"Un lunar en el sol"



El martes ocho de julio a las siete de la mañana Gerardo salió de su casa en bici y a las siete y cuarto ya se encontraba en La Rosaleda del Parque del Buen Retiro sentado en el sillín con un pequeño refractor astronómico entre sus manos. Sobre los setos recortados de arizónica vió como decididamente asomaba la silueta de Rosa, una joven morena de larga cabellera recogida en una coleta que se deslizaba sobre unos patines. Al coincidir uno frente al otro, se saludaron con un "Buenos Días" apenas audible. Ambos eran muy tímidos y reservados.
Permanecieron unos minutos en silencio. Rosa, intimidada por la presencia de Gerardo, pensó que tal vez era mejor buscar otra ubicación. Si se daba prisa podría contemplar el fenómeno astronómico desde la Casita del Pescador o desde la Fuente del Angel Caído. Gerardo, adivinando la suspicacia, se apresuró a decir, "Me parece que los dos estamos aquí para lo mismo. ¿Vienes a contemplar el tránsito de Venus?" Rosa asintió con la cabeza. Renglón seguido, Gerardo le explicó que mirar el fenómeno directamente suponía el riesgo de sufrir quemaduras en la retina y padecer ceguera irreversible. Rosa comentó que había escuchado por la radio la noticia de pasada y que desconocía que hiciesen falta gafas especiales para filtrar la radiación ultravioleta, la luz visible y la infrarroja. Repitió la frase tal cual la había pronunciado Gerardo para no parecer aún más ignorante.
Gerardo le mostró cómo hacerlo dirigiendo su mirada hacia el sol, protegiendo la vista con el refractor que hacía incidir la luz sobre un cartón. "¡Qué maravilla! ¡Al sol le ha salido un lunar! ¡Mira! ¡Contémplalo con tus propios ojos! ¡Ese lunar es Venus!" . Rosa sólo atinó a decir "¡Vaya!¡Venus, el planeta del amor!" "Desde Mil Ochocientos Ochenta y Dos no ocurría esto. Es decir, que ninguna persona viva, hasta hoy, lo ha podido presenciar. Dentro de ocho años se volverá a producir el tránsito porque siempre se dan dos tránsitos cercanos en el tiempo y luego pasa más de un siglo hasta que se repite"

Rosa y Gerardo permanecieron en La Rosaleda hasta las ocho. Contemplaron el contacto exterior e interior de entrada del tránsito de Venus y decidieron desayunar juntos un buen tazón de chocolate a la taza con churros. Desde ese momento ya no se separaron. A las trece horas y cinco minutos sellaron el contacto interior de salida con un beso. A las trece y veinticinco hicieron el amor detrás de un Castaño de Indias mientras se producía el contacto exterior de salida del planeta del Amor.


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