"Indira"


Indira era una vaca de pedigrí variopinto - charolesa francesa, chionina italiana, brahma hindú -pero de casta irreconocible por el blanco impoluto de su piel sin tacha.
Indira creció entre algodones cual venerada diosa de la miseria y la podredumbre entre niños famélicos, mujeres ascéticas y varones endogámicos a orillas de un recodo del río Hooqhly, olvidado y perdido en el ombligo de su historia.
Indira era una vaca escuálida como todas las vacas veneradas de Calcuta, pero su origen europeo por parte de madre le conferían una dignidad y un porte diferente y distinguido que la hacía destacar sobre las demás vacas del lugar. Además, Indira parecía conocedora de esta distinción y paseaba sus ínfulas infundadas cual damisela de la corte de los reyes sin palacio ni corte.
Indira paralizaba la vida a su paso. Si se detenía a descansar en medio de la calzada polvorienta de la aldea, - única vía de tránsito de vehículos a motor y bicicletas, única salida y entrada, única capacidad de escapatoria para regresar siempre de la aldea del destierro a la aldea del exilio -, si se detenía a descansar, decíamos, vehículos y peatones se detenían con ella cual estatuas de sal hasta que a la vaca Indira le diera la real gana. Sus recesos podían durar minutos, horas o una dilatada jornada de sol a sol. Tumbada sobre su anatomía calavérica contemplaba exultante como se paraba la vida a su alrededor, importándole un bledo que la tierra dejase de girar en torno al sol por su causa.
Indira daba leche, muy mala leche, dicho sea desde todos los sentidos e interpretaciones posibles. Se dejaba ordeñar por su amo y alimentaba cuatro bocas y dos estómagos flatulentos dos veces al día.
Indira era muy querida y a la vez odiada en la aldea con esa mezcla de aversión o repulsión y al propio tiempo fatal atracción que ejercen sobre los demás los seres que se erigen en líderes de algo en las sociedades de cualquier parte.

Un día llegaron forasteros a la aldea, un grupo de sacerdotes y monjas misioneros deseosos de extender la obra por la región. Se presentaron sin previo aviso y a velocidad desmedida en cuatro vehículos todoterrenos. No se percataron que Indira dormía plácidamente a la entrada, sola en esta ocasión, sin acólitos veneradores que paralizasen su existencia en torno a su caprichosa y veleta voluntad. Cuentan los aldeanos que Indira no sufrió y aún ahora corre la leyenda de que ni siquiera las hermanas de La Madre Teresa han osado desde aquel día llevar su obra evangelizadora y altruista por aquellos lares. Indira sigue siendo venerada. Una pequeña talla de una vaca tumbada sobre su escuálida osamenta preside el santuario de la aldea en un remanso del río Hooqhly.

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