Los hermanos del Condado de Régulo. Cuento de Primavera

Érase una vez dos hermanos que vivían en la aldea de Régulo, Fabiola y Dimas de diecisiete y dieciséis años respectivamente. Su padre estaba encarcelado en la Torre del Rey acusado de rebeldía. No podía pagar los impuestos tan gravosos que le imponía el Conde de Régulo IV y éste había confabulado para convertir el impago en un delito de sedición. Con extrañas y maquiavélicas estrategias había conseguido que Rodrigo fuese detenido una tarde de domingo y llevaba ya varios meses encarcelado. La familia y la aldea entera se sentían sumidas en una tristeza profunda y una gran impotencia. No sabían qué podían hacer para ayudarle. Convocaron una reunión clandestina y a puerta cerrada para que no llegase a oídos del conde su intención de buscar una salida a esta grave situación. Durante esta asamblea vecinal que transcurrió en una casa de campo escondida en medio del bosque, propiedad de una familia que vivía muy alejada de la aldea, los hermanos llegaron a la conclusión de que por muy buena voluntad que pusiesen los aldeanos, no se proponía ninguna idea efectiva que pudiese lograr la excarcelación de su padre. El tiempo corría implacable y veloz como una gacela herida. Fabiola y Dimas, con el ceño fruncido, optaron por callar y aguardar a que terminase el encuentro, porque anteriormente ya habían pactado un plan alternativo si veían que nada en claro se sacaba de unas treinta cabezas pensantes aldeanas bastante ofuscadas y muy poco organizadas. Su idea consistía en acudir al palacio del Rey Patricio que vivía a unos treinta kilómetros de su aldea, para pedir clemencia y contarle las tropelías del conde. A eso de las cuatro de la madrugada, Fabiola y Dimas salieron sigilosamente con sus dos burros cargados de todo lo necesario para la larga y ardua marcha. La montaña mágica y llena de secretos y leyendas del condado de Régulo se alzaba ante sus soñolientos ojos como una fantasmagórica pirámide de incógnitas y miedo. No obstante, estaban decididos a llegar hasta el palacio del rey y ello implicaba seguir la senda estrecha y los caminos tortuosos de la serranía. Los animales de carga se portaban tan bien que los hermanos se sentían bendecidos. El tiempo también acompañaba. No llovía ni había niebla pese al frío reinante. Se habían abrigado lo suficiente. La jornada transcurría sin sobresaltos, pero al llegar a un abrevadero para dar de beber a los borricos, de repente escucharon el sonido lejano de trote de caballos. Por aquel sendero resultaba imposible galopar, por tanto les daría tiempo de esconderse pero no de saciar la sed de los pobres jumentos. Lograron ocultarse detrás de unos peñascos. Aguardaron con el corazón en un puño. Ante sus ojos aterrorizados vieron circular al Conde de Régulo IV, trotando con la gran insolencia y el porte soberbio que lo caracterizaban, acompañado de su séquito de aduladores y sirvientes. Los hermanos se miraron y sin palabras supieron trasmitir lo que más temían en ese momento: el conde se dirigía también como ellos al palacio del Rey Patricio. Aguardaron agazapados hasta que perdieron de vista a aquella espeluznante comitiva. Cuando por fin se sintieron a salvo, a media voz, susurrando, se preguntaron qué podían hacer: “¿Era conveniente seguir con el plan? ¿Qué otras alternativas tenían?”. Finalmente decidieron proseguir, después de abrevar a los asnos, con máxima cautela. Guardaban un silencio sigiloso. Sólo se escuchaba la dulce brisa de la mañana ya avanzada y muy cercana al mediodía. Fabiola y Dimas sabían que seguían los pasos del conde y que podía ser tan peligroso tenerlo detrás como delante. Pero quiso la gracia de Dios favorecer a estos hermanos tan valientes. A eso de las tres de la tarde, no habiendo parado aún para almorzar, escucharon un tremendo estruendo como si el mundo se estuviese acabando en alguna parte. Aterrorizados decidieron avanzar un poco más para ver de qué se trataba: un inmenso alud se desprendía por la vertiente de la montaña. Se escuchaban gritos de desesperación y agonía, Veían caballos correr despavoridos sin sus dueños. En un momento, el conde y todo su séquito habían sido engullidos por la benevolencia y generosidad para con los hermanos de aquella montaña que resultó ser clementemente mágica y condescendiente con el propósito osado y valeroso de aquellos hijos que luchaban por salvar la vida de su padre. Fabiola y Dimas no pudieron proseguir y llegar hasta el palacio del rey, pero retornaron sobre sus pasos, contaron a los aldeanos lo sucedido y al día siguiente los hombres más fuertes se prepararon para acompañarles siguiendo una ruta distinta, más larga, pero que no requería atravesar ni transitar una montaña llena de riesgos y peligros. Transcurridos unos tres días consiguieron llegar al palacio del Rey Patricio y tras pedirle audiencia, fueron recibidos por él. El rey al ser conocedor de la maldad del conde fallecido en aquellas circunstancias, tomó la determinación de dictar de inmediato la puesta en libertad de Rodrigo Régulo Bienvenido y también hizo redactar una ordenanza según la cual los impuestos a pagar por los aldeanos no superarían nunca el diezmo de sus ganancias en las labores asignadas a cada familia. Para celebrarlo organizó una gran fiesta palaciega a la que pudieron asistir invitados los habitantes de Régulo y de otras aldeas vecinas. A los hermanos Fabiola y Dimas los nombró Hidalgos coronando sus cabezas con dos bellas guirnaldas. Muchos años después los aldeanos erigieron una estatua de los hermanos que hoy puede contemplarse en la Plaza Mayor, si algún día, querido lector, visitas Régulo y su preciosa comarca. FIN.

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