26 de noviembre de 2008

"El río de la muerte"


El río de la muerte trae excrementos y nidos de simios, barcazas de cazadores de chimpancés acudiendo a Kinshasa para vender su carne o comerciar con ella, aguas de cristalino llanto negro de madres que han perdido a sus hijos por una extraña tuberculosis.

El río de la muerte transporta un jeroglífico de siglas Hache Dos O, Hache Dos O, Uve I Hache, Uve I Hache..Los niños escuchan el canto lúgubre de la luctuosa cascada. Los más espabilados entonan una canción infantil,
"Anata, venez voir les tortues qui dansent! Uve i Hache, Uve i Hache !"

Los cánticos infantiles acallan los gritos desesperados de los bonobos y gorilas capturados en las trampas-jaulas de alambre. Las escopetas negras son un furtivo sigilo en medio de la jungla y de la noche, que estampa de miedo los espíritus de los luba.

"Anata, venez voir les tortues qui dansent! Uve i Hache, Uve i Hache"

Los medicamentos prometidos no llegan el día y a la hora convenidos. Los hombres de la aldea se reúnen para decidir quienes se encargarán de adentrarse en la selva pantanosa para irlos a buscar. Se dirigen finalmente los más sanos, jóvenes y fuertes. El sacerdote de la misión es anciano, pero fuerte por su coraje. También les acompaña, guiándoles con rezos, salmos, cánticos místicos que hacen llorar a la comitiva. Hombres negros y un solo varón blanco. Los primeros derraman lágrimas cristalinas, tal vez contaminadas de las mismas siglas que contagian de mortal caudal al río y a sus gentes. El sacerdote hace tiempo que no llora. Se le secó el espíritu cuando el dolor le arrancó el alma, desollada como la piel simiesca, arrancada a tiras por los traficantes.

El capellán recuerda el día en que llegó a la aldea a finales de los cincuenta del pasado siglo. "El pasado siglo. El pasado siglo. Parece que fue ayer.." Gozoso y esperanzado, participaba en las campañas de vacunación oral contra la polio. " La vacuna contenía tejidos de chimpancé. ¡Oh Dios! Siguen negando la evidencia. Y ahora las mismas compañías farmaceúticas nos proporcionan medicamentos para remediar la pandemia por ellas provocada. Y estoy amenazado de muerte si hablo, si digo la verdad. Aunque cuente la verdad, no me creerán, me tomarán por loco. ¡Oh, Dios! La vacuna contra la polio contenía aquellos fatídicos tejidos. Consideran nuestra aldea principal foco de contagio y por eso nos niegan toda ayuda. Se demoran los medicamentos y si no nos acercamos a exigirlos, probablemente no llegasen nunca. Los venderían a precios desorbitados en el mercado negro. ¡Oh Dios mío, si no me ayudas a llevar esta pesada cruz, desfallezco. Soy un pobre anciano de casi ochenta años".

El viejo sacerdote un año más consigue llegar a la frontera, donde el río de la muerte se esconde en lontananza como una serpiente venenosa agazapada. Gracias a su intermediación consiguen los medicamentos gratuitos. Pero cuando la comitiva de hombres negros regresa a la aldea, el más alto y fuerte de todos ellos lleva en brazos el cuerpo inerte del sacerdote. Lo entierran - por deseo expreso del anciano clérigo - en el cementerio junto al sepulcro del "paciente cero", un hombre africano que murió en el cincuenta y nueve, y al que la ciencia considera el primer enfermo constatado de sida. El sacerdote suma probablemente "el paciente treinta millones o más".

