"TORRE PICASSO"

Un martes trece me levanté de la cama con el pie izquierdo. Soñolienta, y con una sensación de hambre voraz me dirigí a la cocina para prepararme el desayuno. Mientras contemplaba las noticias de la Uno reclinada en el umbral de la puerta, vestida con el pijama amarillo que me regaló mi suegra, se me quemaron las tostadas. "Ya sabía yo que las estaba preparando para el diablo" exclamé furiosa. Las arrojé al cubo de la basura para que él mismo se sirviera.
Acicalada para salir, me percaté que llovía. Hacía siglos que no llovía en Madrid. No estaba de más cerciorarse si el paraguas se había apolillado. Lo abrí. Tenía un poco de polvo, pero no podía perder más tiempo. Me miré al espejo del recibidor y observé que estaba muy empañado. A penas si me reconocí en él. Abrí la puerta y un moscardón me rozó la cara. De un palmetazo lo dejé en casa y cerré la puerta sin acordarme de echar la llave porque con casi toda seguridad a estas alturas ya había perdido el autobús. Tomaría el metro, ¡ qué remedio !.
En la calle a la vuelta de la esquina un señor se encontraba subido a una escalera de madera limpiando cristales y pasé por debajo. El hombre se escupió en un zapato y me salpicó. "¡Qué cerdo es usted !, le increpé. " ¡Para insensata usted! ¡Mire que pasar por debajo de una escalera! ¡No se casará en mucho tiempo!". "¡No quiero casarme ni ahora ni nunca! ¡Limpiar cristales en día de lluvia si que lo encuentro absurdo!". El hombre se encogió de hombros y cruzó los dedos hasta que vió pasar un perro.
Al cruzar por el paso de peatones, un gato negro que más parecía pantera, se cruzó en mi camino de derecha a izquierda. Me sobresalté al escuchar el chirrido de los frenos de un turismo que casi nos lleva a los dos por delante. Al alcanzar la otra acera, toqué la madera de una acacia centenaria y su corteza crujió. Me recorrió un escalofrío, pero proseguí a toda prisa mi marcha porque llevaba más de diez minutos de demora.
Con media hora de retrasó, llegué a la oficina y todas las miradas se posaron en mi recriminadoras y lacerantes.. Acaricié instintivamente una medalla de oro de la Virgen de los Remedios que llevo siempre colgada al cuello y la secretaria de mi jefe me susurró al oído "taf tafio anaquendavit" dedicándome una sonrisa reconfortante. Entré en mi despacho y alguien se había dejado las tijeras abiertas sobre mi mesa. Me quité la gabardina roja, la colgué en el perchero y antes de sentarme guardé las tijeras en el tercer cajón. Me quité los zapatos llenos de lluvia y mal aguero, y aliviada me senté poniendo los pies sobre la mesa. En ese momento entró mi jefe y aún viéndome en actidud y posición tan relajada y distendida exclamó:
- ¿ Qué le parece, si hablamos de un ascenso y un aumento salarial ?
Un martes y trece del mes siguiente estrenaba despacho nuevo en la treceava planta de la Torre Picasso.


Se me olvidó entrecomillar "Suegra". Léase, el pijama amarillo que me regaló mi "suegra"...porque la protagonista tiene novio pero no entra en sus planes el matrimonio. Perdón por este inciso


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