26 de julio de 2007

"El laberinto de Borges"

El amor, decididamente, es un jodido laberinto y agradezco esta ocasión que me brindas, amiga, para explayarme sobre esta idea que me viene rondando desde hace mucho tiempo.

El amor es un Laberinto Barroco, del tipo "Mazes". Ofrece múltiples caminos alternativos que se diluyen en vías muertas, en finales sin salida posible, aunque todos sabemos de antemano que posee una sola vía correcta para salir de él. Lo sabemos pero fingimos desconocerlo, porque es preferible vivir, correteando como un ratón, atrapados en una estructura arbórea imaginaria, levantando árboles de ramificaciones infinitas a nuestro paso, que no nos dejen vislumbrar el bosque de nuestros verdaderos anhelos y pasiones. El amor, esa única pasión central univiaria, engulle como un colosal dragón todas nuestras fantasías, sueños, desafíos existenciales..Lo engulle todo. Todo lo arrasa para reducirnos y aplastarnos.

El amor es, decididamente, un jodido laberinto que alberga en sus entrañas un temible Minotauro. Todos nos creemos héroes y cual Teseo nos adentramos en sus inextricables veredas y pasillos pensando, ingenuos, que la tenue huella de hilo que dejamos tras nuestros decididos pasos, nos salvará..Pero todos, sin excepción perecemos en las garras de ese fabuloso ser, medio hombre, medio toro, porque el amor nació para crear la eterna infelicidad del ser humano.

Sí, decididamente, el amor es un jodido laberinto, y aunque bailemos una preciosa danza erótica en su honor, el demonio de la muerte siempre, siempre nos acecha para tendernos una trampa mortal y decisiva.

Pero debemos convenir que los laberintos son de aquitectura bella, sinuosa y cautivadora. El amor no escapa a estas preciosas cualidades. Sus formas invitan a trazar coreografías y a componer danzas rituales de seducción. Sí, decididamente, el amor es un jodido laberinto, bello y hermoso como un sol teocéntrico que tiende sus rayos luminosos para brindarnos calor y abrasar nuestro espíritu con inflamadas pasiones. Adentrarse en este laberinto, ¿quién puede eludir una tentación semejante?

He soñado que en medio del mar, las olas agitaban la estatua de bronce de un gigantesco Minotauro. Nadaba hasta él y cabalgaba a su grupa adentrándome en el mar hacia el horizonte azul y claro como un cielo de mediodía. Al despertar entendí que sólo el mar, la mar puede paliar la angustia vital que nos empuja a adentrarnos en intrincados laberintos que enredan nuestras pasiones como una madeja de hilo sin cuenda. El mar, la mar, sólo la mar, el mar. Creéme, amiga, no hay nada más, porque el amor es, decididamente, un jodido laberinto, un laberinto, por cierto, circular.

¡Arroja, amiga mía, tus pasiones al mar. El mar, la mar!

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