La cajera de AHORRA PLUS y el cajero automático del Banco Peculiar"



La cajera del supermercado de la esquina - los economatos suelen edificarlos estratégicamente esquinados para que por la puerta de la calle principal entren los ricos y seguros de sí mismos y por la entrada de la calle adyacente lo hagan los que andan escasos de recursos, los tímidos, los recatados - siente una devoción extraña por el cajero automático del Banco Peculiar.
Tiene encomendada la tarea de realizar los ingresos suculentos de caja cada hora o dos horas aproximadamente. Los viernes por la tarde y los sábados por la mañana acude cada cuarto de hora, porque la gruesa afluencia de público engorda el caudal sobre los debes u obligaciones de la cadena de supermercados AHORRA PLUS en un cincuenta por ciento de superávit. El exceso de ingresos sobre los gastos son una entelequia rara y extraña sobre la que la cajera y sus compañeros no se atreven a hablar por si llega a oídos de los encargados y jefazos y les bajan el sueldo o han de enfrentarse a un despido procedente del todo improcedente.
La cajera no sabe si llamar amor, pasión desaforada u otra cosa peor a lo que siente por este cajero, que sin chistar le acepta los abultados sobres que contienen billetes de diez y veinte euros con los que ella, la cajera, y él, el cajero, se podrían fugar y pegarse la vida padre - la vida padre hoy por hoy no es igual que la vida madre, piensa ella, cuando le viene a la cabeza lo requetebién que viven su padre y sus hermanos y lo rematadamente garrafal que malviven su madre y ella - . Sabe que la mano que mueve los hilos y los engranjes del cajero automático es con toda probabilidad una mano masculina de hombre fornido, recio y cabal. Un hombre de esos que la arrancarían de cuajo del escaso metro cuadrado en el que transcurren las eternas horas diurnas de la existencia mercantil del supermercado. Un hombre que la llevaría en volandas y dejaría se sentir sus pesadas piernas flebíticas convertidas de repente en cola de sirena. Un hombre que ella imagina detrás de la pantalla táctil del cajero. Cuando pulsa delicadamente "Ingresar" siente a este hombre susurrarle al oído que pronto la rescatará de su cautiverio, que restan muy pocos días, horas, minutos para su liberación. Que tenga paciencia, que ya queda menos para que ambos puedan huir a un lejano lugar en el que no existan cajas de caudales y cajeros automáticos, claves para entrar y salir, claves para meter y sacar. Un lugar sin horarios esclavizantes ni calendarios abrumadores. Un lugar reservado para ella y para él.
Un sábado por la mañana de una primavera febril se agolpan en torno al cajero de la esquina - los cajeros automáticos están situados estratégicamente esquinados para que los ricos puedan sacar dinero sin ser vistos en las calles adyacentes y los pobres no puedan sacar casi nunca del ubicado en la calle principal. Digamos que este cajero luce de adorno urbano. - un pequeño grupo de personas en torno a una joven que se encuentra inconsciente tumbada en el suelo. Alguien que sabe de esas cosas, de la vida, de la muerte, del respirar, del dejar de respirar, del pulso, asegura con una firmeza que deja a todos sin habla, "Esta chica está muerta".

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