19 de noviembre de 2008

"Rabos de lagartija" - Homenaje a Juan Marsé -

Este rabo espantadizo que tengo tiene más vidas que los gatos. Los piratas de Columbrete Grande matan las horas persiguiendo cormoranes moñudos y lagartijas. A los primeros los agarran del pescuezo hasta estrangularlos y a nosotras, las lagartijas, nos cortan el rabo. No consiguen matarnos, no tanto por nuestra destreza en la escapatoria sino porque no se lo proponen con ese fin. Pasatiempo absurdo donde los haya, cortar rabos de lagartija se ha convertido en patente de corso aquí en este islote. No sé si preferir a los bereberes o a sus esclavos. Unos me arrancan la cola y los otros pagan sus desgracias y sufrimientos intentando capturarme para convertirme en su bocado. Esto otro casi lo puedo entender. Los mantienen a pan duro y agua sucia. Le escuché decir a un cautivo que las lagartijas asadas con sal y pimienta son exquisito alimento para acallar los gritos del hambre. No me he visto aún en ese lance y las que lo conocieron no regresaron para contarlo.
Por aquí ha pasado hace unas semanas “El Manco de Lepanto” a bordo de la galera Sol, poco antes de ser capturado por los turcos en Palamós. Tuvo suerte en Columbrete Grande. No había moros en la costa. Se libró por los pelos. Los bereberes se ausentaron unos días con los cautivos. Pensamos que podríamos respirar tranquilos cormoranes moñudos y lagartijas, pero Noooo. Rodrigo, el hermano de El Manco me cortó el rabo con la saeta de su ballesta. Primero lo intentó con el madero de un arcabuz. El Manco le espetó: “¡Pero qué bestia eres hermano!¿Qué adelantas con esa distracción? Mas te valdría entretener tu tiempo en recitar romances.” Lamenté que El Manco no se quedara en la isla para defendernos de bereberes, cautivos, españoles y desaprensivos en general. Cuando recibí la noticia de su cautiverio, derramé cuatro lágrimas más de salamanquesa que de cocodrilo. Lo lamenté, en serio. Aquel tipo me cayó simpático. Pero el respiro duró bien poco. Aquí tenemos el peñasco otra vez invadido de corsarios y piratas. Esta vez los moriscos han traído argelinos y tunecinos y sus galeras rebosan de oro y alhajas de un suculento botín robado a la orden de los Mercedarios. Los mercedarios prestan votos de obediencia, pobreza, castidad y a “estar dispuestos a entregarse como rehenes y dar la vida, si fuese necesario, por el cautivo en peligro de perder su fe”. A estos cuatro votos debieran añadir el de “la prohibición de cortar rabos de lagartija”, porque, ¡hay que ver como les place a estos cautivos torturarnos!¡Más que a los sarracenos, si cabe!” Presumen de redentores. Se atribuyen centenares de redenciones y miles de redimidos. A algunos les gustaría alcanzar la condición de mártires y santos, como lo llegaron a ser San Serapio y San Ramón Nonato. Pero yo, desde mi corta capacidad de entendimiento, me pregunto:

- Si existe Dios, ¿por qué no muestra clemencia y aplica salvación a los rabos de lagartija?

9 de noviembre de 2008

"Existo"

Dile a tu hijo que deje de recoger trocitos de hojas secas como si quisiese acaparar el otoño en esa maldita bolsa de plástico. Dile que deje al otoño estar donde está: hojas marchitas dormitando en el suelo el sueño del invierno.

Y ahora deja de contemplarle como si no hubiese otro ser en el mundo. Levanta la vista. Estoy aqui. Existo. Respiro. No es que me muera por tus huesos. Son los míos que están a punto de quebrar, como la tiza aquella que partíamos en dos en el recreo del colegio y la compartíamos a la hora de pintarrajear corazones flechados en los tronco de los almendros en flor. Aquellos troncos que trepaban hacia las hojas oblongas, las flores blancas, las rosadas para conducirnos irremediablemente hasta las almendras amargas. Las mías, cuando menos siempre lo fueron. Tú decías que no probabas aquellos frutos, amarrada yo a tu cintura, porque los vendían en la tienda de los frutos secos, mejores, limpios, a granel metidos en una bolsa. Siempre has preferido la aventura envasada.

