"El reloj de campana"


El consistorio autorizó que en la Torre del reloj de la aldea se instalase junto a la campana, una sirena que se se hiciera sonar a las horas de apertura de fábricas y comercios. Con esta sirena se podría también avisar en caso de incendio a la dotación de bomberos y alertar a los vecinos para que colaborasen, llegado el caso, con cubos, palanganas y cántaros de agua. La campana horaria seguiría como siempre marcando las horas de los rezos y señalando el ritmo de trabajo.

Entre los vecinos del lugar surgieron tres facciones, a saber, los partidarios de la campana, los defensores de la sirena y los que reivindicaban silencio.

Tomás padecía trastornos de parestesia que le procuraban un sentido del oído exacerbado y paranormal. Aseguraba que el tañido de la campana y el pito de la sirena le enloquecían y le sacaban de quicio, de tal manera que si alguien no remediaba aquella insostenible situación de grave interferencia sonora, él mismo tomaría cartas en el asunto.

La facción de los campaneros la integraban frailes, monjas, agricultores y personas respetuosas con las tradiciones. Comerciantes y empleados de las fábricas defendían, a capa y espada, el uso y abuso de la sirena, porque aducían que el pitido se oía a mucha distancia y no todos contaban con el privilegio de despertar con el canto del gallo o por el repicar de la campana, situada en la Torre del reloj en la plaza consistorial junto a la casa de la villa. Los partidarios de imponer silencio en la rutina diaria de las gentes del pueblo eran los menos: jubilados, amas de casa, los enfermos, los ociosos, los desocupados y por descontado Tomás, un hombre cuarentón, soltero, solitario que se dedicaba a sacar adelante, perseverante, su humilde taller de esparto, fabricando, con sus rugosas manos, sogas, esteras, tripe para la confección de alfombras y suelas de alpargata. Su casa taller se encontraba situada en la calle Amargura, haciendo esquina con la Plaza del Pueblo. La Torre del reloj se erguía, cual molino o gigante quijotescos, ensoberbeciendo y agriando el carácter de Tomás cada día más y más.

Un día los nervios de Tomás restallaron, como el látigo sacudido en el aire por una mano violenta, y fuera de sí, de madrugada, salió de su casa, semidesnudo, ensopado en sudor y maldiciendo el calor canicular de agosto, que unido al tañer de sirena y al zumbido de campana, lo habían vuelto completamente loco. Se sentía dispuesto a todo, a arramblar con pitos, bocinas, flautos y flautas, pitos flautos o cualquier otro devaneo, delirio, desatino o desconcierto ruidoso y sonoro. Si en ese momento se cruza con un gallo, lo estrangula. Por fortuna, nadie se cruzó en su camino. Solo llegó a la desierta plaza de la villa y solito subió a la Torre del reloj.
Arrancó de cuajo la sirena como quien arranca de raíz un árbol sano y vivo, y la tiró por la ventana de la torre. Embistió contra la campana y aunque ésta se le resistía y parecía empresa imposible, tras media hora de forcejeo consiguió derrotarla y vencerla. La campana pesaba lo indecible, pero Tomás, más fuerte y recio que un roble, consiguió llevarla en volandas de la torre a la plaza, de la plaza a las afueras del pueblo y de ahí a una ladera, cuyo declive le pareció perfecto a Tomás para deshacerse de la campana y de todo lo que aquel artefacto del demonio acarreaba.

Desde la cima del collado contemplaba, satisfecho y extasiado, la caída de la campana por la ladera, como un Hércules arrojando al toro de Creta de la leyenda minoica por las laderas de Maratón.

Al despuntar la mañana, los agricultores y empleados de las fábricas llegaron tarde a sus puestos de faena y trabajo porque ni siquiera les despertó el tercer canto del gallo. Todos se preguntaban en el pueblo quiénes habían destrozado el campanario y la sirena. Sí, he dicho bien, quiénes, ya que daban por sentado que aquel acto vandálico no podía ser obra de un solo hombre.

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