Interiores. Visillos de París

La etiqueta de estos visillos reza que proceden de París, ese París que me prometiste un día. Tal vez lo visite, pero no será aquel París soñado, la Ville lumière, la Ciudad de la Luz que juntos nos juramos compartir. Tomaré un avión y con una venda en los ojos me encaminaré hasta la cúpula blanca de Montmartre y acariciaré con el tacto de mis dedos las orillas del Sena. Cerca del viejo molino junto a la cumbre iré a bailar al aire libre en los jardines del Moulin de la Gallete. Me marcaré un vals yo sola abrazada a la triste sombra de mi alma o quizás mi ángel de la guarda quiera ser mi pareja de baile por una vez. Camille, Pablo y Amedeo me contemplarán y sonreirán asomados a la barandilla del balcón de Bateau-Lavoir. Paseando ebria de olvido llegaré a Le chat Noir y puede que Erik Satie quiera tocar al piano para que yo pueda cantar "Je te veux" con mi voz desgarrada y dulce sin público ni escenario de cabaret. Fatigada de tanto bailar y cantar y vivir, me dejaré caer por La Maison Rose y sin dudarlo me sentaré junto a Vicente, su hermano Theo y Toulouse-Lautrec. Ellos beberán absenta y yo un café solo, negro y frío sin endulzar, tal como es el sabor de tu recuerdo amargo. Y cuando decida regresar a casa sin avión ni pasaporte un joven Charles Aznavour dejará que entonemos juntos: Je ne reconnais plus/Ni les murs, ni les rues/Qui ont vu ma jeunesse/En haut d'un escalier/Je cherche l'atelier/Dont plus rien ne subsiste/Dans son nouveau décor/Montmartre semble triste/Et les lilas sont morts («Ya no reconozco/ Ni los muros ni las calles/Que habían visto mi juventud/En lo alto de una escalera/Busco un taller/Del que nada sobrevive/Con su nueva decoración/Montmartre parece triste/Y las lilas están muertas»). Hay un funicular en Montmartre, pero yo prefiero las largas caminatas por senderos solitarios, las ascendentes y descendentes colinas holladas con mis pies descalzos.





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