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"La fotofobia de Mauricio Maura"

A Mauricio Maura le explotó un semáforo en rojo en la cara, mientras aguardaba, mesándose la barba hirsuta frente al espejo retrovisor de su auto descapotable. Cuenta que estuvo en el cielo un lapso de tiempo indeterminado y que le pareció áquel un lugar donde nunca sucede nada, pero que no le dejaron permanecer el rato suficiente para aportar pruebas fehacientes al respecto.
De hecho, cuando pensaba pronunciarse y decir esta boca es mía, una voz le susurró a lo lejos, " vuelve, Mauricio, vuelve". Mauricio regresó sobre sus pasos por el túnel de ida, rechazando esas supuestas pesquisas detectivescas de las que alardeamos todos cuando especulamos sobre el más allá.
Mauricio le comentó a su anestesista que, lo que verdaderamente le hubiese gustado comprobar es si efectivamente esos locos que se autoinmolan y se cobran unas cuantas vidas sin miramientos ni compasiones fraternas, si verdaderamente esos locos canallas encuentran su morada en aquel lugar donde aparentemente no sucede nada.
El anestesista le respondió con sorna que las descabelladas ideas fanáticas que abocan a estos sujetos a un suicidio colectivo, se amparan en un supuesto Paraíso en el que pasa de todo y todo bueno. Añadiendo con cruel ironía de anestesista, "cuando menos no regresan".
Mauricio pilló una depresión post traumática de órdago. Su abuela, la Duquesa de Soria lo achacaba a que un semáforo nunca debiera explotarle en la cara a nadie de alta alcurnia, pero el verdadero motivo de aquel profundo arrebato de melancolía había que atribuírselo a las malévolas disquisiciones del anestesista y a su viaje relámpago por tiempo indefinido a un "país de nunca jamás", del que sacó una impresión de "calma chicha" nada atrayente. Se decía que si el cielo es un lugar de luz constante - como si no hubiese que pagar facturas de Iberdrola allí -, de seres etéreos - su bisabuela y su tía Maruchi le habían salido a recibir en volandas y con el mismo camisón de raso con el que les vino a buscar La Parca cincuenta años atrás -, en el que te reciben abuelas y bisabuelas, pues "apaga y vamonos".
La voz que escuchó y le ordenó regresar, a Mauricio le pareció que era la del propio demonio porque se trataba de una vocecita cautivadora, melosa, sutil...
Tras unos meses de cavilaciones diletantes, Mauricio llegó a la firme conclusión y convicción de que el cielo es un lugar para parsimoniosos y aburridos, porque en su vida había conocido a seres más anodinos que su bisabuela y su tía. Si a aquellos zumbados se les prometía el recibimiento por parte de un harén de preciosas mujeres, por qué a él, de existencia intachable, sólo le habían recibido dos ancianas en camisón almidonado.
Por otro lado, Mauricio padecía fotofobia, que es esa repugnacia obscena a la luz y a todo lo que despide brillo. Mauricio sabía lo que los demás no alcanzamos a barruntar, esto es, que el cielo era un lugar que no le iba a sentar nada bien. Al temor a la muerte, había que añadirle la fobia al cielo, fobia que no ha sido estudiada ni descrita en ningún tratado científico.
Mauricio se preguntaba dónde había que inscribirse o echar instancia para pactar con el diablo. Tal vez el infierno fuese un lugar que si mereciese la pena para residir en él eternamente.

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