentimiento hipersensibilizado de claustrofobia, se me manifiesta en grado sumo, de tal suerte que empiezo a sudar como un gorrino y sufro amagos de desbanecimiento y vaidos varios como de mujer histérica, yo que me tengo por el más valiente Caballero de la Cruz de Santiago a la cual aspiro y no es cosa de dignidad que averigüen en el Reino de Hispania y mucho menos mi Rey y Señor, que a mi me flaquean las piernas por tal nimiedad. Basta que anoche tuve miedo porque sentí pasos y abrir y cerrar de puertas como si los espectros del Florentino y el Urbanita me quisieran amedrentar de suyo, que de mío ya estoy , como dicen en castellano acojonado, dicho con más sutileza gallega o catalana acollonido. Por todo lo cual, ruego caramente y encarecido a Su Merced Cardenalicia que permítame obviar mi permanencia acobardada y pusilánime en tal Estancia como quien evita males mayores administrando remedios y medicinas antes de que el mal se expanda y gangrene algún miembro, tal mis brazos o manos, herramientas fundamentales y esenciales para un pintor, artista de corte, nada más y nada menos que del Rey Planeta Español que en nada ensombrece la calidad y la altura de Vuestro Señor , Vuestro Tío, El Santo Padre, coaliado de Dios el Altísimo que todo lo ve y está en este momento viendo que no sólo es miedo sino mortal aburrimiento, ya que yo soy pintor de corte, de suyo siempre bien acompañado cuando no de Juana, hija de Pacheco, mi bella y modesta esposa y mis dos hijas preciosas, Francisca e Ignacia, lo estoy de toda mi amplia, extensa y dilatada parentela sevillana o mis compañeros y discípulos de taller donde siempre reina seriedad laboral y sana alegría y regocijo de campechana camaradería, que lo mismo nos arrancamos por soleares que por sevillanas y en viendo que en Roma son ustedes más adustos, caigo pronto en desalientos y depresiones, cosa que se puede evitar en dejándome sólo dos llaves, las de la casa de Rafael y sus bellísimos frescos, en especial el de la Escuela de Atenas y de la casa del de Buonarroti Simoni y su Juicio Final donde todos despelotados fueron vestidos por orden de Su Santidad Pablo IV, de sus desvergüenzas por Il Braghettone, Daniele da Volterra, con lo cual no peco de indignidad e impudicia. No sabiendo que aportar a mi súplica para mayor abundamiento de este farragoso y largo suplicamento que os elevo, sólo a Dios pido una cosa de la mayor importancia, que la Salud os premie como Vuescencia os mereceis, esto es, reemplazando a vuestro tío en el Trono, aunque yo desee larga vida para ambos, Tío Pontífice y Sobrino Nepote. Aprovechando tan en el fondo escueta misiva para lo que se estila en estos tiempos barrocos pero a la vez manieristas, que me concedáis el enorme privilegio de visitar con vuestro permiso la Villa Médeci al aire libre que me de el fresco de las afueras y se me permita tomar apuntes y copiar la amplia colección de escultura clásica, para todo lo cual precisare su salvoconducto y dignísima recomendación. Suyo afectísimo.
Diego Velázquez de Sevilla y España y Olé
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