20 de febrero de 2017

Soy Berto Bird

Título: “For the birds” Narrador: Uno de los 15 pájaros estorninos, al que he llamado Berto. Hola, queridos amiguitos. Soy Berto Bird, uno de los miembros de mi dilatada familia compuesta por quince pájaros estorninos que siempre vamos en bandada combatiendo plagas, comiendo insectos y otros invertebrados. Nos encantan los cables telefónicos. Pernoctamos en ellos y puede decirse que gran parte de nuestros momentos de ocio los pasamos ahí de cuchicheos. Somos muy cotillas. Aquel quince de julio de dos mil, ya nos advirtió Tío Bird a primeras horas de la mañana que no tendríamos una jornada tranquila. Había escuchado un rumor que cobraba visos de veracidad inmediata: Gavilán Mapache, un viejo enemigo, había regresado a City Bird y debíamos estar prevenidos. Todos nos echamos a temblar, pero Mamá Bird nos regañó diciendo que el miedo nunca ha espantado gavilanes y mucho menos podría espantar a aquel viejo zorro, más listo por viejo que por gavilán. Así que desayunamos copiosamente. Nos pudimos dar tremendo festín a costa de Gavilán Mapache y el No Miedo que nos infundía. Mamá Bird nos preparó suculentas arañas al pil pil, típulas a la carbonara, polillas a la miel con cereales, efímeras sobre leche de coco, caballitos del diablo salteados a las finas hierbas, saltamontes fritos, tijeretas en empanada, moscas, escarabajos, abejas, avispas y hormigas crudas que es nuestro plato preferido, en especial si el día promete ser muy arduo y movido. Durante horas apostados en el cable nos fuimos turnando. Unos vigilaban y los otros descansaban. Descansar es un decir, porque nosotros los estorninos no paramos un momento quietos y nos encanta cuchichear y contarnos todo tipo de cotilleos. Nos parecemos un poco a esos seres que caminan por las ciudades y pueblos erguidos sobre dos patas y que no visten plumas como nosotros sino extraños atuendos de colores variopintos y que nos imitan contándose chismes delante de una pantalla plana con luces de colores o en unos lugares que llaman cafeterías donde engullen un extraño brebaje negro sosteniendo un recipiente con las dos patas delanteras. Papá Bird nos advierte que siempre permanezcamos muy lejos de estos bebedores de sustancia negra. Son aún más peligrosos que Gavilán Mapache o Halcón Peregrino o Cernícalo Oso Grande. Mucho más que Aguilucho Lagunero del Pacífico Sur. Infinitamente más que Armiño Mayor, Mapache Rojo o Ardilla Gata. A eso del mediodía, con un sol de mil demonios y un calor de justicia, de repente hizo su aparición Gavilán Mapache, haciendo ostentación de sus dotes maquiavélicas con grandes aspavientos e insultos amedentradores. Después de grandes demostraciones de acrobacia funámbula por parte de mi familia y también por su parte, justo es reconocerlo, acabamos todos suspendidos en el cable, él ocupando una enorme posición central y nosotros a ambos lados como extendiendo unas alas perfilando su figura. Somos pequeños pero juntos capaces de componer preciosas figuras de malabarismo en el cielo y también de aunar esfuerzos y comportarnos como un solo estornino gigante. Así que sin grandes dificultades pudimos, picoteando las pezuñas de sus patas, conseguir que cayese al suelo, pero dado su enorme corpulencia y peso, el cable venció y acabamos todos en el suelo desplumados y desnudos tal como Mamá Bird nos trajo al mundo. Al comprobar que pronto podíamos ser almuerzo de Gavilán Mapache, huimos despavoridos de aquella guisa desnudos con nuestros estómagos aún haciendo la digestión del suculento desayuno ingerido y yo pensé que el No Miedo es en realidad otro gavilán gigante tan grande y poderoso como el Sí Miedo. Mientras huía con el resto de mi familia, pensaba que al regresar a casa, otro cable telefónico por ahí suspendido y a buen recaudo de enemigos, le diría a Mamá Bird que nos faltó desayunar lombrices de tierra, caracoles, ranas, lagartos y néctar de fruta ricas en vitamina B y C es para prevenir el desplumaje. Y Colorín colorado esta historia de mi familia estornina y Gavilán Mapache ha terminado. Te permito contarla aunque seas uno de esos seres que toman sustancia negra y caminan sobre dos patas vestidos de variopintos colores.

