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"Paul Garbo y el ánfora desvencijada"

Aquel día por causa del viento llovieron del tejado ruinoso unas cuantas ánforas de cerámica ornamental desvencijada que llevaban años amenazando con caer de un precioso, pero abandonado edificio de viviendas deshabitadas.

Quiso el fatal destino que Paul Garbo pasase por ahi y que una de aquellas ánforas, adornada con uvas y volutas jónicas, le descalabrara y pusiese fin a sus días en este valle de descalabros, infortunios, daños, pérdidas y algún que otro regocijo esporádico. Justo momentos antes su cuerpo, ahora yacente en la fría fosa del asfalto urbano, retozaba gozoso en el lecho de Amanda, una furtiva prostituta travestí de un burdel clandestino del octavo piso de un edificio ignoto, que presumía de "estrenar coño". "Me han operado en Tailandia, en Bangkok. De paso me hice poner unas prótesis de glúteos y silicona en los pechos para poder estrenar los cuarenta pares de sujetadores que tenía guardados en el cajón de la talla 95 C esperando el gran momento. Me siento feliz. Lo he pasado un poco mal, pero ha merecido la pena". Paul Garbo contemplaba extasiado la obra de los cirujanos plásticos tailandeses y comentaba que no encontraba diferencia alguna entre un "coño natural y uno postizo. La verdad, lo he pasado como nunca contigo. Te cotizas un poco cara para mi precaria economía, pero en cuanto pueda vuelvo, Amanda". Se despidieron como si se fuesen a volver a ver muy pronto. Como suelen despedir todas las prostitutas del mundo a sus clientes, aunque nunca más vuelvan a saber de ellos.

Paul Garbo entró en la cafetería de la esquina de la calle en la que le aguardaba su destino. Tomó un café endulzado con dos sobres de azúcar. "Un día es un día. ¡Si se me dispara el índice de glucemia, a jorobarse y ya está! Presiento que hoy es mi día de suerte!Todo me está saliendo redondo! He recibido la dichosa carta que tanto he esperado, concediéndome la pensión vitalicia por enfermedad. Mi hijo me ha mandado una postal navideña.Amanda ha estado sublime conmigo. Ahora sería estupendo llegar a casa y recibir una llamada de Olga pidiéndome que nos diésemos una segunda oportunidad. También sería genial que mi casero me perdonase los cuatro meses de alquiler que le debo..". En un televisor de la cafetería un avance informativo advierte que se prevéen en las próximas horas y días, fuertes ráfagas de viento máximo sostenido de escala cinco. Paul no teme al viento ni a las inclemencias de ningún tipo. "Será cuestión de abrigarse más y pagar mayor factura de calefacción" le comenta risueño al camarero.

Paul Garbo yace en la acera muerto. Su espíritu contempla la herida abierta en el cráneo y el ánfora rota en pedazos junto a él. "De pequeño siempre que veía un ánfora en alguna parte sentía curiosidad por ver qué contenía en su interior y ahora caigo en la cuenta de que tal vez el ánfora es un objeto meramente decorativo y vacío."

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