29 de enero de 2008

"El mensaje del ángel interestelar"


Año 2338. Continente Idrís del Planeta Sapir. En las aulas de la Universidad de Estudios Islámicos y Cristianos de la ciudad de Badr, un joven musulmán llamado Bâhir conversa con su íntimo amigo Khalîl, cristiano converso desde que de madrugada, cuando todos dormían, divisó un ovni en forma de cáliz sobrevolando los tejados de la Residencia Estudiantil Muslim y sintió en lo más hondo de su corazón "la llamada de Eisà".

La conversación entre estos dos amigos, que se aprecian y quieren desde la infancia temprana - ambos nacieron y se criaron en el mismo arrabal, el asentamiento de Târeq a las afueras de Utba -versa siempre sobre lo mismo, la religión. Bâhir intenta convencer a Khalîl de que es más fácil alcanzar la salvación eterna siendo un mal musulmán que un buen cristiano. Khalîl le refuta aduciendo que la Biblia es el libro sagrado por excelencia y que el Corán es un libro menor que sólo alcanza la categoría de los hadices, la sunna, la Torá o los Libros de Salomón. La discusión va subiendo de tono y se les escucha gritar en las aulas colindantes que afortunadamente están prácticamente vacías porque es la hora del receso y la oración. Un estudiante judío becario, que escucha tamaños despropósitos se tapa los oídos e intenta concentrarse en memorizar pasajes enteros del Pentateuco, porque en breve tendrá que exponer en clase oralmente argumentaciones firmes y convincentes que demuestren que Moisés escribió la Torá íntegramente por revelación divina en el monte Sinaí y que no hubo otros profetas divinamente inspirados que completasen el texto. La fe de este estudiante está en crisis, porque rodeado de musulmanes y cristianos por todas partes que discuten a todas horas, minan la confianza en sí mismo y las creencias que creía hondamente arraigadas, que al parecer no lo están tanto.

Los rostros de Bâhir y Khalîl, encendidos, denotan que la cólera y el enojo están a punto de brotar como un volcán en erupción y que en breve estos dos amigos entrañables llegarán a las manos y el estudiante judío becario tendrá que cejar en su intento de estudiar algo durante la media hora de receso y oración y deberá correr al aula que se encuentra al final del pasillo para separar a esos dos energúmenos. Pero nada de eso llega a suceder porque, de repente, un suceso extraordinario pone fin a tan lamentable espectáculo. Ante la mirada atónita de los dos jóvenes aparece junto al encerado digital un hombre de aspecto etéreo que les sonríe y les habla telepáticamente:

- Muchachos, tranquilos. Dejad vuestras disputas. Soy un enviado de Moisés y Jesús. Ambos se sienten indignados porque a estas alturas de milenio observan con pesar que las vanas discusiones se encuentran encalladas en trasnochadas y caducas argumentaciones teológicas. Islamistas y cristianos consiguieron igualar sus filas con inútiles derramamientos de sangre. Que los estudios teológicos se puedan por fin cursar en centros como éste en los que tienen cabida estudiantes de muy diferentes confesiones es un logro sin parangón en la historia de la humanidad. Pero Moisés y Jesús están ahora muy preocupados por vuestra conducta, por vuestro comportamiento rebelde. Soliviantáis vuestras propias conciencias y estáis alterando muy gravemente el orden del centro con vuestras diatribas inútiles. Me ordenan los profetas Moisés y Jesús que os trasmita la siguiente recomendación: la palabra de un profeta es ciencia pura; la palabra de dos profetas es ciencia infusa; la palabra de Dios son ciencias exactas. Si uno más uno siempre sumaron dos, ¿ a qué viene vuestra conducta, vuestras discusiones inútiles intentando demostrar mentiras e infundios ? ¡Dejad vuestras cábalas para los altos sacerdotes, tomad vuestros libros y a estudiar las sagradas palabras de los libros sacros! Imitad la conducta irreprochable del joven judío becario. Haced lo que os digo o seréis arrojados a los fuegos del infierno donde vuestras almas arderán con aquellas otras que se empeñaron en luchar y demostrar que una religión es superior a las demás. ¡Que os quede claro: muchos son los profetas, pero hay un solo Dios y Dios Todopoderoso profesa idéntico amor a un musulmán, a un cristiano, a un judío o a un budista. !