16 de febrero de 2017

Óssa Menor 1925 NOCTURN PER A ACORDIÓ A Josep Aragay Heus aquí: jo he guardat fusta al moll. (Vosaltres no sabeu què és guardar fusta al moll: però jo he vist la pluja a barrals sobre els bots, i dessota els taulons arraulir-se el preu fet de l'angoixa: sota els flandes i els melis, sota els cedres sagrats. Quan els mossos d'esquadra espiaven la nit i la volta del cel era una foradada sense llums als vagons: i he fet un foc d'estelles dins la gola del llop. Vosaltres no sabeu què és guardar fusta al moll: però totes les mans de tots els trinxeraires com una fandola feien un jurament al redós del meu foc. I era com un miracle que estirava les mans que eren balbes. I en la boira es perdia el trepig. Vosaltres no sabeu què és guardar fusta al moll. Ni sabeu l'oració dels fanals dels vaixells -que són de tants colors com la mar sota el sol: que no li calen veles.

4 de febrero de 2017

Infancia Blanca y Azul

De mi infancia recuerdo un palmo de metro de nieve en la Plaza de San Juan en Barcelona. Y acto seguido se extendía el Mar Caribe ante mis ojos, pero papá decía que no podíamos nadar porque había tiburones. Vi a esos tiburones comerse a las azafatas de un avión siniestrado en la televisión del salón de casa. Me di cuenta de que mi padre casi siempre tenía razón. Más adelante vería a ese Mar Caribe muy enfurecido pasar por delante de nuestra casa arramblando con todo lo que encontraba a su paso, mientras papá apuntalaba ventanas y balcones. Mi hermana nacía en ese momento en el hospital. Mi madre había ido allí a buscarla. Eso pensé entonces. Luego entendí que mi mamá y mi hermana en realidad estaban juntas. Por alguna extraña razón mi mamá se había comido a mi hermana y sufrió nueve meses de empacho. Pero esa versión de los hechos también fue desmentida mucho después. Las mamás no se comen a sus bebés. Los tiburones sí se comen a las azafatas que también son mamás. Mi infancia fue de alguna manera voraz y recuerdo los colores de la gran diversidad de allá frente al blanco y negro de acá en España cuando regresamos. La televisión además solo tenía dos canales también en blanco y negro. Pero allá había naranjas, cocos, mangos y aguacates y aquí los estupendos y fragantes limoneros y naranjos de nuestras estancias veraniegas en Mallorca, el tranvía que iba de Sóller al Puerto y el Mar Mediterráneo que parecía un hijo emigrante del Mar Caribe, soñoliento y algo perezoso. Por lo menos allí decía papá que no había tiburones, pero sí se veían azafatas a salvo, gracias a Dios. Ahora mi infancia queda muy muy atrás. Es como un velero que se aleja en lontananza. Aquella niña, que miraba los escaparates de las jugueterías solo cuando había que escribir la carta a los Reyes Magos, sin duda sigue aquí. Se sienta a mi lado en mis ratos de lectura y me hace preguntas sobre lo que leo, y me ayuda a pasar página con entusiasmo si a mí me avasalla la apatía de una tarde de otoño o llueve tanto tras el cristal que las gotas de lluvia son iconos de letras que han escapado de mis libros, porque ellas también se cansan de mí. Y yo concluyo, casi suspirando y sorbiendo una humeante taza de té negro, que la infancia es un anhelo de libertad que nos acompaña siempre y que en esta vida hay que saber nadar y guardar la ropa y los libros como tesoros, en lugar tan escondido que ni nosotros mismos los podamos encontrar. La búsqueda nos hace libres y nos tiene entretenidos. Si un día los encontrásemos, ropa y libros, tal vez y solo tal vez nuestra infancia moriría con nosotros. No lo sé.

Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París...