"El masajista ciego"

Siempre he tocado la vida. Nunca la he visto.



Siendo sincero os diré que no es cierto que los sentidos del olfato, gusto y oído estén más desarrollados entre las personas ciegas que entre el resto de los mortales. Al menos no es mi caso. No sé distinguir entre el aroma de una amapola y el de una margarita. No se discernir si un queso es manchego u holandés. Nunca sabré deciros si la sinfonía es de Bethoven o Schubert .



Nací para desarrollar el sentido del tacto hasta sus últimas consecuencias. Creo que por ello Dios me privó de los demás sentidos, ésos que a vosotros os colman de dicha sin fin.



Alguien apuntó que mis manos son como dos palomas blancas enamoradas.



Mi cliente más fiel es una mujer japonesa que asegura que en su juventud fue gheisha. Acude a mi gabinete porque dice que nadie como yo le aplica las milenarias técnicas del Tui-Na chino, esto es, el shiatsu japonés. Asimismo me ha obsequiado con impagables credenciales recomendándome a sus amistades, porque afirma rotundamente que ni aún remontándonos a la California de los años sesenta, encontraríamos un instituto "hippy" donde gozar de los innumerables beneficios que reportan al organismo las técnicas occidentales del masaje sensitivo.



Esta misteriosa mujer de la que no tengo ficha personal porque se niega a darme su nombre y su teléfono, cuenta con la piel más sedosa y tersa que hayan tocado nunca mis manos. Su lealtad y fidelidad para con mis servicios no sólo me reportan considerables emolumentos, sino que suponen un auténtico y genuino acicate para mi desarrollo personal y profesional.



Ella me ha confiado secretos de gheishas que harían estremecer de placer a mis clientes, pero mi pudor y mi honorabilidad occidentales no me permiten llevar estas maravillosas técnicas a la práctica. No me niego a practicar el masaje erótico. De hecho cuento con dos damas y un caballero entre mis asiduos que presentan problemas de líbido. Con mis masajes han paliado su angustia existencial y han recobrado la confianza en el seno de sus respectivas parejas. Pero las técnicas taoístas que me ha confiado mi cliente japonesa no deben mancillarse de ninguna manera. Si algún desaprensivo las conociera por mi indiscreción, no me lo perdonaría jamás.



Mi rutina diaria se inagura al alba, a muy primera hora de la mañana. Tengo clientes que acuden puntuales a su cita, a las siete de la mañana. A veces son las diez de la noche y mis manos cual instrumentos incansables, siguen entonando su suave melodía sobre el teclado que me prodigan todas estas buenas y angustiadas gentes que acuden a mi consulta.



No sé distinguir una sinfonía completa de una incompleta. No sé si mi gheisha se ha perfumado hoy con jazmín, musk o rosas. No sé si el pastel que me obsequió era de nata, crema o merengue. Sólo sé que no hay un recodo de su piel que no hayan hollado mis manos. Ella asegura que merced a mis masajes se siente la mejor mujer de oriente y de occidente.

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