El enviado de los profetas, como por ensalmo, desapareció tras pronunciar el mensaje espiritual. Alguien relató que se había evaporado como aire puro entre las partículas contaminadas de un cielo viciado de polución. Pero ese alguien, sin duda mentía, porque la venida del mensajero interestelar sólo fue presenciada por los amigos Bâhir y Khalîl, que se fundieron en un abrazo similar al de los amantes, cuando se percataron de que una simple discusión teológica puede desencadenar un odio milenario y visceral a escala planetaria de imposible solución. No en vano conocían por los libros digitales de historia que las "guerras santas" habían durado siglos.

El estudiante judío becario, movido por la curiosidad se había acercado al aula y al contemplar la estampa de dos alumnos, uno musulmán y otro cristiano, abrazados como dos amantes homosexuales, exclamó:

- ¡Eisa!¡Eisa! ¡Per Jesus Christus! ¡Por favor, pecado de sodomía en las aulas, no, por favor, no!

Lo que sucedió a continuación es arena turbia de otro costal.
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"Salud e inspiración para tod@s"

23 de enero de 2008

La carta"

"La carta"



El cartero llegó a la aldea de Praimbra a primera hora de la mañana recorriendo el itinerario de siete yardas que le separaba de la estafeta de Laire, camino que solía hacer a ratos a pie y la mayor parte del trayecto en la vieja bicicleta – que se resistía a cambiar por otra flamante - de piñones dentados desgastados y cadena oxidada, que rechinaba como una fritanga de tocino en la sartén.

Desde la colina, que ponía punto y aparte al camino, que luego proseguía hacia la aldea de Saimbra, se divisaba la casa de la viuda Dolores, una mujer que perdió al marido siendo ambos tan jóvenes, que de siempre se la recordaba entre el vecindario por su condición de viudez, como si unos ángeles la hubiesen depositado en su cuna natal siendo así de tal guisa, viuda de nacimiento.

“La Dolores” aguardaba siempre la llegada de Pedro, el cartero, con el café de puchero rezumando su delicioso aroma por los poros de la vasija de barro puesta al fuego y las tostadas de pan de hogaza a la lumbre en una sartén dorándose lenta y pacientemente. Como venían haciendo desde hacía treinta años desayunaban juntos y ninguno de los dos recordaba bien qué día dejaron de hacer el amor en cualquier rincón de la casa con el delirio furioso que prodiga lo furtivo. No lo recuerdan porque probablemente se les apagó la pasión entre las líneas tediosas de aquella correspondencia aburrida que llegaba de lugares remotos para recordarle a “La Dolores” los impuestos y las tasas que debía pagar sin regalías ni dilaciones.

Pedro sabía que era portador de malas noticias aquella mañana porque no había podido resistir la tentación de abrir la carta dirigida a Dolores procedente del Hospital Provincial de Lugumodre, anunciándole que padecía una enfermedad grave que requería urgente ingreso hospitalario y tratamiento muy costoso. Pedro hizo casi todo el trayecto a pie, intentando demorar la llegada al caserón destartalado. Dolores le preguntó cuando llegó al fin, por qué había tardado más de lo habitual, recordándole cual esposa desairada, que si se entretenía tanto por el camino ella se llenaba de preocupación, imaginando que le hubiese podido suceder cualquier cosa mala. Con solo ver el ceño fruncido de Pedro y su semblante entristecido, Dolores sabía de sobras lo qué sucedía. Todo seguía un curso lógico y natural. De la pasión desaforada de juventud, las cartas de contenido arrobado que Pedro le escribía en sus ratos libres bajo el almendro en flor para luego leérselas en su casa a la hora del desayuno, habían pasado a una calma chica y aburrida como la propia correspondencia gris que le llegaba a Dolores de cualquier parte para convertirse de repente en un correo de malas nuevas, que les intimidaba y encogía el alma. Dolores, lejos de desesperarse, había optado por la indiferencia más plácida y recibía a Pedro con una sonrisa dibujada en su rostro que a Pedro le conmovía. Sentía renacer la pasión de antaño, pero se reprimía por respeto a Dolores, que parecía la viva imagen de una María Santísima embellecida por canas y arrugas de una edad ambigua, imprecisa y etérea.

