28 de abril de 2017

Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París soñado, la Ville lumière, la Ciudad de la Luz que juntos nos juramos compartir. Tomaré un avión y con una venda en los ojos me encaminaré hasta la cúpula blanca de Montmartre y acariciaré con el tacto de mis dedos las orillas del Sena. Cerca del viejo molino junto a la cumbre iré a bailar al aire libre en los jardines del Moulin de la Gallete. Me marcaré un vals yo sola abrazada a la triste sombra de mi alma o quizás mi ángel de la guarda quiera ser mi pareja de baile por una vez. Camille, Pablo y Amedeo me contemplarán y sonreirán asomados a la barandilla del balcón de Bateau-Lavoir. Paseando ebria de olvido llegaré a Le chat Noir y puede que Erik Satie quiera tocar al piano para que yo pueda cantar "Je te veux" con mi voz desgarrada y dulce sin público ni escenario de cabaret. Fatigada de tanto bailar y cantar y vivir, me dejaré caer por La Maison Rose y sin dudarlo me sentaré junto a Vicente, su hermano Theo y Toulouse-Lautrec. Ellos beberán absenta y yo un café solo, negro y frío sin endulzar, tal como es el sabor de tu recuerdo amargo. Y cuando decida regresar a casa sin avión ni pasaporte un joven Charles Aznavour dejará que entonemos juntos: Je ne reconnais plus/Ni les murs, ni les rues/Qui ont vu ma jeunesse/En haut d'un escalier/Je cherche l'atelier/Dont plus rien ne subsiste/Dans son nouveau décor/Montmartre semble triste/Et les lilas sont morts («Ya no reconozco/ Ni los muros ni las calles/Que habían visto mi juventud/En lo alto de una escalera/Busco un taller/Del que nada sobrevive/Con su nueva decoración/Montmartre parece triste/Y las lilas están muertas»). Hay un funicular en Montmartre, pero yo prefiero las largas caminatas por senderos solitarios, las ascendentes y descendentes colinas holladas con mis pies descalzos.





17 de abril de 2017

ADIVINANZA.....Dedicado a un compañero que viajó a Australia y se acordó de mí..muchas gracias F.D.....

Parece una hucha pero dormita en la rama, es Cabezudo en la Charanga de Isla Magnética, pero vive ensopado entre sopor de alcanfor, cristales y nubes conforman su color. Sostiene en su mano un océano estelar, ¿qué peluche de mi casa es, me lo podrías descifrar?

19 de marzo de 2017

Los hermanos del Condado de Régulo. Cuento de Primavera

Érase una vez dos hermanos que vivían en la aldea de Régulo, Fabiola y Dimas de diecisiete y dieciséis años respectivamente. Su padre estaba encarcelado en la Torre del Rey acusado de rebeldía. No podía pagar los impuestos tan gravosos que le imponía el Conde de Régulo IV y éste había confabulado para convertir el impago en un delito de sedición. Con extrañas y maquiavélicas estrategias había conseguido que Rodrigo fuese detenido una tarde de domingo y llevaba ya varios meses encarcelado. La familia y la aldea entera se sentían sumidas en una tristeza profunda y una gran impotencia. No sabían qué podían hacer para ayudarle. Convocaron una reunión clandestina y a puerta cerrada para que no llegase a oídos del conde su intención de buscar una salida a esta grave situación. Durante esta asamblea vecinal que transcurrió en una casa de campo escondida en medio del bosque, propiedad de una familia que vivía muy alejada de la aldea, los hermanos llegaron a la conclusión de que por muy buena voluntad que pusiesen los aldeanos, no se proponía ninguna idea efectiva que pudiese lograr la excarcelación de su padre. El tiempo corría implacable y veloz como una gacela herida. Fabiola y Dimas, con el ceño fruncido, optaron por callar y aguardar a que terminase el encuentro, porque anteriormente ya habían pactado un plan alternativo si veían que nada en claro se sacaba de unas treinta cabezas pensantes aldeanas bastante ofuscadas y muy poco organizadas. Su idea consistía en acudir al palacio del Rey Patricio que vivía a unos treinta kilómetros de su aldea, para pedir clemencia y contarle las tropelías del conde. A eso de las cuatro de la madrugada, Fabiola y Dimas salieron sigilosamente con sus dos burros cargados de todo lo necesario para la larga y ardua marcha. La montaña mágica y llena de secretos y leyendas del condado de Régulo se alzaba ante sus soñolientos ojos como una fantasmagórica pirámide de incógnitas y miedo. No obstante, estaban decididos a llegar hasta el palacio del rey y ello implicaba seguir la senda estrecha y los caminos tortuosos de la serranía. Los animales de carga se portaban tan bien que los hermanos se sentían bendecidos. El tiempo también acompañaba. No llovía ni había niebla pese al frío reinante. Se habían abrigado lo suficiente. La jornada transcurría sin sobresaltos, pero al llegar a un abrevadero para dar de beber a los borricos, de repente escucharon el sonido lejano de trote de caballos. Por aquel sendero resultaba imposible galopar, por tanto les daría tiempo de esconderse pero no de saciar la sed de los pobres jumentos. Lograron ocultarse detrás de unos peñascos. Aguardaron con el corazón en un puño. Ante sus ojos aterrorizados vieron circular al Conde de Régulo IV, trotando con la gran insolencia y el porte soberbio que lo caracterizaban, acompañado de su séquito de aduladores y sirvientes. Los hermanos se miraron y sin palabras supieron trasmitir lo que más temían en ese momento: el conde se dirigía también como ellos al palacio del Rey Patricio. Aguardaron agazapados hasta que perdieron de vista a aquella espeluznante comitiva. Cuando por fin se sintieron a salvo, a media voz, susurrando, se preguntaron qué podían hacer: “¿Era conveniente seguir con el plan? ¿Qué otras alternativas tenían?”. Finalmente decidieron proseguir, después de abrevar a los asnos, con máxima cautela. Guardaban un silencio sigiloso. Sólo se escuchaba la dulce brisa de la mañana ya avanzada y muy cercana al mediodía. Fabiola y Dimas sabían que seguían los pasos del conde y que podía ser tan peligroso tenerlo detrás como delante. Pero quiso la gracia de Dios favorecer a estos hermanos tan valientes. A eso de las tres de la tarde, no habiendo parado aún para almorzar, escucharon un tremendo estruendo como si el mundo se estuviese acabando en alguna parte. Aterrorizados decidieron avanzar un poco más para ver de qué se trataba: un inmenso alud se desprendía por la vertiente de la montaña. Se escuchaban gritos de desesperación y agonía, Veían caballos correr despavoridos sin sus dueños. En un momento, el conde y todo su séquito habían sido engullidos por la benevolencia y generosidad para con los hermanos de aquella montaña que resultó ser clementemente mágica y condescendiente con el propósito osado y valeroso de aquellos hijos que luchaban por salvar la vida de su padre. Fabiola y Dimas no pudieron proseguir y llegar hasta el palacio del rey, pero retornaron sobre sus pasos, contaron a los aldeanos lo sucedido y al día siguiente los hombres más fuertes se prepararon para acompañarles siguiendo una ruta distinta, más larga, pero que no requería atravesar ni transitar una montaña llena de riesgos y peligros. Transcurridos unos tres días consiguieron llegar al palacio del Rey Patricio y tras pedirle audiencia, fueron recibidos por él. El rey al ser conocedor de la maldad del conde fallecido en aquellas circunstancias, tomó la determinación de dictar de inmediato la puesta en libertad de Rodrigo Régulo Bienvenido y también hizo redactar una ordenanza según la cual los impuestos a pagar por los aldeanos no superarían nunca el diezmo de sus ganancias en las labores asignadas a cada familia. Para celebrarlo organizó una gran fiesta palaciega a la que pudieron asistir invitados los habitantes de Régulo y de otras aldeas vecinas. A los hermanos Fabiola y Dimas los nombró Hidalgos coronando sus cabezas con dos bellas guirnaldas. Muchos años después los aldeanos erigieron una estatua de los hermanos que hoy puede contemplarse en la Plaza Mayor, si algún día, querido lector, visitas Régulo y su preciosa comarca. FIN.

