"Las dos almas"

Siento mucho frío. Me siento extrañamente mal. Me pongo calcetines cuando hace escasos segundos andaba descalzo por la casa. Me visto con un pijama que parece un chándal, aunque detesto estas dos prendas y las considero las más aborrecibles de cuantas existen en un fondo de armario cualquiera.
Pero eso es lo desconcertante de esta siamesa personalidad dual que me atormenta y me habita. Lo que anhela una cabeza, lo aborrece la otra, como si dentro de mi pugnaran dos "yoes" hegemónicos en vez de áquel único que defiende el doctor Cardoso disertando ante Pereira sobre una supuesta confederación de almas dentro de cada uno de nosotros y un "ego hegemónico" luchando denodadamente por dominar en "Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi.
Es más, yo no encuentro en mi tal confederación de almas. Mi personalidad es genuinamente maniquea ya que esos dos tipos que me poseen se expresan siempre en términos de bien y mal, lo que es correcto o incorrecto, lo que debe hacerse o no. Se eternizan discutiendo dentro de mi chola como si mi cerebro fuese un cuadrilátero en el que tienen lugar encarnizados torneos de combate y boxeo. Estos dos púgiles francamente me tiene más que harto. Él uno me asquea por débil, pusilánime y timorato. El otro por bravucón y pendenciero. Del primero temo sus inhibiciones. Del segundo sus aviesas y arteras conductas. ¿Cómo explicar a los demás que en realidad no me identifico con ninguno de los dos? El primero es el que ama a mi mujer, a mis hijos. Incluso perdona los desmanes de la suegra. El segundo planea matarlos a todos con nocturnidad, alevosía y pérfida traición, a sangre fría y sin piedad. Temo volverme loco.
Ahora están en boga los psicólogos y psiquiatras. Tal vez un día de estos me arme de valor y acuda a la consulta de algún loquero cualquiera, aunque sinceramente no creo que mi mal tenga cura y remedio.Vivir con estos dos tipos locos dentro de mi es una sinrazón absoluta. Antes consideraba a los demás mediocres. Ahora sencillamente los envidio porque los veo como personas normales. ¡Bendita normalidad! ¡Qué diera por ser como ellos!

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