Pedro no tuvo que verse en el trance de llamar a la puerta de Dolores porque ella se le adelantó y le abrió presentándose ante él acicalada con su mejor vestido, con la melena suelta y sosteniendo una taza de café caliente entre sus manos:

- “ Rompe esa maldita carta en mil pedazos hasta hacerla añicos cuando llegues a Saimbra y arrójala al río, que no quiero saber de su contenido. Entra. Desayuna conmigo. A partir de hoy haremos el amor como cuando nos conocimos aquella preciosa mañana en la que me trajiste una carta que me había escrito una prima lejana y me la leíste en voz alta porque yo te confesé muerta de vergüenza que era analfabeta y que nunca había tenido ocasión de acudir a la escuela. Ahora entiendo porque nunca me propuse y quise aprender a leer y escribir.

15 de enero de 2008

"La melancolía de Isabelle"


El capitán de guardia estampó un sello de caucho sobre el documento oficial urgente, mientras el oficial, escondido detrás de un cortina, rasgaba el lacre del sobre de la carta dirigida al general para espiar su contenido, pero el timbre oficial grabado con alusión a un águila imperial cansada y ahíta de poder, no le pareció auténtico. Rompió la carta en pedacitos y se llevó a los labios el sello de oro de su dedo meñique izquierdo para besar la inicial inscrita del nombre de su amada, Isabelle. Cogió de su bolsillo derecho una moneda. Cara, seguiría espiando cartas escondido detrás de una cortina. Cruz: comunicaría a su capitán que pronto abandonaría el ejército para reunirse con su amada. El sello oscuro y gastado de la moneda, tedioso, se negó a cambiar su suerte. "¡Isabelle, Isabelle, te perderé para siempre. Creo que mi destino está sellado".

Isabelle languidecía bordando sobre la tela tensada en el tambor. Cerca de dos años sin una sola noticia de su amado, Jean Charles Leònard, que partió a la campaña de Alemania con las tropas napoleónicas y desde su partida no había dado señales de vida. Le llegaban rumores extraños, seguramente infundados, sobre su posible paradero, que si le habían visto en un destacamento en Suiza, que si les había llegado información de que un oficial lo había encontrado muy malherido en el hospital de campaña de Hohenlinden, que si había participado en la Batalla de Copenhague en primera línea de fuego... En definitiva, usina de rumores tendenciosos y no confirmados, que sumían a Isabelle en un estado de abatimiento y melancolía perniciosos, pero nadie de su entorno parecía percatarse, ya que la joven doncella se pasaba del alba a la noche bordando con cierto empeño triste y sosegado que le confería un aire concienzudo, mantelerías y sábanas para toda la familia.

La prima Charlotte se presentó un buen día de improviso, cuando nadie la esperaba entonces y nunca. Charlotte era persona no grata en aquella casa lúgubre, sombría y en cierta manera siniestra. Pero Charlotte sintió la llamada desesperada de Isabelle en algún recóndito lugar de su corazón. "Premonición de la alegría de vivir" lo llamaba y no se equivocaba. Isabelle precisaba con urgencia que su prima la rescatase de aquella exclusión medio forzosa, medio voluntaria, de aquel secuestro familiar y sentimental,que la aislaba de la vida que bullía ahí fuera. Charlotte se presentó como una ráfaga de aire fresco y luz muy viva, pertrechada con maletas y baúles repletos de preciosos vestidos y tocados para vestirse ella impecable y prestárselos a la delicada Isabelle. Contagiaba pronto su alegría de vivir a quien fuese receptivo. Isabelle, tímida, se dejaba subyugar por su arrolladora presencia porque el tedio, la intranquilidad de la espera interminable, la melancolía crónica hacían insufrible sus días y sus noches. Poco a poco Isabelle, a pesar de la mirada recriminadora de sus tías y la abuela Anastasia, fue saliendo del pozo de la desesperanza primero y a la alegría de la vida en la calle poco después, siempre acompañada de la pizpireta Charlotte que le mostraba los lugares más divertidos y concurridos de la ciudad. Pronto entendió Isabelle que su amado y añorado Jean Charles Lèonard no era el único varón del universo. Pronto recobró Isabelle la olvidad alegría de vivir de antaño.

Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París...