Sé que no tengo aquellos ojos que brillaban con la ilusión del amor florido. Es una cursilada después de tantos años que la mirada destelle ráfagas de pasión contenida. Son más bien mis pupilas - después de todos estos años - como dos agujeros negros del declive, por cuya barandilla te podrías deslizar hasta encontrarte conmigo en el rellano del desamparo. Ahí se instaló mi espíritu hace ya bastante tiempo. Mi alma se aventuró dos pisos más abajo y tal vez si te dignases a hacer ese esfuerzo por mí, pudieras toparte con ella en el sótano de tu soledad y la mía, que juntas suman todo el peso intolerable de la nuestra. Te adivino, sí, tan solo como lo estoy yo. Los celos se disiparon, porque además de estorbar, descubrí pronto que eran injustificados. Tú y yo navegando solos en la embarcación del desamor hacia una deriva de anhelos perdidos.

Creo que tus labios sellados se muestran incapaces de pronunciar mi nombre. Temes tal vez que te diga, cansina, aquellos "te quiero, te quiero,.." que se fueron enhebrando hasta el colmo de un hartazgo ahíto. ¡Qué empacho el tuyo de oírmelo decir! ¡Harta de que no me lo hayas dicho nunca, quizá es que nadie te enseñó los cómo, los porqués de estos artículos de primera necesidad que debieran surtir cualquier despensa familiar! Un tarro de "Tequiero" ASI DE GRANDE mi madre siempre lo tuvo cerca, para rescatarnos sin precisar tiritas, de cualquier herida. Tú a nuestros hijos les pegas cuatro gritos, les das una azotaina y vamos todos servidos.
Me distancio en esos momentos, me mantengo ahí al margen, no sea que me lluevan dos bofetadas. ¡Ya pudieran ser dos besos! Te costaría el mismo empeño, me parece.

Aqui estoy, siempre junto a ti, a tu lado, para lo bueno, para lo malo. Esperando que despiertes. Me pareces como un mineral dormido, una piedra fría que alguien o algo en un momento dado puede arrojar al cauce de un río. A veces me contemplo como la portadora de esa mano que toma esa piedra y la acaricia. Hay un tacto metálico, pero también quiero ver al pedernal en cualquier inopinado momento dando chispas herido por el eslabón de hierro acerado. Es entonces cuando las bofetadas te las daría yo o los besos o no sé. En esos casos se nos desata una pasión desbocada, desesperada. No es amor. Es más bien como un odio que pretende hacer añicos nuestra historia personal para comenzar de nuevo. Una nueva oportunidad de que todo arranque desde aquel almendro en flor por cuyo tronco trepábamos con las tizas rotas en una mano y pintábamos corazones flechados "Antonio ama a María. María también te ama".

Dile a tu hijo que deje de recoger trocitos de hojas secas como si quisiese acaparar el otoño en esa maldita bolsa de plástico. Dile que deje al otoño estar donde está: hojas marchitas dormitando en el suelo el sueño del invierno.

Estoy aqui. Existo. Respiro. Te amo. Siempre. No me hagas preguntas torpes. Te amo. Ámame tú de una puñetera vez.

8 de noviembre de 2008

"Astrid"

