"Alea jacta est"

Casi todo el mundo sabe que "cruzar el Rubicón" significa tomar una decisión perentoria en la vida que la modificará de manera crucial.
Ramón, un tipo con un coeficiente intelectual superior a la media, lo sabía por descontado, pero algo inexplicable le sucedió que le empujó a tomar la inopinada determinación de utilizar el comodín del público en aquel concurso televisivo "Usted debería saber y lo sabe". El presentador planteó la pregunta y Ramón percibió una sensación extraña en la nuca, que tal vez describiría como si alguien mal intencionado le hubiese lanzado un témpano de hielo con la intención de dejarle bloqueado, noqueado. Pensó entonces que si respondía al buen tuntún, sin cálculo ni reflexión, se convertiría en un hazmerreír a escala planetaria ante una posible audiencia telespectadora probablemente cifrada en cien millones de hispanohablantes, unos cultos, otros catetos, pero todos sabedores de la respuesta precisa a tamaña perogrullada.
Aquel público risueño del plató, que le jaleaba como si fuese un perro al que hubiese que animar para alcanzar su presa, conocía la certera respuesta - algún despistado que otro, no. A otros les divertía confundir al personal -.Ramón acertó. El marcador anotó quinientos euros más a la cifra alcanzada hasta el momento y este concursante no se percató demasiado que acababa de "cruzar un Rubicón" particular decisivo. No podía apartar de sí la fantasía de un Julio César empecinado, persiguiendo a Pompeyo, a punto de quebrantar la ley de fronteras de la Galia Cisalpina. Cree que César le acompañó hasta el final del programa y en los días siguientes. Ramón se convirtió en el concursante con más alta participación y fué él quien se embolsó la mayor cifra jamás alcanzada. Su vida dió un giro a partir de entonces.
Agradecido y de alguna manera ocioso, arrastraba un pesado remordimiento. Sentía que debía recompensar la gratitud de aquel público anónimo que de balde le había, sin pretenderlo, catapultado a la vida muelle y hedonista. Dió muchas vueltas al asunto y un buen día decidió que se encargaría de conocer a todos y cada uno de aquellos personajes que llenaron el patio de platea del escenario en el que se desarrolló el evento, de aquellos tipos que sin conocerlos de nada le brindaron la posibilidad de abandonar una vida llena de penurias y estrecheces económicas y disfrutar de los placeres que ahora le colmaban.
La productora del concurso "Usted debería saber y lo sabe" se mostró un poco reacia a facilitar los datos de cada una de las personas que componía la audiencia, pero Pilar Rubio, la responsable de realización accedió, seguramente con la desconfianza lógica de que esa empresa un tanto disparatada no la llevaría a cabo. Pronto se cansaría y desistiría. Pero, no, Ramón creyó sentir de nuevo la presencia de Julio César cercana y preso de un espíritu, un entusiasmo que nunca antes había conocido, se embarcó en la odisea de localizar al "público del comodín". Pronto conoció a Estela, una joven andaluza que se había presentado como figurante entre la audiencia de aquel día a cambio de unos euros, un bocadillo de mortadela y un refresco. Se enamoraron rendidamente y acompañado de Estela prosiguió sus pesquisas. Descubrió que algunos eran figurantes, pero no le importó. También a ellos agradeció con un fuerte abrazo y un billete de cien euros su gentileza para con él.
Ahora Estela y Ramón se dirigen a Valencia. Alli les espera un grupo de jubilados que entretienen alguno de sus días acudiendo a programas en directo y en diferido de televisión y radio. "Al César lo que es del César y a Ramón lo que es de Ramón. No saber en ese momento qué significaba "cruzar el Rubicón" me lo hizo cruzar a mí mágicamente. Siempre os estaré agradecido."

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