La puerta giratoria





Raquel corría descalza por las calles tapizadas de agua de nieve. Sólo le había dado tiempo de peinar y recoger con una goma roja su larga melena cobriza en una coleta, que oscilaba como un péndulo tembloroso durante su huida, atravesando callejones oscuros y desiertos pasajes de la ciudad dormida. Cubría su desnudez con una sábana blanca ensangrentada. Se había duchado como cada noche antes de acostarse, porque el verdugo le recriminaba que su cuerpo siempre hedía como el de una puerca. Había peinado su larga melena mojada como cada noche. La recogía en una coleta porque el verdugo consideraba que todas las mujeres que llevan el pelo suelto son unas zorras. Iba a ponerse el pijama, pero el verdugo se lo impidió porque esa noche los golpes y “lostequiero” comenzaron antes de la hora convenida. Raquel se asustó mucho cuando comprobó que el verdugo esa noche empuñaba una navaja . Raquel cogió la lámpara de la mesilla de noche para defenderse de las navajadas que el verdugo pretendía infligirle. Raquel le asestó en la cabeza varios golpes con la preciosa lámpara que le había regalado el verdugo muy recientemente, por su cumpleaños. El verdugo yacía inconsciente tumbado en el suelo del dormitorio. Raquel, presa de terror, envolvió su cuerpo desnudo con la sábana blanca que lucía letras bordadas en oro recordando y grabando a fuego en la memoria “No me olvides, Amor Mío”, que el verdugo le había regalado muy recientemente por su aniversario de boda.
Raquel iba encontrando puertas cerradas a su paso. No sabía por qué corría. No se atrevía a girar la vista para comprobar si el verdugo la seguía. Por fin alcanzó una calle iluminada. En ella un cartel de neón gigante anunciaba el nombre de un prestigioso hotel de cinco estrellas. Una puerta giratoria, de suntuoso diseño dorado, daba silenciosas vueltas sobre su eje invitando a Raquel a pasar. La joven no lo dudó y franqueó la puerta dando un par de vueltas. La sábana quedó prendida en una de las láminas y Raquel accedió al hotel completamente desnuda. Pero esta situación duró muy poco porque pronto comprobó con estupor que lucía un precioso vestido de organdí almidonado con enagua de crinolina y una cabellera suelta, tendida libre sobre su espalda adornada con una diadema de diamantes. Un ordenanza, vestido con traje de época salió a su encuentro para recibirla saludándola con una reverencia:
- Bienvenida, Mademoiselle. La estábamos esperando.
- ¿Quiénes? – pregunto intrigada Raquel
- Madame Olympe de Gouges ha organizado una fiesta para presentar en sociedad su “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”
- ¡Vaya, no sabía nada!..- contestó Raquel con un hilo de voz.
El ordenanza la acompañó hasta una sala en la que una mujer de pálida tez y pelo canoso recogido en un moño, rodeada de hombres y mujeres sonrientes, exclamaba en voz alta:
- “ Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta.”…” La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también el de subir a la Tribuna”
Raquel por primera vez en mucho tiempo se sentía segura, protegida y tal vez, feliz.

El 3 de noviembre de 1793 acompañó al cadalso a su protegida Olympe de Gouges, condenada a muerte por haber defendido un estado federado conforme a los principios girondinos. Raquel le pidió al verdugo que le permitiese también a ella ser decapitada en la guillotina:
- No hay cargos contra ti. No puedo hacer eso.
- Maté a mi marido.
- Los delitos pasionales no los dirime el tribunal revolucionario. Mujer, lárgate de aquí, ahora mismo.
Raquel, desconcertada, deambulaba por las calles de París muy afligida por la muerte de Marie Gouze sin saber que otras sorpresas podía depararle el destino. Se le hizo de noche. Una puerta giratoria, de suntuoso diseño dorado, daba silenciosas vueltas sobre su eje invitando a Raquel a pasar en una fachada. Raquel la franqueó. Al otro lado le aguardaba su marido con un ramo de rosas rojas pidiéndole perdón. Raquel rechazó las rosas y se soltó la coleta. Desnuda y descalza corrió y corrió sin volver la vista atrás.

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