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"Manu"

Los que saben con certeza que van a morir, se convierten en ángeles para los demás.

No es preciso que un médico diagnostique una enfermedad mortal, basta con tener la certeza de que uno va a morir para sentir dentro de sí una transformación, un pálpito, una predisposición a olvidarse de sí, un desapego de egolatrías y narcisimos, un afán de ayudar y amar al prójimo por encima de uno mismo.

Los ángeles no suelen tener la apariencia, la presencia de Natassia Kinski, en el papel de ángel alado en "Tan lejos, tan cerca" de Wim Wenders. Son más parecidos a todos nosotros, el común de los mortales.

Sarah conoció un ángel torpe y gordinflón al que le apasionaban los relojes. Sarah llevaba en el bolsillo un reloj de su madre con la correa rota. Lo tenía que haber llevado por la mañana al relojero para cambiarle la correa, pero se le olvidó. Con las malditas prisas, el reloj lo perdió por la calle, en concreto en la calle Arenal muy cerquita de la puerta del Sol.

Menos mal que un ángel pasaba por allí. Un ángel muy alto y muy grueso, como un cupido de Rubens a punto de explotar bondades de colesterol y nubes de algodón de azúcar. A este ángel, ningún reloj le pasaba desapercibido porque los coleccionaba de todos los tamaños, esferas y colores. Vió el reloj con la correa rota tirado en el suelo que marcaba con sus frágiles manecillas tres minutos más que el reloj de la Puerta del Sol. Lo recogió del suelo y no pudo resistir la tentación de ajustarle la hora. "Así mucho mejor" - suspiró aliviado. "Si todos los relojes guardasen una sintonía, pulsasen sus latidos al unísono, habría esperanzas para la humanidad desconsolada" - se decía a si mismo convencido de estar en lo cierto. Los relojes marcaban el pulso de la vida. "Cuando un reloj se para en alguna muñeca, en alguna casa, algo no marcha bien"

Este ángel rollizo se llamaba Manu y nadie sabía de sus cualidades etéreas, pero Sarah nada más verle presintió que acababa de conocer a alguien muy especial, porque encontrar un reloj perdido y tirado en el suelo de la castiza Puerta del Sol madrileño a la hora de máxima concurrencia requería facultades extraordinarias:

- Muchísimas gracias, señor. ¿Cómo ha podido saber que el reloj era mío? En realidad no es mío, sino de mi madre y me va a echar una soberana bronca porque prometí llevárselo a arreglar esta mañana.

- Si. Ya me he dado cuenta de que es un precioso Viceroy clásico de incalculable valor, más sentimental que económico y que tu madre no quiere desprenderse de él por nada del mundo. He sabido que era tuyo porque te he visto muy aturdida y despistada. La cara típica del que va a perder el reloj, el paragüas, el móvil, en fin, cualquier complemento susceptible de extravío.

- ¡Tanto se me nota! Me aturde mucho venir al centro. ¡Tanto gentío, tanto barullo! ¿Puedo invitarle a un café como muestra de gratitud?

En la cafetería Manu se ha zampado tres donuts con el café y Sarah no sabe disimular la inquietud que siente al pensar que no podrá pagar la cuenta. Para colmo deberá regresar a casa andando. Este tipo se acaba de cargar su paupérrimo presupuesto diario. El dinero que le ha dado su madre para la correa es intocable si no quiere exponerse a una bronca superlativa.

Manu le pide a Sarah que le preste un momento el reloj de su madre, mientras le pregunta cúal puede ser el color favorito de ella, si es que Sarah lo sabe. A veces desconocemos los gustos de nuestras personas queridas y allegadas. ¡Es algo imperdonable. Pero sucede en estos tiempos que corren.- asegura Manu mientras se abre la chaqueta y exhibe una ristra de relojes prendidos del forro interior.

- ¡Le apasiona el color burdeos! ¡Detesto ese color, pero a ella le encanta!

- ¡Qué suerte habéis tenido tu madre y tú! ¡Elige entre este burdeos o estos otros!

- ¡Caramba! ¡Cuántos relojes llevas contigo!

- Sí. Digamos que son mi pasión. ¡Elige el color de correa que le pueda gustar a tu madre, es decir, la que a ti te parezca más horrenda! - prorrumpe una sonora carcajada que contagia a Sarah y a varios clientes del bar.

- ¡Ésta, ésta es la más espantosa! - ríe Sarah señalando la correa de un rolex desgastado.

- ¡Tú madre tiene un gusto exquisito! Coincido contigo. ¡Es un horror!

Manu separa la correa de piel color burdeos del rolex y se la pone al Viceroy con gran destreza y maestría.

- ¡Voilà! Póntelo en la muñeca bien amarrado que si no lo vuelves a perder y yo no puedo estar en todas partes velando por ti.

- ¡Caramba! ¡Muchísimas gracias! ¿Qué te debo?

- Un beso sólo, que los desayunos corren de mi cuenta. Pero dile a tu madre que te aumente la asignación mensual o vas a fenecer.

Sarah tiene la certeza de que hoy ha besado a un ángel en su mejilla rolliza y oronda, pero si se lo cuenta a su madre, que rebosa felicidad con su correa nueva, no se lo va a creer.

Su madre le cuenta que esta mañana le han dado una triste noticia. Manu, un amigo de su infancia, murió atropellado por un coche en la calle Arenal hace cosa de una semana. Lo recuerda muy gordito y alegre. "Zampabollos" le apodaban los niños en la escuela. Le gustaban tanto los relojes que en su primera comunión sus padres y familiares le regalaron varios. Sabía todo sobre relojes, lo que le preguntaras.

Sarah palidece, pero calla. ¡De qué serviría contar nada!

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