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"El último dragón del cuarto regimiento"


Maruja lava la colada a la orilla del Manzanares en el Ventisquero de la Condesa de la Cuerda Larga. Luce un sol de primavera radiante pero que trae un olor raro, diferente al de otras jornadas al olfato de la joven lavandera. Frota la prenda con frenesí para acallar la voz de sus pensamientos que le augura presagios funestos. No la quiere escuchar. ¡De ninguna manera!¡ Suficientes desgracias le han caído ya a su familia ¡.



Le encanta lavar la ropa por encargo. Antes acudían todas las mujeres del pueblo, pero desde que llegaron los franceses no merece la pena exponerse a riesgos innecesarios. Maruja se ofreció de buen grado porque le gustan la soledad, la corriente del agua arrugándole las manos con el jabón casero que elabora ella misma, la labor de ayudar a las demás mujeres. A su madre no le gusta nada que se marche ella sola por esos caminos del demonio cargada con el cesto de ropa sucia a muy temprana hora de la mañana y que regrese mientras todos sestean y ya han comido el cocido. Maruja está en los huesos y su madre quiere remediar eso para convertirla en una rolliza mujer que encuentre pronto marido. Pero Maruja no quiere casarse y convertirse en alguien rudo, aburrido y tosco como su propia madre. Sueña que su vida transcurre plácida en la soledad limpia de la corriente del Manzanares entre sábanas de lino y vestidos de algodón.



El olor de la espuma del jabón se mezcla con este nuevo hedor de sangre que se aproxima. Siente en su nuca el sonido del cabalgar cansino del jamelgo que se acerca flaco y desgarbado hacia la orilla buscando agua. Maruja cede al reclamo de su voz interior y vence su miedo de la única manera posible que se le ocurre en ese momento. Se gira bruscamente empuñando la pastilla de jabón en una mano y en la otra una sábana retorcida que acaba de lavar, aclarar y enjugar. Por lo menos tendrá algo con lo que defenderse del maldito francés. Pero sobre la silla atravesado en el asiento, la charnela y el estribo cabalga el cuerpo de un soldado moribundo. Maruja siente el impulso de bajarlo de la cabalgadura y arrojarlo al río, pero de nuevo la voz le ordena que obedezca a ese noble sentimiento altruista que le ha dado la fama entre los suyos de buena persona, generosa y desinteresada. Con cierta brusquedad empuja el cuerpo del soldado hasta que consigue que caiga al suelo. Lo examina y pronto descubre una herida punzante que sangra abundante en una pierna. Con agua y jabón la limpia. Con la sábana le practica un torniquete, le refresca la cara y le humedece los labios. El soldado abre un poco sus ojos apagados y susurra una palabras que Maruja no consigue entender. ¡Si supiera francés! ¡Ay, si supiese francés! Entendería lo que el pobre soldado le ha dicho antes de expirar, “Gracias, señorita. Le saluda el último Dragón del Cuarto Regimiento del ejército napoleónico. Guarde mi sable, mi pistola y mi carabina. Guárdelos que es lo único que puedo ofrecerle como muestra de gratitud”



Maruja arroja el cuerpo envuelto en una sábana al río y regresa al pueblo con su cesto de ropa limpia y un jamelgo hambriento, que cuando se recupere le acompañará a partir de ahora

Comentarios

Travis Rabbit ha dicho que…
Gemma:
Muy original tu enfoque de un momento histórico.
¿Cómo se te ocurrió pensar precisamente en una lavandera?
La estampa descrita refleja lo absurdo de "los desastres de la guerra" y la hermandad de los seres humanos, no importa el idioma que hablen.
Oye, ya que hemos hablado de Pavarotti, emito un ¡Bravooo! por la musicalidad de esto tuyo: "el cabalgar cansino del jamelgo que se acerca flaco y desgarbado".
Parece que estoy oyendo el ritmo de las herraduras y que el caballo se va a derrumbar sobre mí.
Me pregunto si fue muy trabajado o las musas te lo recitaron al oído.
Travis.
gemmayla ha dicho que…
Amigo Travis:

Siempre que me hablan de guerras, me viene la imagen de una mujer lavandera. Guardo en el recuerdo de mi infancia la imagen de una prima mía a la que quiero mucho, que siempre que se enfadaba en casa con sus padres y hermanos, se encerraba en la azotea en el cuarto del fregadero y se ponía a lavar a mano con pastilla de jabón Lagarto toda la colada, despotricando y renegando de esos infames chismes que llaman lavadoras. Mi abuela materna hacía lo propio. Dice mi madre que desatendía todas las demás labores domésticas y sólo le gustaba lavar a mano toneladas de ropa, ya que también lavaba prendas por encargo.

Te cuento esta anécdota familiar, porque creo que da una explicación convincente a lo que supone la figura de una lavandera solitaria en medio de un paisaje de horror y sangre sembrado de muertos, desolación y catástrofe. La lavandera se empeña en mantener la cordura y el orden dentro del caos. Lavar a la orilla de un río, dejando que la corriente arrastre el resto de suciedad y jabón de la colada, creo que es una imagen preciosa que nos da a todos los espectadores una brizna de esperanza. Esa imagen queda en nuestras retinas inmediatamente y a partir de ahí nos es más fácil pensar que la barbarie humana algún día acaba, que después de todas las batallas ganadas o perdidas, la guerra alcanza un punto y final o si quiera un punto y a parte. Pese a todo, debemos alentar el optimismo. Hay menos guerras en el mundo ahora que en el pasado. Curiosamente lavanderas van quedando menos. Creo que el día que las lavadoras y secadoras se encuentren presidiendo las cocinas de todos los hogares del mundo, por fin en la tierra reinará la paz. Y esto lo digo sin frivolizar. Totalmente en serio.

Un abrazo, amigo Travis. Mucha suerte en todo.

Gemmayla

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