Me enamoré de un rostro que contemplé expuesto en una exhibición temporal fotográfica del Museo Metropolitano de Manhattan de la colección personal de un amigo mío. Le llamé al móvil desde la propia cafetería del Met para intimidarle con una batería de preguntas, quién es ella, dónde vive, a qué se dedica...Todas esas preguntas banales cuyas respuestas dicen mucho sobre el perfil de una persona, pero en realidad no sabes nada de ella si se te acerca, se te planta enfrente.
Me respondió, el muy hijo de su puñetera familia, que las respuestas tendría que averiguarlas por mi mismo. Si daba con su paradero, vereda libre para el pasto trashumante. ¡La cosa se ponía bucólica! Le pedí que cuando menos me diera alguna pista con la que comenzar. “Es una prima lejana mía” me espetó.
De libérrima, esparcida y casi ignota familia, no encontré huella ni rastro sobre los que pisar. Me presenté en los eventos que organizó mi amigo, sus fiestas y quedadas en los lugares más dispares de NY. Llevaba impresa, más que en mis retinas en el archivo fotográfico de mi móvil, la cara preciosa de aquella bella mujer. Tomar la foto de la foto expuesta en la sala del museo, me costó la reprimenda de un vigilante negro. Pensé si ya se ha materializado “su guardaespaldas”, será cuestión de insistir: pronto la encontraré. Pregunté ingenuamente al vigilante si la conocía. El me respondió con un gesto negro que “no” y antes de que arramblara con mi móvil para hacerlo añicos nigérrimos, puse pies en polvorosa de allí, llevando conmigo a buen recaudo la fotografía que acababa de robar, - que a todo lo llaman robo y apropiación indebida, ¡total por una simple foto que no significaba nada para aquel “tiarrón”, hijo de la negrura- ¡A punto estuvo de velar el archivo con su mera presencia! – Para mi lo significaba todo. Sí, es cierto, tenía muchas obligaciones que acometer, muchas responsabilidades que atender, pero la búsqueda de “la prima” se convirtió en la primera prioridad en el orden del día y de las cosas, de las mías y de las ajenas. En definitiva, que el entorno me recriminaba los atolondramientos y desvaríos que propician estos flechazos no correspondidos. “Estás como ido” aseguraban los más francos. “Puede” les respondía sin inventar excusas ni dar mayores explicaciones.
La misión de encontrarla, dar con su paradero y conquistarla, he de confesar que fue, ha sido y será –seguramente- lo más divertido que he acometido en mi vida. Por ella llamé a puertas no imaginables. Conocí a personas muy interesantes, que me reportaron vivencias no comparables con nada de lo experimentado hasta entonces. La familia de mi amigo está salpicada de artistas y gente excéntrica. Ella era,.. es.. distinta. Alguien muy normal y corriente. Muy parecida a mi en lo convencional, peculiar en sus manías y detalles. Rematadamente hermosa. Me lo sigue pareciendo. El retrato fotográfico le hacía justicia y por fin la tenía ante mi en carne y hueso. La encontré en una tienda de antigüedades atendiendo a la clientela con exquisita elegancia. Su larga melena, recogida en una trenza, caía sobre su hombro como una cuerda dorada, que entonces se me antojó gruesa, resistente, flexible, tanto como para suspenderme de ella y no soltarla jamás. Pero, ¡ay, amigo! Aquello fue como arriesgarse a hacer acrobacias en una cuerda floja, floja. Ahora contemplo esa cuerda y sólo me entran ganas imperiosas de huir. Aquí está sorbiendo una taza de té frío, gélida como una colección de témpanos expuesta en un parque temático del hielo. Su nombre lo dice todo, Astrid. Es mi esposa. Mi amigo se ha convertido en primo lejano, lejano. Se distanció él. Se distanciaron todos con esta mujer cuyo encuentro propicié. ¡Y ahora quiere tener tempanitos! Tú ya me entiendes, amigo.

5 de noviembre de 2008

VIVA OBAMA...AMERICANOS OS RECIBIMOS CON ALEGRÍA...VIVA OBAMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA ...YO CREO EN OBAMA, YO CREO SI CREOO!!!







"Los yanquis han venido,
olé salero, con mil regalos,
y a las niñas bonitas
van a obsequiarlas con aeroplanos,
con aeroplanos de chorro libre
que corta el aire,
y también rascacielos, bien conservaos
en frigidaire ."
ESTRIBILLO

"Americanos,
vienen a España
guapos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi mare,
olé mi suegra y
olé mi tía."
"El Plan Marshall nos llega
del extranjero pa nuestro avío,
y con tantos parneses
va a echar buen pelo
Villar del Río.
Traerán divisas pá quien toree
mejor corría,
y medias y camisas
pá las mositas más presumías."

