"Delincuente poco común"

Cuando veía venir que las cosas se ponían fáciles, daba un giro de ciento ochenta grados en sentido contrario y a complicarse la vida de nuevo.



Aquello de "elegir la senda estrecha" que pregona la Biblia, él lo llevaba hasta sus últimas consecuencias. Su temeridad no conocía límites. Todo lo que a los demás causaba vértigo, a él se le antojaba "materia prima" de calidad sublime.



Se había enriquecido unas veinte veces a lo largo de su vida y endeudado otras tantas hasta límites delictivos. La cárcel sólo la había frecuentado en un par de ocasiones y por delitos que nada tenían que ver con su auténtica pasión por complicarse la vida.



Se pirraba por los coches de lujo y de alta gama, pero no por los suyos, sino los ajenos. Suyo, suyo, lo que se dice legalmente suyo, no tenía ninguno. Ajenos, omitimos la cifra porque no queremos que se nos tilde de exagerados.



Había estudiado electrónica industrial con fruición guíado por esta pasión automovilística. Diseñaba sistemas electrónicos de alta precisión para el robo de turismos a la carta, mediante la interceptación de las frecuencias de los mandos a distancia para la apertura de las puertas de estos automóviles. Clonando la frecuencia de los mandos a distancia, lo demás era pan comido. Extrayendo el bombín de la cerradura, resultaba fácil obtener un duplicado de la llave de apertura. El troquelado del número de bastidor y las placas de matrículas falsos, asi como la nueva mano de pintura de la carrocería competía a sus secuaces. El no se manchaba sus delicadas manos con labores tan mugrientas.



Sí aceptaba de buen grado, inhalar unos cuantos gramos de coca y conducir, bajo sus eufóricos efectos, los turismos robados, de la península a cualquier país de la Europa del Este. Conducía a velocidad de vértigo y sin realizar siquiera una parada, trayectos descomunales que a cualquiera se nos antojarían eternos.



Sentía predilección por la marca BMW, pero su "modus operandi" y el de sus acólitos, no seguía una línea definida o rutinaria. Había que jugar constantemente al despiste con los agentes de policía que les pisaban los talones.



Nuestro "amigo", amigo de lo ajeno, quisimos decir, lleva ocho años dando volantazos esquivos a la vida muelle y rutinaria. Cuando ve venir que las cosas se ponen fáciles, precisa dosis más altas de cocaína y alcohol. Eso le avisa, le pone en alerta..." ¡Muchacho, espabila! . Pisa a fondo el acelerador. No pares. Que tu vida es pura y dura velocidad supersónica. ", se dice a si mismo. No conoce otro acicate.

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