"¡Bingo!"

Ser tahúr de bingo no tiene encanto ninguno. Menos si se es mujer. Pierde todo interés al espectador ajeno si a la postre esta mujer es una anciana en edad de ingresar en una residencia, en edad de palmarla, en la edad de la incapacidad incapacitante. Pierde todo interés para los que no la conocen y no la tienen como miembro del clan familiar, pero si esta abuela, tal mi caso, te toca como bisabuela de turno, entonces la cosa pinta cruda, muy cruda.

Mi abuela Lola es tahúr de bingo. Dilapida sus mil ochocientos euros de pensión en esas inmundas salas de numerología perversa. La indignación familiar trasciende las cuatro paredes del ámbito doméstico. Nuestros gritos y trifulcas de hermanos, primos, nietos y biznietos por cuenta de tan disparatado dispendio se escuchan en todo el barrio. Todo el mundo está al corriente de tamaño absurdo y las sonrisitas sardónicas acompañan los saludos de amigos y enemigos por donde quiera que vamos.

La pensión de nuestra abuelarzuela supera con mucho nuestros paupérrimos sueldo mileuristas. Nadie que sepamos ingresa tanta pensión como esta privilegiada mujer, pero entre todos tenemos que llenar su vacía nevera y tapar los agujeros económicos que va sembrando a su paso.

Entregamos el DNI de la vieja binguera para que se le prohibiera la entrada en las salas, y ella se busca las artimañas más arteras para acceder sin escollos en la sobrenoche y hasta el amanecer y gastarse los euros sin cantar una maldita línea ni un puto bingo. Hemos sabido que utiliza el carné de identidad de su difunta hermana que se le parecía mucho. Hemos sabido que ha pedido prestado el pasaporte a una amiga boliviana que no se le parece en nada y no ha encontrado ninguna dificultad para entrar y salir como si fuese la Baronesa pavoneándose las bornemiszas.

Ha empeñado sus joyas y ha vendido sus muebles Biedermeier, Hepplewhite, Regencia y Sheraton a precio de saldo. Sólo heredaremos deudas y disgustos de esta funesta mujer.

Estoy pensando la manera de eliminarla del mapa de nuestras vidas. No sé si estrangularla o verter cicuta en sus sopas. No sé si seguirla de noche y en un callejón oscuro darle un susto mortal de necesidad. Creo que todos cantaremos un "¡Bingo" de alivio, veremos atenuadas nuestras señales externas de duelo en vida de esta mujer y vestiremos un luto riguroso de alegría cuando acudamos como una piña al tanatorio para velar sus restos de tahúr de bingo.

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