4 de noviembre de 2008

"Nocturno en do sostenido menor -lento con gran espressione -

Aquella mañana las palomas desayunaban colillas y cáscaras de pipas a la entrada del cementerio parisino de Père Lachaise, cuando Aurore traspasó la verja para visitar la tumba de Frédéric. "Dirán los maldicientes que todos esos cigarrillos me los fumé yo. Blasfemarán -aunque deteste las pipas de girasol - que esos restos de semillas también los he devorado a la misma puerta del cementerio en flagrante falta de respeto por los santos lugares de reposo y vida eterna. Se han dicho tantas mentiras sobre mí, que a veces dudo si algunas de esas patrañas realmente las cometí mientras dormía, disfrazada con la máscara de los sueños, yo que siempre he recurrido al disfraz."
Aurore ha elegido para la ocasión un precioso vestido femenino negro, de tul de seda, entallado por un cinturón, que muestra un broche ovalado. El broche nacarado luce inscrita la letra "C". "¡El vestido que tanto te gustaba, mi amado Frédéric!¡ Y yo te lo negaba, horror de mujer! Sé que pasabas mucha vergüenza, gran oprobio, cuando me presentaba ante tus amigos,...nUEstROs amigos Franz, Eugène, Heinrich, Victor, Honoré, Julio, Gustave...con aquella mi fantoche indumentaria masculina. Nunca entendiste que no pretendía ser como vosotros, no quería ser hombre como vosotros. Quería, quería, anhelaba, deseaba...¿Qué crees tú que pretendía con aquella muestra de rebeldía ridícula? ¿Pensabas que mi mayor aspiración era ridiculizarte a ti, hacerte el mayor daño posible? ¡Cuánto dolor se me engarza, como este broche en mi cintura, en la misma diana de mi espíritu débil, cansado, triste porque te llegó la prematura muerte sin entender nada de mi turbulenta personalidad, nada de mi extraña manera de comportarme, nada de mi! Y sin embargo yo creo saberlo todo de ti. Hurgué en tus heridas no para hacerte daño, abrirlas y mostrarlas al mundo, sino porque te amé más de lo que tú alcanzaste a comprender nunca. Tú nunca me amaste, mi querida niña. ¿Recuerdas? Te llamé "niña" la primera vez que te vi, cuando fuimos presentados en aquella tediosa velada de la condesa d´Agoult y tú dudaste de mi feminidad, refinado dandi, amado mío. Te llamaba cariñosamente "niña", nunca lo entendiste, porque capté en ti la esencia femenina que tantos y tantos hombres ocultan, asfixian, matan. Tú, amado mío, te asomaste al abismo de mi alma y viste la parte masculina que anida en toda mujer. No te gustó, porque en realidad tú fuiste siempre un hombre del futuro, un hombre que debiera renacer una y otra vez como obsequio primoroso para la posteridad. Yaces ahí en esta preciosa tumba del frío mármol y nadie en su sano juicio, en sus cabales, puede creer que un hombre como tú no pueda resucitar como esperanza para todas las mujeres del mundo, las que nacerán en un futuro tal vez remoto, quizás cercano -cualquiera sabe - . El legado de tu música me lo susurra todas las noches cuando Franz interpreta al piano para mi y sólo para mi tus Nocturnos. Me fascinan en especial los que compusiste en "do sostenido menor". Pero no he venido hasta aquí para soltarte otro de mis insoportables soliloquios. Siempre pedante, vanidosa a tus ojos, tus silencios me llenaban de reproches. Pero te amaba, te amé, te sigo amando. He viajado hasta aqui durante la noche desde Nohant y me siento fatigada, no por este viaje. Es el viaje de la vida lo que aburre y cansa, amado mío. Añoro tu melancolía, tu fragilidad, el compás de tus silencios...."

Aurore abre una pequeña valija que traía consigo. Saca aquellas prendas masculinas que le sirvieron de disfraz masculino durante la dorada juventud. Las deposita al pie de la tumba del amado con un ramo de orquídeas blancas, que traía engarzadas en su larga melena canosa recogida en un moño desaliñado y bello. Deja una nota en el bolsillo del pantalón que reza ""Dios pone el placer tan cerca del dolor que a veces lloramos de alegría." Firmado. George Sand, el día que murió como hombre y resucitó como mujer dispuesta a recibir el beso de la muerte.

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