18 de marzo de 2017

Amante fatal

No podía dejarlo. Había conseguido de manera relativamente fácil dejar de fumar, moderar su dieta evitando dulces y grasas. Había logrado escalar El Monte Everest. De las dos rutas principales, la más fácil técnicamente, la más utilizada, la del sudoeste. Fue la utilizada por Hillary y Tenzing en 1953 y la primera de las 15 descritas en 1996. Pero aun siendo la más fácil, todo el mundo sabe que supone escalar el Everest. Hay que tener un espíritu aventurero y heroico. A él le apasionaba la escalada, la montaña, la estación de los monzones, las corrientes de chorro del viento en cotas altas de montaña, la nieve pintándolo todo de blanco. Pero esto no podía dejarlo. Era su medio de vida. Como comercial de prendas deportivas y de alta montaña, su Audi Q7 era su herramienta de trabajo primordial y principal y desde antes de conseguir el permiso de conducir le apasionaba el coche, el automovilismo y todo lo relacionado con este medio. La primera vez que le sucedió fue regresando de Andorra, casi cuando llegaba a su casa en Las Rozas en Madrid. Conducía solo, anochecía. Veía perfectamente. Le encanta conducir de noche. Era un consumado conductor. Años y años de carretera. De repente sintió un sudor frío que le recorría todo el cuerpo. Sus piernas y manos empezaron a temblar. Sus brazos flaqueaban. Se ahogaba. Llevaba un jersey de cuello cisne y empezó a tirar de él como queriendo arrancar el cuello porque le faltaba el aire y casi no podía respirar. En este estado no se podía concentrar. Se despistó y no tomó la salida 18 desde la A-6. Ya estaba a la altura de la salida 20. Decidió acceder por ella y parar en cuanto le fuese posible. Se detuvo en una gasolinera. Paro el motor del vehículo y bajó la ventanilla. El empleado de la Estación de Servicio se acercó para preguntarle si se encontraba bien. Al asomar la cabeza por la ventanilla lucía un aspecto demacrado. El empleado al verle tan aturdido llamó al Summa y momentos después un vehículo de intervención rápida con un médico al volante se personó y le tomó la presión, le examinó allí mismo in situ. El médico fue muy certero en su diagnóstico. Sin rodeos le espetó: “Usted, señor, padece amaxofobia, miedo a conducir. No importa que sea usted un consumado y avezado conductor. La amaxofobia se presenta de repente un día y sin aviso. Deberá acudir a un psicólogo porque con terapia se supera.” Así lo hizo. Se gastó una fortuna en acudir a consulta de psicólogos y psiquiatras, pero su fobia a conducir se había apoderado de su persona. Un día regresando a casa de un largo viaje desde Navarra, casi llegando a la salida 18, un ataque de amaxofobia le sorprendió en esta ocasión tan fuerte que perdió destreza al volante y colisionó contra el quitamiedos. Su Audi Q7 quedó siniestrado y él pasó varias semanas en el hospital. Pero pese a este susto sabía, era consciente de que no podía dejar de conducir. No le quedaba más remedio que aceptar que aquella fobia dominaba su vida y que debería recibirla como una amante fatal y la conducción era algo así como su esposa, a la que amaba y respetaba y no podía en modo alguno dejarla.