4 de noviembre de 2008




"Nocturno en do sostenido menor -lento con gran espressione -

Aquella mañana las palomas desayunaban colillas y cáscaras de pipas a la entrada del cementerio parisino de Père Lachaise, cuando Aurore traspasó la verja para visitar la tumba de Frédéric. "Dirán los maldicientes que todos esos cigarrillos me los fumé yo. Blasfemarán -aunque deteste las pipas de girasol - que esos restos de semillas también los he devorado a la misma puerta del cementerio en flagrante falta de respeto por los santos lugares de reposo y vida eterna. Se han dicho tantas mentiras sobre mí, que a veces dudo si algunas de esas patrañas realmente las cometí mientras dormía, disfrazada con la máscara de los sueños, yo que siempre he recurrido al disfraz."
Aurore ha elegido para la ocasión un precioso vestido femenino negro, de tul de seda, entallado por un cinturón, que muestra un broche ovalado. El broche nacarado luce inscrita la letra "C". "¡El vestido que tanto te gustaba, mi amado Frédéric!¡ Y yo te lo negaba, horror de mujer! Sé que pasabas mucha vergüenza, gran oprobio, cuando me presentaba ante tus amigos,...nUEstROs amigos Franz, Eugène, Heinrich, Victor, Honoré, Julio, Gustave...con aquella mi fantoche indumentaria masculina. Nunca entendiste que no pretendía ser como vosotros, no quería ser hombre como vosotros. Quería, quería, anhelaba, deseaba...¿Qué crees tú que pretendía con aquella muestra de rebeldía ridícula? ¿Pensabas que mi mayor aspiración era ridiculizarte a ti, hacerte el mayor daño posible? ¡Cuánto dolor se me engarza, como este broche en mi cintura, en la misma diana de mi espíritu débil, cansado, triste porque te llegó la prematura muerte sin entender nada de mi turbulenta personalidad, nada de mi extraña manera de comportarme, nada de mi! Y sin embargo yo creo saberlo todo de ti. Hurgué en tus heridas no para hacerte daño, abrirlas y mostrarlas al mundo, sino porque te amé más de lo que tú alcanzaste a comprender nunca. Tú nunca me amaste, mi querida niña. ¿Recuerdas? Te llamé "niña" la primera vez que te vi, cuando fuimos presentados en aquella tediosa velada de la condesa d´Agoult y tú dudaste de mi feminidad, refinado dandi, amado mío. Te llamaba cariñosamente "niña", nunca lo entendiste, porque capté en ti la esencia femenina que tantos y tantos hombres ocultan, asfixian, matan. Tú, amado mío, te asomaste al abismo de mi alma y viste la parte masculina que anida en toda mujer. No te gustó, porque en realidad tú fuiste siempre un hombre del futuro, un hombre que debiera renacer una y otra vez como obsequio primoroso para la posteridad. Yaces ahí en esta preciosa tumba del frío mármol y nadie en su sano juicio, en sus cabales, puede creer que un hombre como tú no pueda resucitar como esperanza para todas las mujeres del mundo, las que nacerán en un futuro tal vez remoto, quizás cercano -cualquiera sabe - . El legado de tu música me lo susurra todas las noches cuando Franz interpreta al piano para mi y sólo para mi tus Nocturnos. Me fascinan en especial los que compusiste en "do sostenido menor". Pero no he venido hasta aquí para soltarte otro de mis insoportables soliloquios. Siempre pedante, vanidosa a tus ojos, tus silencios me llenaban de reproches. Pero te amaba, te amé, te sigo amando. He viajado hasta aqui durante la noche desde Nohant y me siento fatigada, no por este viaje. Es el viaje de la vida lo que aburre y cansa, amado mío. Añoro tu melancolía, tu fragilidad, el compás de tus silencios...."

Aurore abre una pequeña valija que traía consigo. Saca aquellas prendas masculinas que le sirvieron de disfraz masculino durante la dorada juventud. Las deposita al pie de la tumba del amado con un ramo de orquídeas blancas, que traía engarzadas en su larga melena canosa recogida en un moño desaliñado y bello. Deja una nota en el bolsillo del pantalón que reza ""Dios pone el placer tan cerca del dolor que a veces lloramos de alegría." Firmado. George Sand, el día que murió como hombre y resucitó como mujer dispuesta a recibir el beso de la muerte.

Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París...