8 de julio de 2007

"La clarividencia de Yoved"



El fuego no se conquista. Él te cautiva a ti. Eso al menos pensó Yoved, aquel maravilloso atardecer de otoño en que un árbol comenzó arder ante si por la acción de un temible rayo. No daba crédito a lo que contemplaban sus ojos vivos y oscuros como los de un águila avizor. Aquellos ojos acostumbrados a ver en la noche más fría y oscura, el perfil del enemigo, las huellas de lo innombrable, las sombras de los espíritus guías. La Gran Diosa Luna y sus hijas Las Estrellas les eran propicias a Yoved y al clan de su tribu. ¡Alabado El Gran Padre Cielo que consentía a su amada la generosidad de su estirpe! Pensó Yoved que La hija del Sol había tocado con su mano la copa de aquella frondosa encina. Pênsó que la luz y el calor que desprendía eran la propia calidez benefactora de la Madre de la Noche. Pensó que si no vencía el miedo, La Gran Diosa les abandonaría allí mismo a él y a los suyos y tal vez ya no regresara jamás, tan puntual como era a su cita tomando el relevo a su Padre El Gran Dios de los Mil Ojos Azules. Yoved respiró hondo y tragó saliva. Cogió una rama incandescente desprendida de la ígnea encina y se apartó rápidamente del árbol. Corrió con la tea encendida hasta la cueva en la que entretenían las últimas horas de luz sus compañeros de clan. Cuando le vieron aparecer, todos pensaron que Yoved había sido tocado por la gracia de algún dios porque la cueva se iluminó y sus rostros parecían ráfagas de sol agitadas por el viento.
El rostro de Yoved se iluminó con una amplia sonrisa y todos prorrumpieron una enorme carcajada de regocijo que se transmutó en un implacable silencio de estupor e incredulidad cuando contemplaron que lentamente el cuerpo de Yoved se consumía por el fuego. Yoved se convirtió en una antorcha humana sin abandonar la sonrisa de su rostro. Así vivió su larga vida de cuarenta y dos años, dando calor y protección a los suyos. Con él aprendieron a preparar nuevos alimentos, a fabricar nuevos utensilios y a fundir metales. Con el fuego de Yoved, pudieron alargar la jornada con chanzas y juegos hasta en las noches más cerradas en las que ni una sola estrella alumbraba el firmamento. Pudieron ahuyentar a las temibles fieras y espantar sus propios miedos interiores porque con el fuego de Yoved una llama prendió en el corazón de cada uno que ya no se extinguió jamás.

Cuando el espíritu de Yoved abandonó su cuerpo -siempre incandescente- , todos pudieron contemplar asombrados y agradecidos como áquel se elevaba cual estrella fugaz hacia La Gran Diosa Luna para fundirse con ella en un precioso abrazo eterno. Todos sabemos lo que sucedió después y a continuación de la despedida de Yoved.

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