"Ella y Margarita, la maestra"
Ella, la maestra, contaba noventa y siete años. Ejercía la noble y vilipendiada profesión desde los veinticuatro. ¡Setenta y tres años al pie del cañón! Decía que la jubilación era para los cansados de espíritu y el suyo permanecía incólume, tan fresco y lozano como el primer día.
Ella, la maestra, impartía clases en una aldea ignota del Caucáso y en todos esos años no había cambiado ni un ápice su forma de enseñar y sus métodos pedagógicos, aunque rudimentarios, eran eficaces y eficientes cual pieza de relojería. Sus alumnos aprendían a leer, a escribir y las reglas de la aritmética básica puntualmente y con una prontitud que sorprendería a cualquiera en nuestro país. Todos sus alumnos, hasta el más zoquete, finalizaban el curso con el diploma de aptitud bajo el brazo con la calificación de "apto". "Sobresaliente", "notable",...eran calificaciones que no contaban con la consideración y el beneplácito de la maestra porque ella lo que realmente valoraba en sus alumnos era su capacidad para llegar hasta el final en el esfuerzo y regocijo de aprender, de aprehender los conocimientos, asirlos con la mente y el espíritu y fundirlos con la propia materia de tal manera que los alumnos no se ufanasen en ningún momento de llevar los conocimientos adquiridos como una corona de gloria y de laurel adornando la vanidad propia.
La maestra se sentaba frente a sus alumnos y bordaba sus letras y números en cuadernillos de papel reciclado cedidos por la UNICEF. Luego repartía a cada alumno su hoja de deberes con la advertencia de que ninguno debía imitar en modo alguno su caligrafía, sino que cada quien debía desarrollar la suya propia. Hubo sólo una ocasión de su dilatada trayectoria en la que una alumna - Margarita se llamaba- emulaba su caligrafía y sentía tal fascinación por ella, la maestra que podría decirse que la imitaba en todo. Margarita, lejos de ser su alumna predilecta se convirtió más bien en onerosa carga y cuando al finalizar el curso la vió descender por la colina hacia el conglomerado de casuchas de la aldea esgrimiendo su diploma cual trofeo, por primera vez ella, la maestra sintió una congoja cercana al autodesprecio y no pudo contener una lágrima de hiel que corrió deslizándose por su mejilla al encuentro del pañuelo doblado en el bolsillo del delantal.

Veinte años después de aquel día, - el de la única lágrima de hiel derramada por ella, la maestra - Margarita, bella mujer de eterna sonrisa en el rostro, la visitó y le participó con enorme regocijo que llevaba escasamente tres meses ejerciendo también la profesión en una ignota aldea del Caucáso. Ella, la maestra le dió su bendición.

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